Cabello extra-largo y media cara hirsuta, un intento de pelo en el rostro a mis 67 años.

     De joven había intentado dejar que me creciera el bigote un par de veces, no más de cinco. De adolescente, hice el primer intento y mamá lo cortó de tajo: «Ve y quítate esa cerca de alambre púa encima de la boca o no hay más onces», me ordenó cuando, un pelo por aquí y el otro por allá, y algunos más allá, arriba del labio superior —¡incipiente ‘bigote’!— les anunciaban a las chicas que yo no era hombre de pelo en pecho. Aunque sin duda sí había de ser ‘varón caprino’, que suena mejor que eso de ‘macho cabrío’. Y las ‘onces’ llamábamos, desde los cursos de primaria —no había lonchera como ahora—, al apretado recurso que nos daban para comprar chucherías.

     Debía cursar cuarto de bachillerato cuando dejaba crecer mi cabellera más de lo normal dentro de los cánones escolares de aquellos entonces, untado el pelo de ‘manteca negra’ vendida por palenqueras que iban

de casa en casa, o de vaselina, que venía, aromatizada, en sobres pequeños que se compraban en la tienda de la esquina, y me hacía un bucle o copete en la frente. Y en esa época de transición niño-hombre, escucharía por vez primera la palabra ‘paraco’, que, a pesar de ser ahora un colombianismo, no está registrada en el diccionario de RAE, y mucho menos desde el sentido en que la expresó mamá. Pero mamá la dijo no como una profecía —ni siquiera como un pálpito— del degenere, tanto armado como léxico, que años después alcanzarían las tristemente célebres Convivir.

     Mamá, perseverante, había de hacer cantaleta filial la orden de que me cortara mi ‘paraco’, pero, yo, solo había de prestarle sumisa atención en lo referente al bigote, sí, puesto que, con su dicho, yo imaginaba bajo mis fosas nasales —a mis 14, 15 años— las cercas de aquellos potreros que se medían en hectáreas, los límites de las fincas o los corrales para el ganado: estacas clavadas en la tierra en línea recta, distantes un metro una de la otra, soporte para el tendido de cuatro o cinco hileras de alambre trenzado, portadores de ganchos o púas cada cinco centímetros, con un 

espaciado de 25 centímetros, a todo lo largo. ¡Uf! ¡Una vaina de esas debajo de mi nariz!

     Ante la orden de Evelina Dolores en el sentido de que me bajara el ‘paraco’, siempre me la tiré de loco: ¡era mi símbolo de rebeldía! Lo instituía como mi característica juvenil, mi marca —influencia de Elvis—, y, por eso, con frecuencia casi diaria, dejaba caer sobre mi amplia frente ese bucle, eso que RAE define como “rizo de cabello en forma helicoidal”, pero que, en nuestro entender soledeño, no era un mechón “en forma de hélice” sino un promontorio de pelo a modo de avispero, sí: el panal construido entre las ramas de los árboles o bajo el ‘alar’ de una casa de tejas o de paja, por las avispas. Y que, en mi pueblo —lo sabría gracias al decir de mamá—, también llamaban ‘paraco’. Ella me lo especificaría desde el momento mismo en que calificó mi cabellera por primera vez al observar mi cara de ignorancia. Y lo hizo para que yo supiera a qué se refería. De pronto imaginaba que con tal comparación yo, el cuarto de sus cinco vástagos, el único varón, desistiría del bucle. Y aunque para entonces ya dejaba proyectar mi gusto por el cabello con extensos rizos, en desorden, aun no habían de llegarme los tiempos para mi pelo largo, bien largo.

     Recuerdo que en muchísimas ocasiones salía de mi casa para el colegio sin copete, pero de 

regreso al hogar, ya lo traía montao. Y así, hasta graduar. Aunque para graduar, el corte que debí lucir era tupido, repicado, pero no a ras de cuero cabelludo, un corte elegante que me hicieron en la peluquería ‘Jaramillo’, en la calle 35 de Barranquilla, entre Cuartel y Líbano, carrereas 44 y 45, a donde me llevó papá. Durante esa salida, no solo me motilaron, también me compraron el entero de grado —lindo, mi primer ‘entero’ de pantalón largo, con chaleco, color café, de rayitas—, los zapatos, la correa, ¡la corbata!, todo de estreno, y me pasearon por sitios que de mis neuronas jamás se esfumaron: ¡el complemento de regalo de grado! Y tras tal doble-graduación, surgía la incipiente 

libertad para el crecimiento de mi cabellera.

