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     Los amores siguieron viento en popa. El padre de la novia no estaba muy convencido de las intenciones del joven. Y, a cada rato, se aparecía en momentos en que los enamorados reclamaban algo de soledad para llevar su relación de manera normal. Hasta cuando José Joaco acompañaba a la muchacha a tomar el bus de Puerto Colombia en la Plaza de San Nicolás, el señor Carlos hacía su mágica aparición. En una oportunidad, sigilosamente, se hizo detrás de la pareja cuando salía de Supermercados Robertico la hermosa empleada, su hija, para susurrarles la marcha nupcial al oído.

     El susto fue grande. Los permisos para ir a cine en Barranquilla, eran casi tan llenos de requisitos como los que exigía la Embajada Americana para otorgar la visa. Casualmente, en uno de esos días de estar ejerciendo uno de estos raros salvoconductos, un domingo que se dirigían los enamorados al Teatro Murillo para ver la proyección de la película ‘Z’ de Costa Gravas, en el momento en que pasaban por la puerta del edificio de apartamentos en donde vivía Rafael Uribe, este alcanzó a contemplar a la pareja. Como era época de Navidad, al amigo del alma se le ocurrió regalarle a Joaco una tarjeta con un Papa Noel, echando entre la bolsa roja a una chica, cuyas extremidades inferiores se asomaban por la parte del cierre del talego, con medias enmalladas negras y una leyenda muy pícara que decía:

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     “Joaco, a esta chica si no la dejes escapar”.

     La presión de don Carlos eran tan fuerte que la chica, no se sabe si arrepentida del amorío o para provocar decisiones urgentes, requirió al novio a fin de que formalmente hiciera la petición de mano. El muchacho, ante la situación, quedó mudo y solo acertó a marcharse a las volandas, por la calle solitaria, hacia el sitio en donde tomaría el bus hacia su casa, dejando a la novia con un palmo de narices, no tan grande este palmo, pues el, le decía cariñosamente ‘naricitas’.

     Tres días duró el ominoso silencio de retirada, cuando el domingo siguiente, en horas de la tarde, el novio, sin haber avisado nada, se presentó con sus viejos, Teódulo y Ana Inés, en casa de la pretendida en Puerto Colombia. Sorpresa total, nadie esperaba semejante visita, pero presentían el motivo. El compromiso se selló solemnemente esa tarde y se acordó que, para diciembre de ese año, se sellaría la unión en alguna iglesia de Barranquilla. Aun así, Don Carlos García Quezada continuaba con sus dudas, pero lo importante era que la madre de Maritza estaba del todo convencida y empezó a planear la confección del vestido de novia, pues era una experta costurera.

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     Hasta patrocinaba los momentos de intimidad de los novios y en una ocasión, en la casa de Puerto Colombia, permitió que la joven aflojara los bombillos de la terraza, para que no hubiese luz en la noche, y ellos pudieran darse algunos besos, pero el galán, desconocedor de la maniobra y pecando de inocente, se fue hasta la tienda más cercana, para reponer los focos quemados. La carcajada de Maritza llegó hasta el viejo muelle y, una vez enterado de su poca imaginación, la luna roja que se abría paso por el cielo, le quedó chiquita, ante su ruborizada.

     Don Carlos no aflojaba en su desconfianza y una noche, en la cual habían invitado a la

novia a su despedida de soltera, prohibió que siquiera pusiera un pie en el carro que había pasado por ella. Bajo el tema de que “había novios que hasta en la puerta de la iglesia se arrepentían”, no la dejó ir a Barranquilla, en donde en un lujoso restaurante la esperaban el novio y otros amigos invitados a una cena.

     Un poco contrariado, José Joaquín, en compañía de Rafael Uribe y su esposa Miriam, se hicieron acompañar del Trio Los Isleños, para brindarle una serenata de desagravio a la inconsolable mujercita. Al día siguiente, en la noche, se realizó la boda, de la cual quedó la viñeta que a continuación se relata:

     La prima Blanca sintió en la cintura, el tirón que de repente rompió el ruedo de la maxifalda azul que vestía aquella noche de diciembre. Ella, que no quiso montarse en el viejo jeep rojo que la familia había heredado del viejo Cecilio Romero Cabarcas, lamentó haber cambiado la incomodidad del vetusto carro por la amplitud de un bus de

línea urbana.

     Estrella, su hermana, la miró no con ojos de lástima, sino de rabia, por cuanto el hermoso trabajo de Mery había sido rasgado por un vándalo pasajero que, entre risas contenidas, disfrutaba con la angustia de la dama. Un rato después, la que sufrió el alevoso ataque fue la propia Estrella, muy a pesar de la cara de furia de su acompañante, don Julio César Bernal.

     Parecía una escena sacada de uno de los tantos relatos del hijo del telegrafista de Aracataca. Qué carajos hacían dos elegantes damas y un rubicundo cachaco vestido de saco y corbata, montados en un bus de Delicias-Olaya a las siete de la noche de un sábado 11 de diciembre de 1971, atiborrado de camajanes que habían salido del estadio municipal del partido Junior-Pereira en la ciudad de Barranquilla y que, para remate, habían perdido los tiburones.

