Este septiembre del 2018 se cumplieron 30 años del famoso Concierto de Conciertos, el del 17 de septiembre de 1988 en El Campín de Bogotá. Armín Torres, el empresario artístico, ríe ahora mientras ve un video alegórico al tema. “¡Qué pesar!. Me sacan siete segunditos y tenía tanta verdad que contar de ese épico concierto”, dice mientras desayuna con trozos de papaya, queso manchego, tostadas de plátano verde y café negro sin azúcar.

     —Flaco —me dice—, ¿por qué no come más frutica?

     Mery Ciro, su esposa, acerca un fólder con la condecoración que hace unos días le entregó el Congreso de la República por petición del senador Juan Manuel Galán.

     Es un reconocimiento por su actividad como organizador de más de 1.500 conciertos que congregaron más de 10 millones de personas. “Era una época en la cual un artista podía hacer 30 presentaciones en una gira en Colombia”.

     Quizá otra condecoración, la de la Cámara junior, que le otorgaron hace 40 años, le impulsó a conquistar un nuevo trabajo: el de organizar eventos artísticos.

Primero fueron orquestas para empresas, luego pequeños espectáculos y después grandes conciertos.

     “¿Se acuerda flaco cuando traje a Leonardo Favio?”

     —Si, claro.

     “¿Usted trabaja en Colprensa o en Periódicos Asociados?”

     —En Colprensa.

     Eran una época en la cual los empresarios artísticos se podían contar con los dedos de una mano y cuando Armín exponía, en el restaurante “El poblado”, donde vendían unos fríjoles con chicharrón y que al barramejo le parecían del “otro mundo”, sus planes para mostrar al ídolo argentino. “Lo llevaré al hotel Tequendama y luego al hotel Nutibara de Medellín y al Inter de Cali”.

     Soñaba con traer al país también a Rapahel, José José, José Luis Rodríguez ‘El puma’, Julio Iglesias, Paloma San Basilio, Rocío Durcal y al compositor Antonio Prieto.

     En esa oportunidad le preguntamos, ¿quién es Antonio Prieto?

     “Flaco, ¿no sabe quién es Antonio Prieto?”

     —No sé.

     “Flaco, el de la Novia”.

     —¿Cuál novia?

     Y entonces Armín, después de engullir dos cucharadas de fríjoles comenzó a cantar: “Blanca y radiante va la novia, le sigue atrás un novio amante, y que, al unir sus corazones, harán morir mis ilusiones. Ante el altar está llorando, todos dirán que es de alegría, dentro su alma está gritando: Avemaríaaaaa”.

     “¿Se acuerda?”

     —No.

     “Flaco, ese es un ídolo. Ha grabado más de mil canciones. ¡Uf!”

     Un año después vi los carteles que anunciaban a Antonio Prieto. Lo vi en una discoteca de Unicentro.

     —Armín, ¿qué le gustaba de ser empresario artístico?

     “Conocer a los llamados ídolos y que no eran unos seres humanos tan corrientes como cualquier otra persona, para mí, eran extraterrestres. Fíjate que los médicos, los ingenieros y otros profesionales tienen reemplazo, los artistas no. Si la gente va a escuchar a Raphael es porque lo anhela y no se puede salir con otro artista.

     Uno, en esa época, se hacía amigo de ellos, departía en comidas donde se sinceraban, eran infidentes, contaban sus realidades económicas, hablaban de sus sueños. Ahora no, eso se acabó. Una vez contraté a Rocío Jurado. Llamé a Manolo Sánchez que era su mánager y le pedí que ella viniera a Colombia para realizar una promoción. Hablé con Jimmy Salcedo y dijo que le haría un musical. Ella llegó en la mañana, después de un viaje de once horas desde Madrid. A Jimmy le gustaba hacer sus musicales en la noche. Llegamos como a las 8 y empezaron a grabar a las 10. Se terminó como a las dos de la mañana y nos fuimos para el hotel Tequendama. Al llegar allí, me dice Rocío: «Armín tengo un hambre atroz»”.

     —¿Y a esa hora sí había atención en el hotel?

     “Nada. Y me fui hasta mi apartamento, que quedaba en el Edificio Bavaria, ahí cerca, y organicé una bandeja con jamón serrano, quesos, fruticas, pan…y mucho amor. Le puse una servilleta encima. Cuando llegué esa mujer se puso feliz. Y después me dice: «Armín, necesito un favor, tengo un dolor en la espalda por el estrés, consígame a un masajista». Esa noche fue mi debut y despedida como masajista. Esa era la vida con los artistas, eran personas que se volvían como los hermanos de uno o grandes amigos que me

llamaban a las 2 de la mañana porque no tenían con quien hablar. Yo era muchas veces su confidente, su asesor, su sicólogo, su consultor en muchas vainas hasta sentimentales”.

     Otras veces lo llamaban tarde de la noche para que les hiciera espaguetis a la carbonara. Y lo cierto es que le quedaban precisos: de buen sabor y al dente.

     —¿Y Camilo? ¿Al fin le pagó después de su negación de presentarse?

     “Sí, claro. Eso fue bochornoso. Eso fue en marzo de 1985. Todo estaba organizado. Salón Rojo del hotel Tequendama a reventar y cuando mando por el artista, me dicen que estaba borracho en el cuarto y no se podía ni parar. La gente ya se puso incómoda y de mal genio y su asistente me dijo que estaba indispuesto por la disfonía y por la altura de la ciudad. Para apaciguar los ánimos les dije que la cuenta del consumo ya estaba pagada y que les devolvía el valor de las entradas. Lo que pasaba era que Camilo se asustaba para cantar y entonces se tomaba un güisqui, pero luego seguía otro y otro. El hecho es que un mayor del Ejército dijo que lo detenía y que se lo llevaba para la cárcel por estafa. Yo le refuté: ¿A quién está estafando? ¿A usted que ni siquiera pagó la boleta y entró gratis? No venga a dañarme la gira. Al otro día los músicos me defendieron ante Camilo y me propusieron hacer la presentación al jueves siguiente. Nos fuimos para Cali donde hizo un espectáculo inolvidable y al volver a Bogotá, la presentación salió a reventar”.

     —Con José José le pasó algo parecido…

     “Lo grave de él era que en ese momento ya no cantaba nada. Tenía apagada totalmente la voz. Fue su debut y su despedida en Colombia. Gran persona”.

     —Fueron muchos conciertos.

     “Se trabajó bastante. Rocío Durcal, qué gran artista. Paloma San Basilio, inolvidable, toda una joya de la perfección. Raphael, un profesional completo. Vicente Fernández, un espectáculo. Juan Gabriel, todo un personaje. José Feliciano, complicadito. Ana Gabriel, nerviosa, pero con una mánager muy especial”.

     —Luis Miguel…

     “Noooo, ese es un irresponsable. Él no tenía respeto por los empresarios artísticos. Tenía un montón de gente que no permitía que nos acercáramos siquiera a su habitación. De pronto lo veía uno todo borracho, corriendo por ahí por el hotel. Una locura completa. Cantaba bien y seleccionaba excelentemente sus canciones. En su sano juicio era un joven normal. Como profesional, muy inmaduro”.

     —¿Y Jerónimo?

     “Ja ja ja ja ja. Inolvidable. El día que llegó a Colombia para promocionar sus canciones y para hacer sus espectáculos, me había divorciado. En el aeropuerto le dije: «Hermano, no tengo donde vivir, vamos y arrendamos un apartamento en el hotel Continental». Y nos fuimos para una suite. Me dio conciertos gratis durante dos meses. Todas las noches cantaba con su guitarra sus nuevas composiciones”.

     —¿Cuál era su reto?