     Vino la transición entre el Colegio de Bachillerato de Soledad, Codesol, y las universidades del Atlántico y Autónoma del Caribe —por donde pasé, al igual que por la Barranquilla—, lapso durante el cual papá hizo todo lo humanamente posible para que, como los hijos de presidentes de la República y de gente de alcurnia, yo no fuera a prestar el servicio militar y me dedicara a la Universidad. Delicioso aquel sancocho de gallina que le brindamos, en el patio de la casa, al suboficial encargado del o del no, el que atendía y convencía a los remisos. En mi caso, fui yo quien, a última hora, me decidí por el y me embarqué en el bus que me llevó hasta el batallón número 5 de Artillera Galán, en Socorro, Santander.

     Antes de irme para el Ejército, mi cabellera era lisa, india, negra azabache y, bien peinada, permitía abrir un caminito capilar en toda la mitad. Con ‘la schuler’, aplicada al iniciar mi fugaz ingreso a estancia militar —motilado así, nueve veces más, cada quince días, a lo mejor por alguien que no tenía ‘buena mano’—, mi pelo indio comenzó cambiar. Sí, porque a mi regreso a la vida civil, cuando, junto con Ricardo Cabarcas y Antonio Pedraza había de salir del pueblo a conocer Colombia en puro auto-stop, a lo hippie pero sin conocer aun la marihuana, ya no lograba dejar el camino a mitad de la cabellera. Y, entonces, ahí sí, comencé a darle rienda suelta al crecimiento de la melena, más en rizos que en peinado afro, tampoco a ‘la moda’ de Jesucristo. Significa que, periódicamente, tenía que mandarme a ‘podar’ mi pelo.

     Ya de periodista —digamos que lo soy desde mi ingreso a Comunicación Social, segunda mitad de 1971: redactaba notas de tarea para algunos compañeros, y me pagaban—, ‘especializado’ en periodismo del espectáculo, mandaba a hacerme el blower. ¡Ah!, aquellos 1974-1977, cuando los más prestigiosos peluqueros de Barranquilla —de Capill, de Mustache, de qué se yo— querían ponerme sus habilidosas manos en mi cabellera y hacerme, con el pelo largo, en churritos, peinados de moda. ¡Oh, lala!

     Recuerdo que, vinculado desde hacía rato a El Heraldo, siendo copy de Sonovista Publicidad, cuando Sonovista quedaba en la calle 72 frente al parque Sury Salcedo, solía bañarme el pelo con jabón —nada de shampoo ni acondicionador—, no me lo secaba con la toalla y prefería batir la cabeza con fuerza de izquierda a derecha y viceversa antes de salir de la ducha, no solo para sacudir el agua, sino para armarme mi peinado sin peinillas ni cepillo. Y así salía a trabajar, que, durante las primeras horas de la mañana, el cuello, las hombreras y hasta la mitad de la camisa, a la espalda, se mantendrían humedecidas, mientras el cabello, por su propia cuenta, iba volviéndose churritos.

     Durante un Carnaval, el de 1978, melena vuelta afro, Batalla de Flores, manos criminales, me arrojaron piojos, me infestaron e infectaron, de lo cual me enteraría tiempo después —¡y hasta supe qué mujer fue!—… El jueves post-Miércoles de 

Ceniza no podía con la rasquiña en mi cuero cabelludo… Vivía solo y no tuve más opción que, tras habérseme ocurrido radical solución, salir a comprar un baygón en spray: sobre la cama extendí una sábana blanca, me protegí los ojos y la nariz con tres pañuelos, uno encima del otro, me acosté boca abajo y me fumigué la cabellera… Lo que mis ojos habían de ver 15 minutos después fue para horrorizarse: sobre la sábana blanca quedaba algo así como un bordado de color negro en alto relieve, un repujado, como una rueda de 30 cm de diámetro: cualquier cantidad de esos bichos, liendras incluidas, ¡eliminados! Y entre más me sacudía mi cabellera, más caían y más caían, hasta cuando se agotaron. En esta acción sí cabe —parafraseando al cuento infantil ‘¡Maté siete de un solo golpe!’, mi primer premio académico, a mis 7 años— el título de: ‘¡Di de baja centenares de piojos, de una sola rociada!’. De esos asquerosos visitantes capilares, nunca más tuvo noticias mi cabellera. Las noticias sobre fumigaciones giran ahora en torno al glifosato contra sembrados cocaleros.

     Con breves interrupciones —cumpliendo con alguna exigencia de obligatorio cumplimiento por glamour o protocolo, frente a algún acto muy especial, de entero, corbata y obligada motilada— siempre he tenido una frondosa cabellera, aunque ahora sea plateada.

     En mis 47 años de actividad periodística —incluido el ‘periodismo proselitista’, modalidad que, en 2000, me inventé en La Guajira para aplicarlo a las formas de difusión informativa en prensa, radio y TV, todo muy regional, de las distintas campañas políticas del movimiento ‘Para La Guajira, ¡Lo Mejor!’—, solo durante un largo período mantuve fijo el pelo corto: durante los ocho años en los que, entre 2006 y 2014, fungí como jefe de prensa de la Unidad de Trabajo Legislativo de dos representantes a la Cámara por la península guajira, uno de ellos el actual cónsul de Colombia en Atlanta Bladimiro Nicolás Cuello Daza.

     Apenas salí del Congreso de la República, mi cabello comenzó a crecer sin retenes ni aduanillas, sin cortes ni glamour, en desorden pleno, excepto para asistir a un par de eventos sociales: el grado de Claudia Marcela y el matrimonio de Saskia, en la primera me lo recogí en cola, para la segunda ocasión me hicieron un peinado de salón.

     En el transcurso de 168 números de El Muelle Caribe, he alternado look: cabellera en total caos, “¡pelambre de loco-demente-callejero!”, —así me gritó hace poco mi cuñado David Barceló—, o pelo recogido en colita de caballo.

     Y desde abril pasado agregué algo más a mi ‘pinta’. Con anuncio y promesa en una emisión de OLD TUBE, mi canal en YouTube —hoy invadido por ‘Al Oído…’—: había dejado que la barba me creciera, porque cada vez que me afeito, me inflijo cortadas en el bozo, barbilla y garganta. Sostuve que no me afeitaría nunca más, pero...

     El martes pasado, este martes 25 de septiembre de 2018, revisando los videos de OLD TUBE y de ‘Al Oído…’ me hice una pregunta: ¿Será cierto eso de que la pinta es lo de menos?

     Y acto seguido me trasladé a años bien lejanos, en búsqueda de la melodía

de alguna canción que había escuchado sobre el tema e ‘investigué’ en Google: ¡apareció!, con letra y voz del argentino Palito Ortega… Pero, aun cuando la canción se titula así, ‘La pinta es lo de menos’, el contenido no pega con mi situación: habla de un gordo a quien le recomienda que no comas tanto,/ cuídate un poco,/ si no paras, vas a reventar”. Ese no es mi caso.
     Me vi, me observé, me analicé, una y otra vez en los videos, y terminé fustigando, diría que odiando, esa pinta de loco-demente que, de verdá-verdá, proyecto —toda mi vida he sido un ‘loco’, sí, pero cuerdo— y tomé la decisión, el miércoles 26 a primera hora, de mandar a tumbarme las dos pelambres, la craneana y la facial, y retornar a mi look clásico, al tradicional, al más conocido, al que me ha procurado el apelativo de ‘Cabellón’, como a Cepeda Samudio, mi ídolo por siempre jamás. Y lo reitero: mi ídolo nada más. ¡Maestro!

     “AY NO, JOSE... NO TE CORTES EL PELO!!!!”, me gritó por escrito en Facebook, así en mayúsculas —segundos flash, casi al instante de haber colgado en la web la selfie de mi renovado look—, mi amiga no solo ‘feizbukiana’ sino física Gloria Bárcenas, por quien guardo especial aprecio y de quien admiro su corriente de positivos pensamientos 

que le leo en la web.

     Y este bendito viernes 28, estrenando look y cuando ese nuevo look obligaba a afeitarme, volví a cortarme. Ahora, el corte fue en la garganta, lado izquierdo. Y entonces decidí escribir esta frivolidad consustancial.

     Pues bien: en los entretantos de la escritura de este trivial relato vivencial, sin haber hallado aun la forma de parar la sangre, me asomaba a mi Smartphone y veía y reveía las diversas selfies que me tomé durante y después del proceso barbero-peluqueador y me amaba al ciento por ciento, y entre más me amaba, más me amaba… ¡Uf,! eso de que la pinta es lo de menos… —yo, eterno desabrochado para vestirme, poco dado a las marcas, a los protocolos, a los calcetines, a los vestidos enteros, a las corbatas—, sí: eso de que la pinta es lo de menos, ¡que va! No hay duda: ¡La pinta es lo demás!

     Por ahí le escuché este viernes a la abogada cubana Ana María Polo —‘Caso cerrado’, canal 1— que para roles que requieren rostro para videos, tanto en la web como en TV, ya no exigen Adonis o Apolos, Afroditas o Freyas o Isis. “Están buscando feos”, dijo. “¡Feos!”.

