Ubicados en el tercer piso del edificio nuevo, sobre la Calle 50, pasamos los siguientes cuatro años. Al término del primer año, de sesenta asistentes iniciales, pasamos a ser un poco más de treinta. La mayoría por haber perdido el año. Algunos por no querer seguir la carrera. Otros por trasladarse a Bogotá, a otras ciudades del país o para el exterior, como el caso de Gloria Munárriz, quien viajo a Estados Unidos en busca de nuevos horizontes.

     La dramática reducción asentó más a este grupo, del cual menciono, por el momento, a quienes comulgábamos con ideas liberales o de izquierda: Rafael Uribe Name, Rafael Bilbao Martínez, Rafael Osorio Peña, Martín Esquivel, Carmencita Nobman, Constanza Cortes, Juan Barrios Villarreal, Helena Caballero, Diana Pérez de los Ríos, Orlando Solano Bárcenas y Víctor Segura.

     Como de centro moderado y según mi apreciación personal, figuraban Zoila Farak Ahumada, Martha Zapata, Víctor Gallardo Rosillo, Julita Gallardo Rosillo, Domingo Carvajal, Daisy Niño, Carmen de los Ríos, Josefina Navarra, Germán

Barreneche Peñate, Manuel Duncan Ballestas, Rosalba Rueda, Magaly Abello Fuenmayor, Alberto Camargo, Antonio Varela Ardila y Alberto Peña.

     Esta, era una mera rivalidad que solo salía a relucir en las elecciones a Consejo Estudiantil de la Universidad o por la representación estudiantil en la Facultad, pues en la generalidad del tiempo, formábamos un equipo unido que no mostraba disgusto alguno, por las tendencias políticas de cada quien.

     Integrábamos grupos de estudio y como en el bachillerato, se escogía como líder, a quien más avanzado se mostrara en cada materia. En los años siguientes, se presentaron algunas ausencias, no muchas. La primera, la deserción de Helena Caballero, quien afirmó que tenía que viajar a Santiago y todos quedamos convencidos, que se trataba de Santiago de Chile, cuando en realidad fue para Santiago de Cali a otra universidad de esa ciudad.

     Otras que, causaron dolor invencible, como el sentido fallecimiento de Carmencita Nobman, una de las más inteligentes del curso, a causa de una dolorosa enfermedad, cuando cursábamos el tercer año de leyes. Otras, por motivos sociales como el retiro de Magaly Abello Fuenmayor, para contraer matrimonio y dedicarse al hogar. Igual aconteció con Daisy Niño.

     Desde allí en adelante, las cosas siguieron sin mayores novedades. Atendiendo a quienes serían los orientadores y forjadores de una camada de abogados que se destacarían en la ciudad y en el país, nuestros maestros y a la serie

de hechos de esos años de confrontación en Colombia y los naturales movimientos al interior del Alma Mater.

     Para inculcarnos las teorías de Carrara, Ferri y otros penalistas, contábamos con el profesor Miguel Alejandro Bolívar Acuña, egresado de la misma facultad. Joven y ya destacado abogado del ramo en la ciudad. Era famoso por sus audiencias públicas en el centro cívico, edificio de los juzgados de la ciudad, sobre todo cuando la contra-parte era otro famoso litigante y cultor del boxeo, además, Diego León García, más tarde también, catedrático en la misma materia, pero más avanzada la carrera.

     En Procedimiento Civil, nuestro guía fue el Maestro, con mayúscula, Víctor Gallardo Barrios, de gran experiencia en estrados judiciales y quien nos enseñaba las artes del litigio en esta rama del derecho, en forma muy didáctica. Reconozco que, en materia de términos judiciales, no captaba bien sus conocimientos y tuve dificultades para aprobar el primer semestre. Pero como en ese momento, la carrera se cursaba por años, en el resto del programa pude recuperarme y pasar sin mayores novedades esta dificultad.

     Otros profesores que nos enriquecieron y lograron activar más nuestros estudios fueron los doctores José Antonio Aldana en Derecho Comercial; José Patrocinio Esmeral Barros, en Penal II; Alberto Name en Derecho Laboral I y Enrique Rodríguez Arrieta en Laboral II; José Lacorazza Varela en Derecho Administrativo, Alcides Vargas Castro en Economía y Gerardo González Navarra en Notariado y Registro.

     A esta lujosa plantilla de catedráticos y humanistas, debemos nuestra formación en esa carrera

difícil por la moral y la ética que siempre nos inculcaron para el ejercicio de la abogacía en cualquiera de sus especialidades y que influyeron capitalmente, en el comportamiento de nosotros, ante la ciudadanía y a la sociedad de Barranquilla, que requiriese de nuestros servicios bien se tratara del sector público, privado o en el ejercicio de la profesión directamente.

     Como decanos, ejercieron el doctor Julio Marenco Romero, el doctor José Antonio Aldana y en la etapa final de nuestra formación, el doctor José Lacorazza Varela, quien igualmente se desempeñó como Gobernador del Departamento del Atlántico. En la Rectoría de la Universidad, la mayor parte del tiempo, el Ingeniero Elberto González Rubio entre los años 1963 a 1968. En los tramos finales, 1969 hasta 1971, el doctor José Lacorazza Varela. El, era un ilustre descendiente de italianos, que se afincaron en Barranquilla poco después de la primera guerra mundial y que tenían una amplia casona en la plaza principal del naciente pueblo.