     Igual pregunta se hacían las veinte parejas de invitados a un matrimonio que se celebraba en la Iglesia de San Francisco, quienes habían llegado al convite a bordo de otras líneas de buses. Pero Blanca, Estrella y Julio César tenían razones de más para no perderse la boda. Se casaba la prima Mary, compañera de tantas reuniones familiares y de fiestas juveniles en Barranquilla y sus alrededores, además, habían sido nombradas madrinas del casamiento. Hubiera sido imperdonable la ausencia y por eso hicieron el sacrificio de abordar el traqueteante bus, atestado de gentes que vivían en Olaya, San Felipe, El Valle y de otros barrios populares.

     La boda, fue de tres parejas, que días antes habían hecho

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el curso pre-matrimonial, con el mismo cura que había botado al novio del colegio San Francisco, por comunista. Y el novio se sonreía, pues el oficiante estaría pensando que hasta en estos momentos el rebelde participaba de una ceremonia comunal. Lo que lo sacó de dudas fue la cara de iluminado que puso José Joaquín, cuando recibía la comunión. Entonces supo que había actuado injustamente con aquel muchacho, que tenía la apariencia de un santo de la edad media.

     De la novia, ni se diga, no parecía estar casándose, sino haciendo la primera comunión, por la edad que parecía aparentar. Todo bajo la batuta de una gringa de los Cuerpos de Paz que la abuela de la novia había recibido en su casa de Puerto Giraldo y que era en su país, Estados Unidos, toda una experta de este tipo de ceremonias y colocaba a cada persona en su lugar. Desde los padres de los novios, padrinos, portadores de los anillos y hasta de los invitados que habían logrado llegar a la iglesia, a pesar de la escasez de transporte.

     Los novios, pocos minutos antes, se habían bajado de los carros que los transportaban, cedidos por amigos que, enterados del grave problema en la ciudad para movilizarse, habían llegado para salvar el problema. La novia, muy hermosa, elegante en su atuendo, había sido conducida en un automóvil del novel político liberal José Name Terán a ruegos de su sobrino Rafael, el mejor amigo de la pareja y quien era el padrino principal de los contrayentes, pues desde la Universidad habían conformado una ‘llavería paisa-costeña’ que todos admiraban.

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     Mejor dicho, que, superados los inconvenientes, el matrimonio, se celebró con los mejores augurios ese 11 de diciembre de 1971.

     Entretanto, después de padecer los estrujones del bus y de los no muy amables compañeros de viaje, luego de salir de la ceremonia nupcial, a Blanquita, Julio Bernal y a Estrellita, les tocó caminar varias cuadras por calles sin pavimentar y colmatadas de arena, con aquellas polleras que de tanto arrastrar por el suelo, llegaron casi marrones a la casa del festín. Al principio, la escena del ya nada elegante bogotano y las damas, con los vestidos hasta el cuello hechos girones, conmovió a los asistentes, pero después entre risas y los tragos de Carlos, el suegro dicharachero, los ratos amargos pasaron, se diluyó la desilusión y la noche fue una fiesta, con la música que se había contratado y las picadas preparadas por las dos suegras felices, Ana Cecilia y Ana Inés.

     Entre frías y wiskachos, entre música y canciones, contaban los invitados que les había sido difícil cumplir con el compromiso. La ciudad, en ese día, parecía más tranquila que nunca. Particularmente, se notaba la no presencia de taxis. Hasta el novio, que a la sazón trabajaba en un noticiero radial, 

desconocía que, ante una medida del director de tránsito, los choferes del indispensable servicio se habían declarado en huelga. Algo inusitado e inesperado en Barranquilla. El funcionario de marras les obligaba a instalar medidor para las carreras, es decir que, en vez de convenir el precio de cada viaje, como era costumbre, una máquina diría el costo de cada servicio. Eso en Barranquilla era como convenir el precio de la motilada con el peluquero del barrio.

     El proceder del señor Álvaro Llinás parecía obedecer a contener algunas arbitrariedades de los conductores, que se extralimitaban en el costo de las carreras, sobre todo si se trataba de acarrear turistas gringos entre el Aeropuerto y el Hotel El Prado. Pero entre la bacanería de los usuarios y el sentir de los choferes, el tal taxímetro fue rechazado 

de manera general.

     El caso es que el paro duró hasta el lunes. Fue la primera huelga de taxistas en la localidad y no se recordaría, sino fuera por los hechos relatados y porque al otro día los novios, arrastrando las maletas por las calles arenosas, se fueron a tomar el bus de Delicias hasta La Paz con el Paseo de Bolívar, para irse a pie por el Camellón hasta Transportes Brasilia.

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     Por fortuna, Rufino Chacón Jr., propietario de la miscelánea ‘El otro mundo’, ubicada en La Paz con San Blas, y quien había participado de la fiesta, reprochó a José Joaquín que no le hubiera pedido el favor para llevarlo hasta la estación. Subió las maletas a su jeep rojo y entre risas y mamadera de gallo, dejó a los novios al pie de la buseta que iba para Cartagena. Así empezaban, la luna de miel. Ahora solo faltaría que, en ‘El corralito de piedra’, hubiese una huelga de cocheros.

     Cuarenta y tres años después, las huelgas de taxis son pan de cada día y los cocheros, matando a sus caballitos de tanto trotar por sus callecitas empedradas.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES