“Las bananeras es tal vez el recuerdo más antiguo que tengo”, dijo en una entrevista a Eduardo Posada Carbó, Gabriel García Márquez, quizás, como en Cien años de soledad o en Vivir para contarla, una de las tantas de sus alusiones a los trágicos acontecimientos de la noche oscura, del tableteo de los fusiles, entre el 5 y 6 de diciembre de 1928. 90 años después de estos días nefastos, aún la represión y masacre de Las Bananeras sigue impune. Hasta parece mentira, pero ni siquiera la envejecida y cada vez menor dirigencia sindical actual, aún no puede ponerse de acuerdo para una declaración común por el trabajo decente, la pobre traducción del trabajo digno.

     La insubordinación comenzó con la organización incipiente de los trabajadores por las condiciones indignas de trabajo, en medio de un convulsionado país, de bayonetas al hombro, de violencia oficial más crisis económica, cuando los yankees le habían cortado el chorro de los préstamos a Colombia, desde el pago del famoso “Yo tomé a Panamá” de Roosevelt, que después sería inmortalizada, con la obra I took Panamá, por el teatro experimental colombiano. 

     El 12 de noviembre de finales de la década de los gloriosos años veinte, empieza una de las primeras huelgas, exigiendo garantías y mejores condiciones de trabaj, en las plantaciones de guineo o de banano, cuando, entre otros, Mahecha, ‘La flor del trabajo’ María Cano, del Río, Guerrero, Serrano y Coronel dirigían la “cuadrilla de malhechores” o más bien trabajadores defendiendo su dignidad y reivindicando sus derechos, en medio de las tensiones de la época, de los arrestos masivos, de los despidos arbitrarios, del despliegue militar, con ley marcial incluida, que se concreta en la matanza de la Plaza de Ciénaga, y en la persecución en caliente, durante los siguientes días, para dispersar a la movilización y cazar a los reductos de los trabajadores o “esclavos en rebelión”, como los denominó Ignacio Torres, que, también, en aquella vez, como ahora lo hace el Fiscal, los llamaron conspiradores, después en los consejos de guerra,

en los que condenaron a los pocos sobrevivientes y testigos de la masacre.

     Hoy, como en el doble pensar de Orwell o en la razón de la sinrazón de El Quijote de Cervantes, construyen un nuevo relato de las bananeras, reescrita por los que se creen vencedores de las violencias, ocultando su existencia, echándole tierra a la memoria histórica de las víctimas, de los que, según ellos, se beneficiaron de las bacanales de la fiebre del banano que, para Gabo, en sus Jirafas, fue la época “cuando los cigarros no se encendían con fósforos sino con billetes de cinco pesos”. 

     Los mismos que para el recuerdo dejarían en la plaza 9 cadáveres, como los puntos del pliego[1], alrededor de los miles de casquillos de, dicen, balas dum dum, de la tragedia anunciada, cuando, a los que llamaron aves de mal agüero, empezaron a caminar por la Plaza, por la estación del tren, por las puertas de las fincas, para gritar: ─Dieron orden de disparar, huyan─ y les contestaban los Juan Sin Miedo: ─Nosotros no huimos como los cobardes. ─El gobernador no va a venir… ¡los van a traicionar!, le ripostaban: ─Cállate, vendido; o les suplicaban: ─¡Compañeros retírense! ¡Nos van abalear!, y lo señalaban los mismos que vociferaban ─¡Viva la huelga!, ¡Viva Colombia!, mientras 

caían muertos en la Plaza; o como cuando Macondo empieza a parecerse a Cómala, en el taller de orfebrería de la casa, cuando José Arcadio Segundo, en su ditirambo, empieza su relato, a partir del grito de la dignidad latinoamericana: ─¡Cabrones! Les regalamos el minuto que falta─, que se repite en La Casa Grande y en la obra del teatro La Candelaria, Los Soldados; o cuando los sobrevivientes de las bananeras dejaban su testimonio, muchos años después, mientras mostraban 

los agujeros de las metralletas, debajo de sus hombros, que a los muertos los arrojaban a una fosa común que estaba detrás de la alcaldía; o recordaban asustados que los soldados iban de finca en finca, que no había donde esconderse, que los cazaban como a patos, de espaldas, con los brazos arriba; que había sido una carnicería, que habían acoplado cien vagones de la locomotora para llevar a los subalternos, a los que la historia ha invisibilizado, a la leyenda de los más de 3.000 muertos, que tirarían al mar, como si fueran banano de rechazo.

     Leyenda que, como diría García Márquez desde cuando pasó la verde tempestad del banano, ahora, en las barriadas de Ciénaga, los jóvenes llenos de tatuajes, piercings, barbas y peinados desvanecidos, con camisetas esqueletos, ceñidas casi a sus huesos, que imitan de una manera cursi el acento boricua y anhelan comprar una moto a crédito de pago diario ─que termina por costarles tres veces más─ y grabar canciones de reguetón, se burlan de 

quien diga que en La Plaza de Los Mártires murieron todos estos trabajadores heroicos y les importa más el cuento del tamaño del miembro de la escultura del maestro Rodrigo Arenas Betancourt, que su símbolo de resistencia bananera.

     La huelga fracasó, se llevó de lastre el naciente Partido Socialista Revolucionario, hizo grande a Jorge Eliecer Gaitán en sus debates del 3 y 19 de

septiembre de 1929, dividió a los conservadores hasta finiquitar casi medio siglo de hegemonía goda, con Miguel Abadía Méndez, quien en recompensa, después de hacerle el mandado a las élites y al enclave de la United Fruit Company, le pagó al gobernador militar Cortes Vargas, nombrándolo Director Nacional de la Policía, al pacificador de las bananeras, como el tristemente célebre Rito Alejo del Rio, en El Urabá; por algo Marx dijo que la historia se repite, dos veces: La primera como tragedia, la segunda como farsa; y que, después, permitió la llegada al poder de la Concentración Liberal con Enrique Alfredo Olaya Herrera en 1930; todo eso existió en tu cara Mafe Cabal y nos avergüenza, no es un mito histórico, ni se puede ocultar; sin embargo, todavía guardamos la esperanza de que mejores tiempos vendrán, así en el caribe la realidad supere a la ficción, porque aún hoy, casi un siglo después, sigue vivo el recuerdo de los caídos, y nunca morirá.

 

 

 

[1] 1. Seguro colectivo obligatorio; 2. Reparación por accidentes de trabajo; 3. Habitaciones higiénicas y descanso dominical; 4. Aumento en 50% de los jornales de los empleados que ganaban menos de 100 pesos mensuales; 5. Supresión de los comisariatos; 6. Cesación de préstamos por medio de vales; 7. Pago semanal; 8. Abolición del sistema de contratista; y 9. Mejor servicio hospitalario.

RICARDO VILLA SÁNCHEZ

@rvillasanchez

Ciénaga, 5 de diciembre de 2018.