     “Vea flaco, a mí me llamaban todos los días los mánager de artistas que cantaban baladas, salsa, rancheras, en inglés, en ruso, en japonés…Gente de Europa, del África, de Estados Unidos. Una vez fui a México para hablar con una de las personas que manejaba a Frank Sinatra. Nos sentamos a mirar números. No. Resultaba imposible. Eran cifras mayores. Pero Frank sí quería venir a Colombia. Miramos una cosa y otra, pero sólo se hubiera podido hacer un espectáculo en Bogotá y salía costosísimo para ese momento. Nadie hubiera pagado 500 mil pesos por boleta en ese año”.

     —Bueno, lo sacan en seis segundos en un especial sobre los 30 años del Concierto de Conciertos.

     “Lo grave es que no mencionaron a tanta gente que hizo un gran trabajo como Giovanni Lanzoni; Jorge Vásquez, q.e.p.d. el sonidista; Alberto Garzón, coordinador de la logística; Mery Ciro, mi esposa, con sus ocho meses de embarazo, esperando a Luis Felipe. Además, ella se cayó en pleno concierto. Tuvimos momentos de pánico pensando en algo grave. Fabio Rodríguez, coordinaba los permisos con la ciudad, la seguridad, los bomberos. Julio Correal que coordinaba los detalles con los artistas.  Leonidas Núñez, gran colaborador. ¿Quiere más café?”

     —Sí, claro, pero con queso.

     “Vea”, comienza su relato Armín. “En las reuniones sociales se hablaba en ese momento de organizar algo para que el alcalde de Bogotá, Andrés Pastrana, hiciera un evento para los jóvenes, pensando en que podría ser una buena plataforma para una futura candidatura presidencial.  Felipe Santos, su gran amigo, creativo y en ese

momento ejecutivo de publicidad de El Tiempo, era un apasionado por el tema de los conciertos. Comenzó a madurar la idea y su trabajo fue importante para encontrar los patrocinadores y la promoción.  Los artistas le pedían que los vinculara al evento y lo veían como algo grande, pero tenían temor por la producción: se requería entonces un empresario de experiencia. Me llamó y me dijo: «Armín, necesito que te metas a organizar este concierto».

     “Nos fuimos para la alcaldía y quien nos atendió fue el doctor Luis Alberto Moreno, qué tipo tan capaz. Hubiera sido un gran presidente. Ese sí. Nos reunimos con él y me contaron que tenían la idea de organizar un concierto de grandes proporciones, me mostraron un listado de sus realizaciones, sugerí unos cambios y que uno de ellos es que me dieran el control total del evento. Los dos se miraron y me dieron carta blanca. Así armamos un gran equipo y fuimos concretando a los artistas.

     “Unos fueron más fáciles de conseguir, pero al final se cerró el cartel en la mejor forma posible. Compañía Ilimitada, Pasaporte, Océano, Franco de Vita, Timbiriche, José Feliciano, Los Prisioneros, Los Toreros muertos, Yordano y Miguel Mateos. Para la promoción radial se vinculó Fernando Pava y la Súper Estación y se contó con el patrocinio de Coca Cola. Nosotros manejábamos todo desde mi oficina, en el edificio Bavaria del Centro Internacional. Eran cien personas moviéndose de acá para allá.

     “Pasó de todo. Bogotá no estaba preparada para un evento de esta magnitud. No terminaba una llamada cuando recibía la otra. Todos los artistas querían estar allí y montones de amigos y conocidos deseaban estar en primera fila. No había en Colombia una tarima para las exigencias de los artistas y tocó organizar con andamios, un escenario medio decente. Cuando todo parecía marchar sobre ruedas y estábamos a 17 horas de empezar, es decir, el 16 de septiembre, me llama Felipe Santos y me dice: «Armín, tenemos un problema. Los artistas no quieren cantar

porque no les gusta el sonido».

     “Tráigalos ya para la oficina”, le contesté.

     —¿Y le llegaron todos?

     “Claro. A la hora llegaron todos y me ratificaron que, con ese sonido, no cantaban.  No hay el equipo suficiente y con 50 mil personas, no contentas y que no escucharan bien, podríamos tener una tragedia de grandes proporciones. Yo les dije: «Ah bueno, eso me tranquiliza porque son ustedes quienes analizan la situación. Ese es el equipo que hay en Colombia. Tranquilos. Mañana citamos a una rueda de prensa y decimos que no hay concierto porque no hay las mínimas condiciones y si no es apto, no lo hacemos.  Miren que esto ya es una noticia mundial y es un evento de gran apertura para muchas cosas. Tranquilos. Váyanse a dormir y mañana nos vemos a las diez».

     “Felipe se quería morir. A los de la alcaldía les parecía desastroso”.

     Armín toma un aire, consume otro pedazo de papaya y sigue con la historia.

     “Flaco. Tan pronto salieron cogí el teléfono y llamé a Los Ángeles, a Nueva York, a México, a Puerto Rico y a Caracas y no había forma de tener otro equipo en menos de 24 horas.  Eran momentos angustiantes. Empecé a rezar. Seguía pensando y de pronto me acordé de unos muchachos Ortiz en Guayaquil. Los llamé y justo ese día no estaban trabajando ni rumbeando. Les conté mi problema y les manifesté que de dinero no habláramos porque lo que pidieran sería justo. Había que salvar el espectáculo... Espere tomo agua —sostiene ahora, ¡treinta años después!, y parece tener la misma angustia—. Los convencí para que cargaran 50 toneladas de equipo, se fueran de inmediato hasta Pasto  y tomaran el primer avión de Avianca en

la mañana. Los tipos aceptaron y se pusieron a la tarea. Aún no lo creo. Yo, mientras tanto, hablé con amigos en el Ministerio de Relaciones Exteriores para que no les pusieran problema en la frontera y con Avianca para reservar los cupos de ellos y la carga en el avión. No dormí. Era rece y rece. En Bogotá organizamos la logística con camiones en la pista del aeropuerto y para que llevaran los equipos para el estadio El Campín. Fue toda una maratón. El reloj corría muy rápido. Se contó con el apoyo de la Policía que puso motocicletas y les abrieron paso. Eso era como una novela, pero dramática. Llamadas acá y allá. La gente colaboró al máximo y a las diez de la mañana estaba el sonido más espectacular y totalmente montado. Cuando llegaron los artistas para dar la rueda de prensa y oyeron eso, les parecía increíble. Felipe Santos se me acercó y me dijo: «Armín, no lo puedo creer. ¡Esto es increíble!».

     “A las cinco en punto de la tarde comenzó el espectáculo. Nunca había rezado ni llorado tanto por un evento cuando oí a Compañía Ilimitada con la primera canción”, recuerda ahora Armín. Y la gente se gozó el concierto. Treinta años después siguen hablando de ese día. Muchos se ennoviaron, otros descubrieron un nuevo mundo. En fin. La historia del espectáculo en Colombia se partió ese día en dos: antes y después del Concierto de Conciertos.

     —¿Y lo de Guns N' Roses?

     “Flaco, deje algo para el almuerzo…”.

     Ese grito de una madre desesperada al ver a su hijo enfermo cambió el rumbo de la historia de la medicina.

     No. Louis Pasteur no era médico. Era químico. Pero, gracias a sus investigaciones, descubrimientos y sabiduría, se han salvado millones de personas.

     Nació el 27 de diciembre de 1822 en Dole, casi en el centro de Francia, y era el hijo de un sargento de las guerras napoleónicas, no fue un buen alumno en el colegio, pero si le fascinaba dibujar y hacer retratos, sin embargo, era un gran observador.

     En la época de su juventud, la gente creía todavía en algunas teorías de Aristóteles según las cuales la vida aparecía de forma espontánea, por ejemplo, las pulgas salían del polvo y los gusanos de la carne y él no lo creía y a los 20 años comenzó a realizar sus primeras

investigaciones. Una de ellas fue demostrar con un caldo recién hervido que no se originaba vida y manifestó que sólo se dañaba con las bacterias que estaban en el aire.

     Su principal amigo era el microscopio y con el investigador Robert Koch comentaban que las enfermedades infecciones eran provocadas por gérmenes ambientales que ingresaban en un organismo sano.

     Quizá se le conoce ahora por su método de pasteurización. Todo empezó cuando los industriales del vino le pidieron que analizara porqué se dañaba el contenido de tantas botellas. Él calentó el vino, pero se corrompía el sabor, entonces con sus cálculos logró que se aniquilaban las bacterias a los 55 grados de calor. Desde ese momento, se volvió costumbre hervir, por ejemplo, la leche y el agua para matar las bacterias.

     Otra de las medidas que adoptó fue trabajar con higiene en los hospitales y centros de salud. Las salas de cirugía no se mantenían limpias y, es más, los médicos no se lavaban las manos en el momento de operar. Pasteur les demostró que la falta de aseo ocasionaba más enfermedades.

     Otro de sus descubrimientos fueron las vacunas. Demostró que algunos microorganismos debilitados pueden ayudar a nuestro organismo a pelear contra diversas enfermedades como la viruela o la rabia. Estas enfermedades infecciosas —originadas por virus que padecen ciertos animales, especialmente los perros, y se transmiten entre animales y llegan al hombre a través de la saliva—, causaban miles de muertes.

     Un momento histórico en su vida fue el 6 de Julio de 1885 cuando una mujer llegó llorando al laboratorio con su hijo de 9 años llamado Joseph Meister y que, dos días antes, había sido mordido por un perro rabioso en 14 sitios diferentes de su cuerpo. De puro dolor, casi no podía andar y su muerte en breve plazo estaba prácticamente asegurada.

     —¡Salve usted a mi hijo, Monsieur Pasteur! —le pidió insistentemente la madre.

     Él había ensayado las vacunas en perros, pero le preocupaba hacerlo en humanos. Se enfrentó a ese dilema con Joseph. No estaba seguro de que desarrollaría la versión humana de la rabia, pero ensayó el tratamiento de todas maneras. Joseph sobrevivió.

     A los 45 años, Pasteur sufrió un derrame que le paralizó parcialmente su lado izquierdo. Le montaron entonces un laboratorio móvil para que pudiera trabajar en su lecho de enfermo.

     Fue padre de cinco hijos, pero sólo dos sobrevivieron la infancia. Dos de ellas fallecieron atacadas de tifoidea y otra por un tumor.

     Pasteur murió en una modesta casa, cerca de las perreras, a los 72 años, el 28 de septiembre de 1895. Francia lo trató como un héroe nacional. Había pedido ser enterrado en el ‘Institut Pasteur’, centro de investigaciones que él había creado. Sus últimas palabras fueron: “Uno debe trabajar, uno debe trabajar. Hice lo que pude”.

     Joseph Meister, el niño al que había salvado creció y acabó trabajando de portero de dicho Instituto en cuyos sótanos estaba enterrado el gran hombre que le había salvado la vida de niño. En 1940, con 64 años y siendo todavía portero, los nazis tomaron París. Por curiosidad, un oficial nazi le ordenó que abriese la cripta de Pasteur. Antes que hacerlo el hombre salvado por Pasteur prefirió suicidarse.

     Hoy la tumba de Pasteur está en la catedral de Notre Dame.

     Entre 1983 y 1992 los colombianos cargaban su imagen en los bolsillos. José Celestino Mutis engalanaba los billetes de 200 pesos, de color verde y muy usado, pero pocos sabían quién era el señor canoso y serio de la imagen dibujada con plumilla.

     Hace 210 años, el 11 de septiembre de 1808, víctima de un accidente cerebrovascular —posiblemente un derrame cerebral— a la edad de 76 años, falleció en Bogotá José Celestino Mutis y Bosio.

     Además de sacerdote, era un científico, botánico, filósofo, médico, matemático, artista, investigador y profesor.

     Contaba con escasos 26 años cuando se embarcó para América el 7 de septiembre de 1760. Llegó a Cartagena el 29 de octubre de 1760. Descansó unos días y prosiguió hacia Santafé de Bogotá, acompañado por el cirujano don Jaime Navarro, a donde arribó el 24 de febrero de 1761.

     Como dato curioso, en la lista de viajeros del barco figuraba como “el cirujano José Mutis”.

     El impacto del trópico fue grande, pues a cada paso se encontraba con una novedad botánica o zoológica. Fue el primero en usar el barómetro y el termómetro en la Nueva Granada y era una persona paciente para escuchar a los indígenas y a quienes comenzaron a llegar de Europa sobre los padecimientos que tenían. Descubrió, por ejemplo, la canela, los usos de la auyama, de la papaya y de otras plantas como la quina en términos de salud.

     Rechazó procedimientos tales como “aplicar en los cotos los orines de un perro negro, por la falsedad de estos remedios inútiles y aun a veces supersticiosos”.

     Fueron momentos duros en su vida porque debía acabar con las supersticiones y pociones sin ninguna investigación.

     “Son muy pocos los remedios eficaces y universales que posee la medicina; quiero decir que son poquísimos los específicos, los cuales aunque verdaderamente específicos, piden la sabia administración de un médico prudente, sin lo cual en manos de los ignorantes suelen volverse inhábiles, y de la misma virtud que cualquiera otra medicina o droga, si no es que dañosos y mortales en ciertas circunstancias”, escribió en una oportunidad. Y pensaba que era necesario crear una facultad de estudios de Medicina en la Nueva Granada y evitar así que inexpertos fueran quienes formularan ante las enfermedades.

     Mutis encontró también en estas regiones grandes posibilidades de explotación minera y dentro de sus negocios particulares tuvo varias minas, pero lo que lo perseguía era la cantidad de plantas que encontraba en cada una de las regiones que visitaba, por ello le envió al rey de España una carta para que se organizara toda una expedición botánica. Envió tres misivas y no le respondieron.

     En 1783 el arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora creó la Real Expedición Botánica del Virreinato del Nuevo Reino de Granada y nombró a Mutis como su director, con una asignación anual de dos mil pesos.

     Mutis armó un equipo humano de estudiosos y de pintores que dejaron una gran huella.

     Los resultados científicos y económicos son más relativos, pues, si bien se coleccionaron 5.393 láminas magistralmente realizadas, compuestas por 2.945 estampas en color y 2.448 dibujadas a pluma, que representan 2.696 especies y 26 variedades, aunque muchas de ellas no tienen la descripción correspondiente y no hay clave alguna de tal iconografía y aunque no se conoce una correspondencia entre las láminas y el herbario, representan un documento de extraordinaria calidad artística y de estudio.

     La emperatriz Catalina la Grande de Rusia estuvo muy interesada en recopilar los vocabularios y gramáticas nativas y se dirigió al rey Carlos III para que le facilitara la tarea. Esta misión se le encomendó a Mutis, quien recuperó documentación de las lenguas chibchas, mosca y saliba y redactó el diccionario de lengua achagua. Estos documentos nunca llegaron a Rusia, porque el monarca, al ver tales resultados, ordenó que se quedaran en Madrid.

     Mutis cambió la mentalidad neogranadina a pesar de sus duros enfrentamientos que tuvo por varios años. Dejó una huella de estudios que hasta ahora se están analizando en las universidades. Fue el más grande gaditano enviado por España a América.