Por Jose Joaquín Rincón Chaves

     Aun cuando la presión de las gentes por los servicios públicos había cesado, el vecindario no escatimaba oportunidades para llevar alguna queja o petición a nuestra casita de La Floresta. Hasta las campañas políticas, eran motivo para turbar la tranquilidad del hogar que ahora tenía una nueva habitante: Leticia.

     Hubo necesidad de reacondicionar la casa. Para la segunda habitación se trasladó la cama de José Joaquín Junior y en la tercera habitación que era la más grande, se ubicaron mis padres, mi hermano Pedro Antonio y mi primer hijo José Rafael, un poco apretados, lo que nos obligaba a pensar en mudarnos para un lugar más amplio. Cuando se conoció el plan, porque en este mundo de Dios no hay nada oculto, los vecinos pensaron que era por la presión que ejercían y tuvimos que convencerlos de que se trataba de una medida urgente y necesaria y de una oportunidad que no podíamos dejar escapar.

Aluminio Reynolds, en su épocas de solidez industrial, en cercanías del barrio La Floresta, donde se desarrolla parte de esta historia.

     A la sazón, Pedro Antonio, que había dejado de estudiar en el colegio Carlos Meisel cuando cursaba 4° año de bachillerato, era trabajador de Aluminio Reynolds en donde Rafael Uribe, que fungía como Jefe de Personal, le había conseguido una ‘chamba’. La fábrica quedaba cerca del barrio La Floresta por lo que no había mayor problema para el transporte pues la empresa de buses que cubría el sector había trazado su nueva ruta hasta la calle 80. Como a mi hermanito menor le encantaba el fútbol, se hizo parte del equipo de la sección en donde prestaba sus servicios a la empresa, en el puesto menos agradable: el de arquero.

     En cierta ocasión, nos invitó para que le viéramos jugar en un partido en el cual se iba a disputar el campeonato interno. Mis padres acudieron con su mejor pinta deportiva y hasta los niños asistieron al promocionado encuentro. Maritza, se había quedado en casa cuidando a Leticia. El partido estaba muy disputado, hasta cuando un patadura del cuadro rival, se le dio por cobrar un tiro libre como de treinta y cinco metros de distancia. La expectativa era muy grande. El árbitro autorizó el cobro con un tremendo silbatazo y la bola tomo tal velocidad, que mi hermano no pudo detener el esférico, que le dobló las manos y se fue al fondo de la red.

     La bulla fue enorme por parte de las barras. Las del equipo que había metido el gol, cargando en hombros al afortunado cañonero. Y las porras que antes cantaban los del conjunto de mi hermanito, se convirtieron en unas mentadas de madre tan escandalosas, que tuvimos que retirarnos de las tribunas todos apesadumbrados y con mi pobre madrecita, roja de la pena. Pedro, ni se atrevió a llegar a la casa. Se apareció al otro día, con la carta de renuncia en la mano. Rafael Uribe trató de disuadirlo, pero fue inútil, el hombre no quiso regresar a su trabajo y a mí, me toco, tratar de ubicarlo en otra labor.

     Afortunadamente, una recomendación para la Empresa de Teléfonos sirvió para que ingresara como operario en esa compañía, en donde además de trabajar de instalador, prometió que “no haría parte de ningún cuadro de ningún deporte” y que su único equipo sería el de la cuadrilla de instaladores a la que se había incorporado en esa compañía.

     Bajo estas circunstancias, nos enteramos de que, por los lados del barrio Viejo Prado, en las instalaciones en donde había funcionado la Universidad Libre, se construían unos edificios de apartamentos con la financiación del Banco Central Hipotecario, mediante el sistema de ahorro con esa entidad. En razón de mi cargo, conocía al gerente González Ordoñez por haberlo visto en alguna de las juntas municipales a las cuales me correspondía asistir.

     Nos informamos bien del plan de vivienda y consultados nuestros estados financieros con la tesorera de casa, doña Maritza del Socorro García Martínez, decidimos invertir en un nuevo techo. Los planes de construcción estaban bien adelantados. Visitamos los edificios en obra negra y nos gustó la distribución de habitaciones y demás comodidades de la vivienda y su ubicación en uno de los sectores más bonitos de la ciudad. En la calle 66 con la carrera 50, séptimo piso, apartamento 702 de la Torre B, cerca del edificio de Bellas Artes.

     Pagamos la cuota inicial y quedamos con cuotas moderadas mensuales que de inmediato, se empezaron a amortizar en el Banco Central Hipotecario, gerenciado por el doctor Rodrigo González Ordoñez, para lo cual se firmó el respectivo contrato ante el Notario Quinto del Circuito de Barranquilla, Roberto Hernández Rodríguez, quien casualmente había sido mi profesor de la materia en la Universidad del Atlántico.