     —Sigo como feo, pero sin cara de loco-demente —me dije frente al espejo, consuelo de tontos…

     Y entonces me dediqué a volver a leer, dos, tres veces, los in crescendo comentarios-reacción a mi selfiee: los hay de todos los matices, con retoma de viejas amistades: además del grito puesto en el cielo ‘feizbukiano’ de Gloria Bárcenas, los de aplausos de muchos amigos contentos por el retorno al clásico look, los inspiradores piropos, los comentarios motivadores, el reflexivo — “si aquellos que prometen cosas importantes se cagan en las promesas y no 

cumplen nada, para qué carajo vamos nosotros a preocuparnos si no cumplimos cualquier comemierdería que prometamos”, como comentó Joaquín Casamayor, el patriarca—, también los hubo muy divertidos, pero ninguno fuera de foco, ninguno salido de contexto. Pero de entre todos, hubo uno que me sacudió, que me hizo levantar de la cama, que fue como una bofetada de esas que se da a un ser querido en estado de histeria y que por nada del mundo es violencia de género: me mandó, palabra de hombre, a retomar El Muelle Caribe, a mí, que quería acabarlo: “Felicidades mi amigo... no estás solo”, escrito por Antonio Medina cuando ya iba un medio centenar de ‘likes’ y 30 comentarios. Motivación que había de complementar el abogado, escritor y columnista samario Ricardo Villa Sánchez cuando, vía WhatsApp, me dijo que “redacté un artículo algo largo sobre el asunto de la ampliación de la pista del aeropuerto de Santa Marta. Tiene 5 páginas, ¿se puede publicar en Muelle?”

     —Claaaaro... —le contesté. Y ese tema es el plato fuerte de esta actualización: por su contenido, por su visión, por su idealismo cristalizable, por el amor al terruño… ¡Y por su condición, muy personalmente, de acicate!

     Pues bien: como comentarios y reacciones por mi selfie-look son públicos, hago eco de ellos. Agradeciendo a todos el ¡detallazo!: Hasta las 6:45 de la tarde de este domingo 30, llevaba 125 ‘me gusta’, 60 ‘comentarios’ —no sé si se incluyen todos— y 5 ‘compartidos’… Tiene razón Toño Medina: ¡No estoy solo…!

Gloria Bàrcenas AY NO JOSE....NO TE CORTES EL PELO!!!!

Myriam Masso Carvajal Aayy mi Piero???

Ev Aristo Jimenez Martinez Ahora si se parece, viejo Jose.

Moises De la Cruz Chacho.

Tony Palmera Tu te llamas #Piero ombe.

Luis Angel Altamiranda Sandoval Una pinta artística. Para lucirte en el escenario. ¡Buena Jose!

Gromero Romero No se parece en nada a Piero que se ha llevado la autoría de El Viejo, sin ser de él...José Orellano es auténtico...

Joaquin Casamayor Además, José, nosotros no prometemos nada serio. Si aquellos que prometen cosas importantes se cagan en las promesas y no cumplen nada, para qué carajo vamos nosotros a preocuparnos si no cumplimos cualquier comemierdería que prometamos.

José Orellano Jejejeje.... así es: a no cumplir ni años...

Moises De la Cruz Me uno al clan de meimportaculismo.

Adalberto Herrera Avila Ud.siempre es y será muy original, por qué vas a cambiar ahora.

Gabriel Alberto Villegas Mejia El propio, el original, buena esa estas como el que yo conocí, mi hermanazo, abrazos y bendiciones.

Arnaldo Cotes Cordoba Así si estoy viendo al loco que conozco !!!

Ruby Sudea Marquez José sí te llamas...

Martha Cecilia Royero Perez Sí te llamas, aunque te conocí como jefe serio, objetivo y radical. Me identifiqué automáticamente, sin negar el miedo que te tenía Jose. Jajajajjaja. De verdad que tomo todo demasiado en serio jajajaja. Mil bendiciones jose. Regalarme el elixir de la eterna juventud!!

Esperanza Escorcia Lo sexy y coqueto mejoró.

Javier Jiménez Jordi Te ves mejor así, viejojóse...

Ana Elvia Fajardo Uribe Me parece muy bien así saludos! !!!!!

Jairo Escobar Hola compa, no se preocupe. Acuerdese que los 4 ESCOBAR no nos contábamos ni pelo ni barba, cuando jovenes. Pero ya estamos viejos y tenemos que parecer jóvenes.