     Naturalmente, que en el lapso de nuestra formación e independientemente de la vida académica, muchos hechos sucedieron que se relacionan con este transitar por la educación superior. La situación política y de orden público en el país, la primera de ellas.

     La nación, era una agitación de norte a sur. Los diarios hablaban de “ruido de sables”, cuando al comandante del ejército nacional, Alberto Ruiz Novoa, se le dio por opinar en alta voz, sobre la necesidad que los militares se volvieran fuerzas deliberantes, a pesar de la prohibición constitucional. Estaba en la Presidencia, el payanés Guillermo León Valencia, conservador elegido para el segundo periodo del frente nacional. Se olía en el aire, un golpe de Estado, que fue conjurado con la destitución fulminante del general rebelde.

     La cuestión social, seguía agitada, pues el Frente Nacional, no 

había resuelto los grandes problemas latentes. Solamente había satisfecho las necesidades burocráticas de los partidos tradicionales y de sus áulicos. El partido comunista, estaba proscrito y todo lo que oliera a socialismo, apartado de la agenda gubernamental. Este caldo de cultivo tuvo su punto de quiebre, al dar nacimiento un nuevo grupo rebelde para comienzos de 1965: el ELN.

     Fue un sangriento debut, con la muerte de varios policías y militares en la toma de Simacota, el 7 de enero de 1965. Era una población perdida entre las breñas de Santander y simbólicamente situada cerca al sitio en donde los comuneros iniciaron sus protestas contra la corona española en la época de la Colonia. Dejaron manifiestos acerca de sus tendencias bajo los postulados del Che Guevara, luego del desfile a caballo de su comandante Fabio Vázquez Castaño, de Nicolás Rodríguez Bautista alias Gabino y de la Mona Mariela por las calles del poblado.

     Solo les faltó, arrastrar los cuerpos de los inmolados por las calles, para darle mayores visos de violencia a una revuelta que aún se niega a terminar. Habían descendido esa madrugada desde la Cordillera de los Cobardes y

asaltaron la Caja Agraria, el estanco, la droguería y la agencia de Bavaria, según cuentan los vecinos de entonces. Cargaron con un botín de sesenta y cinco mil doscientos cincuenta pesos y nada anunciaba que se iba a convertir en la guerrilla que hace añicos oleoductos y campos de petróleo, por diferentes sitios de Colombia.

     Dirigentes universitarios figuraron entre sus fundadores, entre otros, Jaime Arenas Reyes, Ricardo Lara Parada y Víctor Medina Morón, quienes estaban matriculados en la Universidad Industrial de Santander. Jaime Arenas, llegó a ser Presidente de la Federación Universitaria Nacional y, en 1964, había iniciado la fundación del grupo rebelde con los antes citados y con los hermanos Fabio y Manuel Vásquez Castaño. Arenas fue estudiante de la Universidad Industrial de Santander en la Facultad de Ingeniería Industrial y, desde la presidencia de la FUN, realizó la más grande huelga de universitarios que se recuerde en el país.

     Bajo este panorama de agitación nacional, 

las universidades públicas, eran el receptáculo de todas esas corrientes de protesta, al punto que el capellán de la Universidad Nacional Ejercito Nacional, padre Camilo Torres Restrepo, recién llegado de Bélgica en donde había logrado titularse como Sociólogo de la Universidad de Lovaina y desde antes, picado por el virus de una iglesia más cercana al pueblo en virtud de su activa participación en el grupo de sacerdotes que creían en la Teología de la Liberación. En esas condiciones, se oponía al gobierno encarrilado en la ocupación del poder representado en el frente nacional y fundó, el Frente Unido del Pueblo, como resistencia a liberales y conservadores.

     En esta calidad, le conocí en Barranquilla, cuando realizó una manifestación pública en la plazoleta de la Universidad del Atlántico, que culminó en serios desordenes con intervención de las fuerzas de la policía. Ese día, terminé corriendo en la medida que me lo permitía mi pierna izquierda, por la Carrera 20 de Julio hacia arriba y solo vine a parar por el mercadito de Boston, dejando a mis espaldas, una batalla a piedra física, de mis compañeros, contra las “fuerzas del orden”.

     Menos de un año después, el 15 de febrero de 1966, Camilo Torres Restrepo, quien se había retirado del sacerdocio y de su cátedra de sociología en la Universidad Nacional, moría sacrificado como guerrillero del ELN, en Patio Cemento, durante una emboscada que el grupo armado le había hecho a los militares. Su aureola de

héroe del pueblo, creció inmensamente.

     El general Álvaro Valencia Tovar, Comandante de la Brigada en Bucaramanga, por órdenes superiores, sepultó el cadáver en sitio desconocido, para evitar, seguramente, las romerías de gentes que veían en Camilo Torres, un sacrificado por las causas sociales.

     Bajo estas circunstancias, en la Universidad del Atlántico, resultaba imposible, permanecer ajeno a tales influencias y terminé representando a la Facultad en el Consejo Estudiantil Universitario, por unos pocos meses. El Padre Espinoza, mi profesor de filosofía en el San Francisco en donde quiera que estuviese, hubiera dicho: “Vieron que yo tenía razón”.

     Entonces, le habría contestado con esta frase del cura sacrificado:

     “Solo la gente humanitaria se preocupa por ese pingajo aterrorizado en que nos convertimos al enfrentarnos a la dimensión desconocida del dolor”.

JOSE JOAQUIN RINCÓN CHAVES