Desde 1854 los colombianos celebramos, el 7 de diciembre ‘La noche de las velitas’ con especial esmero. En Barranquilla son famosas, pero a la madrugada del 8, las calles alumbradas con millones de lamparillas, en el Eje Cafetero son majestuosos los arcos con iluminaciones que ocasionan que visitantes y propios capten con sus celulares miles de fotos, en Medellín su río es engalanado con una luminaria espectacular, lo mismo sucede en Santiago de Cali, Bogotá, Cúcuta, Bucaramanga, Tunja y en cada rincón de la geografía nacional.

     Decenas de multicolores faroles se alumbran y hacia las siete de la noche, todo el país está prendido con una inusual alegría. No importan los videos subrepticios, las escasas alzas salariales, la desigualdad económica, las peleas políticas, ni los trancones bogotanos. Y hablando de trancones, nos cuentan que desde la estación ‘Calle 187’ hasta la de ‘Las aguas’ demoró tres horas un articulado de Transmilenio la tarde-noche de este último 7 de diciembre, cuando lo normal es una hora. Razón para que la programación de esos amigos en el sentido de encender velitas Monserrate arriba, dio al traste. Tomaron el servicio a las 5:30 pm y se apearon del mismo a las 8:35 pm.

     La de la noche del 7 de diciembre es una fiesta de los adultos para los pequeños. A los grandes les encanta ver gozar a los pequeños. Esos serán sus recuerdos cuando sean mayores.

     Mientras los niños corretean de un lado a otro observando cada movimiento de los mayores por llevarlos al máximo de una entretención de luces —adquiridas desde días anteriores para prenderlas con ellos y contarles historias de abuelos— en otros lugares los hermanos, tíos, primos se ha reunido para degustar un ajiaco, un sancocho, un tamal o unas cuantas empanadas. No faltan los buñuelos y las natillas, un buen aguardiente o un ron añejo.

     Antes se prendían los equipos de sonido y se ponían los elepés con canciones de antaño, ahora simplemente se conectan a YouTube y comienza a sonar la primera canción. La de la venezolana Tania, que con su caliente voz entona: “Con mi botellita de ron salgo a parrandear/Con mi botellita de ron salgo a parrandear/ Agarro mi cuatrico compay y me voy a gozar nada más/ Agarro mi cuatrico compay

y me voy a gozar nada más/ Son para gozarlas, estas navidades/ Son para gozarlas, estas navidades porque el año que viene se acaban los pesares/ porque el año que viene se acaban los pesares”.

     Otros más recordarán a sus progenitores y a parientes que alegraban esa inolvidable noche con pólvora, cuentos, cantos o miles de historias, leyendas o simplemente los consabidos chistes. Es el comienzo de la nostalgia navideña, la que hace reír y llorar al mismo tiempo.

     Desde 1995 se escucha también el tema de Kike Santander, interpretado por la magistral Gloria Estefan: “Farolitos en el cielo poco a poco van naciendo/ Farolitos en el cielo poco a poco van naciendo/ Como nace el sentimiento por las calles de mi pueblo/ Como nace el sentimiento por las calles de mi pueblo”.

     Es la fiesta de los colombianos, inspirada en un festejo en honor a la Inmaculada Concepción.

     Todo comenzó con la promulgación de la bula Ineffabilis Deus, emitida en 1854 por el Papa Pío IX y donde afirma que la Virgen María fue concebida sin pecado original. Ese día los católicos de todo el mundo encendieron velas y

antorchas para celebrar este acontecimiento y el hecho comenzó a arraigarse y se arraigó como tradición.

     Hubo una época en la cual se hacían luminarias con madera que alcanzaban varios metros de altura, pero las recomendaciones ecológicas fueron acabando con esta tradición. También fueron famosas las encendidas de globos, pero los incendios no se dejaban esperar y en algunas ciudades alcanzaron a quemar miles de neumáticos, pero los daños pulmonares dieron al piso con esta trágica manera de celebrar.

