La imaginación es, por lo pronto, una de las facultades más maravillosas del hombre que, no obstante, no se puede enseñar ─al menos en la escuela convencional─ y pocas veces practicar en la vida cotidiana. Pero vive como el pirata, en las inmediaciones de la vida cotidiana, surcando sus puertos, siempre dispuesta a asaltar las ciudadelas de la vida. Pero una y otra vez, ha sido expulsada, desde los tiempos de la republica de Platón. Pero paradójicamente, se acude a ella, cuando la costra de la vida acostumbrada se ha secado, perdiendo brillo y luminosidad. Es, entonces, cuando la contratan a prestar un servicio por debajo de cuerda, como hacen con los mercenarios, en top - secret.

     En la cultura occidental nos acostumbramos a pensar que existe un correlato directo entre teoría y práctica, entre pensamiento y realidad, cuando, en realidad, lo que existe es un abismo, un trecho entre lo uno y lo otro. Ese trecho difícilmente puede visualizarse sin el concurso de la imaginación, en tanto que contiene un ‘alma secreta’ que palpita,

presentimos, pero no vemos. Imaginar es, entonces, un salto al vacío, que busca “aliviar la crisis”, creando otras crisis. Lo convencional, académico, científico o político, gusta de lo primero, pero no de lo segundo. Y esto es así, porque “todo tiene un alma secreta, todo puede ser visto desde ángulos distintos. Para un filósofo, el ser es huidizo, está siempre llegando a ser, dejando de ser. La realidad está siempre transmutándose”, fue lo que columbró Heráclito, que tenía fascinación por el fuego. Se dio cuenta de que el fuego, metafóricamente, consume y alumbra, destruye y crea, extingue y preanuncia. Esa naturaleza ambivalente es propia de toda ‘realidad’. Si nadie se baña dos veces con las mismas aguas del rio, es porque el bañista ─incluido su vestido de baño─, tampoco es el mismo. Por 

eso, no hay nada más falso que aquellas postales entre enamorados con dibujos de carita feliz que decían: “Nunca cambies, siempre sigue así”. Cierto es que no hay cambio sin permanencia y esto lo podemos apreciar en un compañero que no vemos hace treinta o cuarenta años: algo permanece en su rostro, pero no es el mismo.

     Más aun, para el psicoanálisis, la realidad es algo que estamos a punto de perder continuamente, porque la realidad no es un dato, algo que nosotros podamos constatar por medio de los órganos de los sentidos, porque “nos podemos enloquecer sin enceguecernos, y nos podemos enceguecer sin enloquecernos”. La realidad no es un regalito que nos dan para disfrutar, ni es un invento que alguien saca por debajo de la manga, es más bien una construcción del orden simbólico con el imaginario, y si no se logra esa organización, no tenemos ninguna realidad, sino un delirio.

     Cuando en la escuela primaria nos ponían a leer la cartilla nacho o la de coquito, nos dieron el ideal del yo, que es el niño de cartilla, el niño bueno, donde se niega todo lo que es pasión y deseo, violencia y tensión; allí todo es perfecto, no hay clases sociales, no hay ladrones, ni corruptos; el policía es un angelito vestido de verde, que ayuda a los niños y los ancianos a que pasen la calle ─no se parece en nada al Esmad─, allí todo el mundo es alegre y

y perfecto. Eso es ‘ideal del yo’, es decir, aquella figura u orden que siempre quisiéramos fuera aprobada, que es la figura que siempre los padres quisieran para sus hijos. Pero resulta que todos, desde niños, estamos habitados por ‘el yo ideal’, que es aquella parte imaginaria de hacer lo que a nosotros nos prohíben. En el primer caso, estamos en la aprobación y en el segundo en la prohibición. En el cristianismo, lo primero se llama Dios y lo segundo es el Diablo. Por eso decimos que “el diablo es puerco, porque es el tentador”, mientras que Dios es el prohibidor, pero   nos protege.

     En realidad, somos las dos cosas a la vez, lo

que los otros quieren que seamos y lo que nosotros desearíamos ser, y ambas son claves en la construcción de la realidad. Por eso, la realidad es algo complicado y delicado, porque se mece como la hamaca para uno y el otro lado.

     El tuerto López ─que de tuerto no tenía nada, pues veía mejor por el ojo malo, que por el bueno─ decía “nada gano y poco pierdo con ser cuerdo, lo mejor es volverse loco”. Tal vez se refería a que en este mundo hay gente, que no ha perdido el don de la vista, pero si el don de la realidad. Al contrario, hay gente que habiendo perdido el don de la vista no pierde el don de la realidad. Cuando Leandro Díaz, dice que “cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”, la estaba pintando con los ojos del alma.  Eso me recuerda a un amigo pintor, que pintaba a las muchachas y cuando les ofrecía el retrato y alguna decía “pero, maestro, esta no soy Yo”, contestaba irónicamente, “bueno si quiere ser usted, entonces tómese una foto y ya está, yo en cambio, la estoy pintando como artista”.

     Hace un tiempo, en los finales de la década de los noventa, escribí un artículo en la prensa samaria que se llamó, ‘El tren de la cultura’, la idea era reivindicar aquel tren histórico que llegaba desde Bogotá y otras partes a Santa Marta, como orgullo de la Nación, destruido por intereses económicos mezquinos. La propuesta consistía en recorrer en dos vagones desde Santa Marta hasta Aracataca, la Zona Bananera, y hacerle un homenaje al tren de los buenos tiempos, montando en ellos a representantes de las fuerzas vivas de la región: políticos, empresarios, pintores que pintaran en cada parada, poetas que declamaran en cada estación, cantores que cantaran a lo largo del paisaje, etc... Para sorpresa mía, cinco años después, al que montaron fue al Gabo, en aquel tren amarillo, haciéndole el mismo recorrido con la misma idea. Pero no le llamaron ‘El tren de la cultura’, sino ‘el tren de cercanías’. Eso no se lo habían imaginado, pero al menos a algún funcionario le sonó la idea, afortunadamente, para homenajear al nobel. Por eso estoy convencido de que la imaginación crea realidades distintas a la acostumbrada, aunque no les reconozcan créditos después. Siempre se le ha tildado como “la loca del paseo” pero lo cierto, es que sin una loca como esa, la vida sería aburridora, monótona y repetida.