David Campo Pineda Compadre, buenas tardes. Su luenga barba me hacía imaginarlo como aquellos legendarios mineros del río Yukón que permanecían por meses excavando y colando tierra para buscar pepitas de oro... Parece, compadre, que las pepitas son para usted letras y que de tanto producir de ellas, ya sobrepasó la fabulosa fortuna del viejo Mark, claro, figuradamente. Un abrazo y que siga pepiteando!!!

Ramon Soto Piero de América.

Ricardo Bicenty 🤝🤝🤝🤝🤝🤝🤝

Tito Sensación Mejía A veces los cambios convienen, pana José Orellano.

Nury Ruiz Barcenas Esa es tu marca, tu sello, amigo.

Ciudad Paz ¡Bacano...!

Blas Piña Salcedo ¡Volviste en íi! Ahora sí te pareces jajajaja

Edgardo Caballero Ese es mi jefe.. el José..

Jesus Erasmo Sierra Rodriguez Jose tú eres un periodista de los pocos que tenemos en Colombia “de palabra”.

Jaime Romero Amigo: El rostro nos identifica. Alguien lo llamó el espejo del alma. Por eso ser actor no es fácil ni hacer de payaso o mimo. Es el primer factor de juicio de aprobacion o rechazo social. Si no pregúntale a las 

mujeres, publicistas de imágenes y reclutadores laborales. Pienso que tu vida se muestra en tu cara y debes estar orgulloso de ello. Y el actual, el de la Foto, ya es un ícono. El de José Orellano.!

Antonio Medina Gómez Felicidades mi amigo... no estás solo.

Carmen Alvarado De Escorcia Te pareces a Piero, abrazote.

Victor Hugo Vidal Si te llamas José Orellano!!!

Maria Villamil Uyy tío, mucho mejor!! Saludos...

Patricia Moreno Henao Joche super, a otro nivel.

Julia Aguad Mi querido amigo se me había olvidado tu cara… Sin barbas te ves interesante, un abrazo.

Olenis Martinez Te quiero jose Orellano te ves joven besos muaa.

Irama Rodriguez Si se llama José Orellano!!!!

Carmen Rodriguez Te ves bello mi loco. Abrazo.

Lina Ester Rojasmoreno De acuerdo, ser payaso o títere no es tu caso, te conozco bien sé que eres muy serio en tus artículos siempre fiel en tus escritos Felicidades

Jose Joaquín Rincón Chaves Te luce el nuevo look .

Lucho Cure Te ves mejor hermano.

Maria de los Angeles Te ves muy bien mi querido amigo.

Argenida Matilde Cuesta Solano T ves chevere amigo. Dios t bendiga.

Sonia Esther Pedroza Cubillos hahaha, buenos comentarios!

Silverio Marchena Ahora se parece a PIERO, SALUDOS CORDIALES JOSE. PENSE QUE ERA PIERO ✌️ SILVERIO EN LA OLLA 🍽️.

Ana M Rangel Como te ves de bien mi amigo. Felicitaciones.

Raul Fernando Armendáriz Morales Cambiar de uniforme de vez en cuando viene bien. Aunque se sigue siendo el mismo. Éxitos maestro.

Maila Marly Monroy Ardila Saludos amigo Jose.

Macondotravel Aracataca Una calidad de hombre, una calidad de amigo… Gran profesional con ingenio y olfato de sabio, sin olvidar la rumba y “mamadera de gallo” que lo vuelve invulnerable ante la melancolía y el recuerdo. Un barranquillero universal… Abrazos, desde el corazón de Macondo.

Alvaro Carbonelln Saludos Maestro.

Fernando Castañeda García Buena por el look! No hay que cumplir ni años

Antonio Maria Borja Suarez BUENA JOSE, POR EL NUEVO LUK, JUVENTUD.

Manuel Colina Hola José saludos y muchas bendiciones mi hermanito querido y yo acabé también de pasar por esa experiencia de usar barba y bigote y no caló la cosa ni en mi familia asi que tuve que quitarmelas ya somos dos jejeje.

Manuel Colina Si que bien jejeje.

Edgar Awad V La misma pinta del que canta Viejo mi querido...

Amelia Mizar Maestre Por fin conozco tu otro José!! Me alegra mucho.

Roberto Rafael Rosania Jose, cada día te pareces más a Piero.Un abrazo.

Manuel Colina Mi estimadisimo amigo José ya te comenté de mi experiencia también con ese look de barba y bigote y si son canos a unas personas les luce a otras nó y ni a ti ni a mi nos luce asi que sin ellos lucimos con menos edad jejeje.

Myriam Masso Carvajal Jajajaja pues si???