     De todas maneras, la forma de festejar con un buen lechón, unos tamales tolimenses, unas arepas santandereanas, unos pasteles cartageneros, unos chorizos de Santa Rosa, unos indios de Sotaquirá, unas empanadas de pipián o una frijolada paisa nunca se acabará.

     Mientras se prenden las velas, se refresca la garganta y se canta a todo pulmón: “Navidad que vuelve/ tradición del año/ unos van alegres/ y otros van llorando/ Hay quien tiene todo/ todo lo que quiere/ y sus navidades/ siempre son alegres/ hay otros muy pobres/ que no tienen nada/ son los que prefieren/ que nunca llegara…”

     No llore compañero, simplemente festeje y dele un abrazo a la cucha y si no está, haga una oración y acuérdese cuando le jalaba las orejas.

     Aquella tarde decembrina apareció Eduard Forero —un programador y moledor de música en una discoteca de Cogua, Cundinamarca— en Ganahoy, el sitio de mayor venta de chance de Zipaquirá.

     Al verlo, Marquitos Gil —el vendedor estrella de los números de la suerte— le preguntó: “Joven, ¿qué canción está de moda ahora?”. El desprevenido diyey le respondió: “Hay varias: ‘Baby’ de Maluma, ‘Clandestino’ de Shakira y ‘Mi cama’ de J Balbin”.

     —¿Y sí pone música de Julio Erazo? —le interrogó el manizalita.

     “¿Julio Erazo?, ¿Quién es él?”.

     —Vea pues….¿Cómo va ser buen programador de una discoteca si no sabe quién es Julio Erazo?, le replicaron Rafael Forero, su cuñado Germán, el profesor Efraín, don Jorge García, el ingeniero Yepes, el sabio William García, don Héctor Julio Guativa, Luis el boticario, el médico Germán Gutiérrez, el consultor Pedro Ortiz, el concejal Alberto Gualteros, el abogado Augusto Moreno, el taxista Javier Pérez, los exalcaldes Marcos Mora y Marco Tulio Sánchez y otros tres personajes… Casi le pegan al pobre muchacho.

     “!Es el compositor más grande que ha dado Colombia!”, le gritaron.

     “¡Explíquenme entonces…!”, les contestó asustado.

     —Mire, vaya y traiga una botella litro de ron y por cada éxito que le pongamos y que usted haya escuchado, “nosotros nos tomamos dos tragos y usted, refresca su mente con sabiduría y se bebe, uno”.

     El muchacho salió corriendo para la licorera y regresó con una de Ron Viejo de Caldas y unos pasabocas.

     —¿Ha oído este? —le preguntó Marcos mientras le hacía sonar un tema interpretada por el Cuarteto Imperial. Adiós, adiós corazón/ adiós, adiós mi ilusión/ Esta noche me recuerda, la noche que me quisiste/ Que tantos besos te di/ que tantos besos me diste/ después ya nunca te vi, y me quedé solo y triste… Esa canción es de 

Julio Erazo.

     El joven libó su copa mientras miraba a sus acompañantes cómo se despachaban dos traguitos.

     Le hicieron sonar otra: “La mujer que tengo, se pone celosa y guapa/ porque yo compongo/canciones pa' las muchachas/ Por ejemplo ahora/ conmigo se ha puesto brava/ porque yo compuse/ un paseo para Rosalba”… Esta es con Alejo Durán.

     Eduard asintió y se bebió su roncito, mientras miraba de reojo a sus acompañantes que se despachaban dos copitas del elíxir de los dioses.

     “Le cuento”, dijo Marco Tulio, hincha de Santa Fe y viejo zorro de la política, “el maestro vive en Guamal, Magdalena, y quien fuera proyeccionista de cine, enfermero, maestro de escuela y padre de Julio, Elides, Ignacio, Sata y Betty escribió esta canción: “Hace un mes que no te miro/ hace un mes que no te abrazo/ hace un mes que no

te miro/ hace un mes que no te abrazo/ hace un mes que no suspiro/ apretado entre tus brazos/ hace un mes que no suspiro/ apretado entre tus brazos”.

     “Claro”, dijo el diyey novato y sus compañeros ajustaron sus dos tragos, cada uno.

     El profesor Efraín, viejo curtido en disciplina y conducta, le comentó: “Esta canción la cantaron muchos artistas, pero se conoce en la voz de Alejo Durán: “Tengo pena con compadre Chemo/ tengo pena porque yo no fui/ a esa fiesta de ese 2 de enero/ y con tanto que le prometí/… Me perdona, pero fue que yo/ el día primero pa' saca el guayabo…”

     “Sí la he oído”, respondió quedamente el muchacho, quien vio terminada la primera botella y se fue a la licorera por otro litro. Su ideal era aprender y eso estaba haciendo. No tendría mejores profesores.

     El turno fue para el médico Germán Gutiérrez —con ciertos ideales de izquierda—, pero doctor también en música. “El maestro Julio”, le dijo, “le ha dado canciones a Los Melódicos, La Billo’s Caracas Boys, Los Corraleros de Majagual, Los Hispanos, El Cuarteto Imperial, Pacho Galán, Los Betos, Bovea y sus Vallenatos, Los Teen Agers, Los 50 de Joselito, Los Caballeros del tango, Los Tupamaros, Julio Jaramillo, Gabino Pampini, Rodolfo Aicardi, Jorge Oñate, Pastor López, Alejo Durán, Aníbal Velásquez, Lisandro Meza, Pedro Laza, Ramón Ropaín, Miguel Herrera, Pello Torres, Noel Petro, Daniel Celedón, Juan Piña, Alfredo Gutiérrez, Jaime Llano, Silvio Brito, Rolando La Serie, Rubén Darío Salcedo… Centenares de orquestas le tocan sus canciones. Escuche esta: ‘Una vez bailaba yo, con mi novia en el calla'o/ yo bailaba quebradito y ella bailaba pega'o/le apretaba la cintura/ y estaba yo entusiama’o’…”.

     El estudiante no tuvo más remedio que aceptar que le iban ganando. Deglutió y suspiró.

     Los ‘maestros’ le pusieron ‘La pata pelá’, ‘La puya guamalera’, ‘Yo conozco a Claudia’ y paseos, danzones, cumbias, paseaitos, sambapalos, merengues, puyas, pasajes, corridos, rumbones, rancheras, tangos —sobre todo Lejos de ti—, boleros, bambucos, paseboles, guarachas, merecumbés, calipsos, guaguancós, sones, porros y hasta gogós compuestos por el maestro Julio Erazo, mientras Eduard aprendía e iba por más botellas. ¡Estaba en la universidad de la música!

     A las ocho de la noche, Marcos, para terminar la lección, le puso ‘Adonay’, uno de los grandes éxitos de todos los tiempos, interpretada por Rodolfo Aicardi: “Adonay, por qué te casaste Adonay/Adonay por qué no esperaste mi amor/Adonay por ti se forjó mi pasión/ por ti corre siempre veloz, la sangre de mi corazón/ ¿Por qué te casaste Adonay? / y no me esperaste Adonay/ te sigo queriendo Adonay, te iré persiguiendo”.

     Mientras culminaba la octava botella, el aprendiz preguntó con la lengua trabada y mucho de ingenuidad: “Bueno, ¡hic! ¿Y por qué se casó Adonay?”.

     —Venga mañana y le contamos la verdad, pero traiga un litro de ron porque la historia es larga.

     El muchacho se fue feliz para la casa. ¡Cuánto había aprendido aquella tarde decembrina!

     Los paramédicos abren la ambulancia y sacan a toda velocidad una camilla con una paciente que se queja por el malestar en sus piernas: ha sufrido un accidente automovilístico. De inmediato una auxiliar recopila los datos básicos y la envía con una doctora que observa la situación y la remite para una sala, deben inyectarle suero y algo para aliviar el dolor. “Toca hacer radiografías”, dice la médica.

     Minutos después llega otro paciente que se tiende en el suelo y se retuerce.

     —¿Su nombre? —le pregunta un joven médico.

     “Pedro Castañeda”.

     —¿Qué tiene?

     “No puedo orinar”.

     —¿Desde cuándo?

     “Llevo dos días así”.

     —Bueno, vamos a revisarlo y alistarle una sonda.

     Una madre llega con su pequeña hija que tiene fiebre y está vomitando. “Ya la revisamos”, le contesta una enfermera, mientras le toma la temperatura y le analiza algunos signos vitales.

     Un taxista avisa que tiene un dolor en la espalda muy fuerte y que siente mucho mareo.

     —¿Ha sido operado?

     “Si doctora”.

     —¿Qué le hicieron?

     “Me sacaron la vesícula y una gran cantidad de cálculos”.

     —Vamos a hacerle una resonancia.

     Una dama está con una señora de mayor edad.

     —¿Qué le sucede?

     “Sufre de Parkinson y cuando viene a Bogotá se le incrementa su padecimiento”.

     —Bueno, ya buscamos a un neurólogo.

     Son aproximadamente 70 casos los que se presentan de diferentes formas en la sala de Urgencias de la Fundación Cardioinfantil de Bogotá. Pareciera que los galenos estuvieran de acuerdo con Voltaire que decía que “el arte de la medicina consiste en mantener al paciente en buen estado de ánimo mientras la naturaleza le va curando”. Pero con sonreír no es suficiente, es necesario apresurarse para buscar la mejor solución posible para sacarlo en el menor tiempo posible de la sala de urgencias. Es una guerra contra la muerte.

     La escena se puede repetir en cualquiera de los hospitales del país agregando casos de todo tipo de violencia o de malestares.

     Este reciente 3 de diciembre, se celebró el Día del Médico.

     En el Congreso de la Organización Panamericana de la Salud que se cumplió en 1953 en Dallas, Texas, se determinó que cada año se celebraría el Día del Médico en homenaje al galeno cubano Carlos Finlay, nacido el 3 de diciembre de 1833 y quiem descubrió el papel del mosquito trasmisor de la fiebre amarilla.

     El doctor Finlay determinó que había enfermedades causadas por agentes biológicos como el mosquito Aedes Aegypti que transmite la fiebre amarilla o vómito negro y que causa la muerte a miles de personas en áreas subtropicales y tropicales en Suramérica y África, principalmente. 

     Aunque su teoría y estudios eran exitosos, los gobiernos no le prestaban atención y por más de 20 años el doctor Finlay luchó para ser oído.

     El médico militar William Crawford Gorgas le escuchó y aceptó probar su metodología que consistía en atacar a los mosquitos y apartar a los enfermos. Al poco tiempo, Cuba ya no tenía fiebre amarilla.

     Otra prueba fuerte que tuvo el doctor Finlay fue cuando le llevaron a Panamá para combatir la fiebre amarilla que no permitía la construcción del canal. Se calcula que en esa megaobra laboraron unas 75 mil personas de las cuales unas 30 mil perdieron la vida por accidentes, mordeduras de serpientes, enfermedades tropicales, malaria, pero sobre todo por fiebre amarilla.

     Una placa reconoce en el propio Canal de Panamá el trabajo realizado por el médico Carlos J. Finlay en el éxito de la obra.

     A pesar de su enorme trabajo en beneficio de la humanidad y de ser nominado en siete ocasiones para recibir el Premio Nobel en Fisiología y Medicina, nunca resultó ganador.

     Sin embargo, él seguía atendiendo a sus pacientes, muchas veces sin dinero porque su vida fue una guerra médica contra la muerte.

     Así son los médicos. Con una Semana D, saludamos a todos los médicos de Colombia y el mundo y les feliz día, todos los días.