     Cada semana, pasábamos por el nuevo proyecto de vivienda y conversábamos con los ingenieros constructores Toño Domínguez y Alberto Saieh, quienes nos enteraban de los avances de obra y quienes nos informaron que, por recomendaciones de los calculistas, había sido necesario reforzar algunas de las columnas de las edificaciones. Eran precauciones que se habían adoptado luego del derrumbe de las torres que se levantaban para el Hotel del Prado. Esto, retrasó la entrega del inmueble para finales del mes de junio.

Pintura de Julio César Turba Ayala, cuando era presidente de Colombia.

     La entrega del nuevo inmueble, conjuntamente con la inauguración del edificio se produjo para finales de junio de 1980. Un hecho curioso marcó la recepción de los nuevos propietarios de sus apartamentos: la presencia del presidente de la República Julio Cesar Turbay Ayala, quien, en un acto simbólico, cortó la cinta de entrada a la edificación y un pequeño brindis a continuación en el hall principal del conjunto residencial. Por vez primera, todo un mandatario nacional daba por inaugurada una obra de esta naturaleza a pesar de ser de carácter privado. Desde allí, a continuación, se dirigió a las instalaciones del Diario La Libertad, para la iniciación de actividades de este nuevo periódico en la ciudad, que se unía a El Heraldo, Diario del Caribe y al vespertino El Nacional.

     En el plano nacional, se habían producido numerosos hechos que amenazaban la estabilidad del Gobierno. El surgimiento vertiginoso del M-19, anunciado desde hacía bastante tiempo y que logró un impacto internacional con la toma de la Embajada de la República Dominicana. La expedición del Estatuto de Seguridad, que dio lugar al señalamiento y persecución de muchos intelectuales que militaban en la izquierda y cuyo punto más alto, fue el exilio de Gabriel García Márquez, quien temió por su vida. La tensión logró mayor preponderancia, cuando el presidente Turbay Ayala propició el rompimiento de relaciones diplomáticas con Cuba, por su apoyo a los grupos subversivos.

Escena del drama que se vivió con la toma de la Embajada de República Dominicana por parte del M-19, durante el gobierno de Turbay Ayala.

     Para esas calendas, Pedrito estaba enamorado de una chica que había conocido en Aluminios Reynolds y nos anunció sus intenciones de contraer matrimonio. Se llamaba Noris Cifuentes y vivía muy cerca del Colegio Carlos Meisel por el Barrio de la Manga. El matrimonio se realizó un poco después de haber adquirido el apartamento del Edificio CAC y a los pocos días de habernos mudado para el nuevo hogar, lo que hicimos al 1° de julio de 1980. A la boda asistimos en calidad de padrinos y como eran muy populares, realizaron la fiesta en plena calle, para que los invitados se acomodaran mejor. Fue una noche inolvidable con la música que más le agradaba a mi hermano y en medio de un ambiente que siempre recordaré.

     En virtud de la poca capacidad de nuestra casa, Pedro decidió quedarse por lo pronto, viviendo con la familia de Noris, pues la casa de La Floresta había sido dada en arriendo a una señora de Dibulla, que tenía una colmena en el mercado público y a quien le había gustado la propiedad, ya que se le habían hecho algunas reformas en el frente, que la hacían ver diferente a las casas del sector. Entre otras modificaciones, se le había construido una terracita elevada a la entrada, con luces debajo del plafón que, de noche, daba la impresión de estar en el aire. Le encantó tanto, que más o menos al año y medio, nos propuso la compra del inmueble.

     Los ingresos por arrendamiento de la casa, los direccionamos al pago de las cuotas de la hipoteca del nuevo apartamento, en una parte de ese compromiso crediticio, complementado con parte de mis ingresos del salario de Contralor Municipal. Mis padres se trasladaron a vivir con mi hermano Pedro Antonio en una amplia casa que él y Noris, habían alquilado por el barrio de Las Nieves, a donde les íbamos a visitar casi todos los fines de semana. Era una delicia para los niños, pues tenían un amplio patio con árboles frutales para jugar y treparse a sus anchas, como si fuera una finca campestre.

     En cuanto a Barranquilla, el gobierno de Turbay Ayala, le fue propicio, pues muchas de sus obras de desarrollo, se ejecutaron durante su mandato y en razón de la recuperación de las finanzas municipales, se logró participar activamente invirtiendo dineros en su realización y de las cuales, por tener aún la Contraloría Municipal la prevalencia del control previo, fuimos actores importantes, como se verá en el desarrollo de los próximos episodios.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES