Una búsqueda necesaria

Alonso Ramirez Campo

     En ‘La concepcion ambiental de la vida’ (2009), el último libro publicado en vida por el maestro Darío Botero Uribe, frente a la pregunta ¿cómo dar sentido a la vida?, planteo el debate al decir: “Pese a las religiones y a algunas fuerzas políticas que quisiesen hacer creer que ellas tienen aprisionado el sentido de la vida y que si adherimos pueden mostrarnos claramente ese derrotero, este no aparece por parte alguna. Solo para un místico o un fanático, la Religión o la política ocupan todo el horizonte que es dable concebir. Las religiones se ocupan del mas allá y la Política de las relaciones entre el Estado y los ciudadanos; dejan por fuera la dimensión humana fundamental”.

     Si dejamos a un lado estas dos categorías que convencionalmente han configurado profesiones u oficios que gozan aun de prestigio como ser estadista, orador, organizador, líder, sacerdote y otras afines, la dimensión humana no está allí comprendida, al menos en su totalidad, como el talento creativo, la imaginación, la sensibilidad, la amistad, el amor, la lectura, la escritura, el homo ludens y mucho más.

     Digamos por ahora, en términos filosóficos sencillos, que el sentido es un querer de algo, el sentido de una estrofa es lo que quiere decir, el sentido de una señal es lo que quiere indicar, sea una dirección o un peligro que quiere advertir… El sentido de un objeto es aquello para lo que quiere servir —un cuchillo, por ejemplo, sirve para cortar la carne o para matar al contrincante—; el sentido de una obra de arte es lo que quiere expresar su autor, la insatisfacción ante lo real, una ilusión de lo real;  el sentido de una escuela es lo que quiere conseguirse por medio de ella, tener a los niños encerrados y aburridos o que aprendan a ser alegres en su creatividad..

     En cualquier caso, la clave del sentido es la intención que lo acompaña… Los símbolos, las obras de arte, las instituciones, las conductas están llenas del sentido que les conceden nuestras intenciones. Allí, donde no hay vida humana, no hay intencionalidad, un terremoto o una inundación se pueden explicar por sus causas, pero no comprender por su intencionalidad, porque no la tienen, como si la tiene una conducta humana. No es cierto que el sol, intencionalmente, salga de día para darnos la posibilidad de trabajar y se esconda de noche para que podamos dormir, pero sí explicar que la tierra gira sobre sí misma y da esa impresión.

     Por eso, no es absurdo pensar que el mundo grande —más allá del mundo humano que habitamos los humanos—, no tenga sentido, porque no hace parte del reino de este mundo. En realidad, la búsqueda de un sentido de vida se preocupa y ocupa de la vida humana y del mundo que habitamos y sufrimos, y la pregunta por su sentido tiene que ver en si valen la pena o no nuestros esfuerzos éticos o si es lo mismo ser un ladrón o un doctor en términos de recompensa en esta vida… O si vale la pena, o no, trabajar honradamente o ser un criminal y si nos espera una recompensa en el más allá o solo la tumba al mismo nivel, como al parecer nos ocurre a todos los mortales.

Por Johan Huizinga – @garbinelarrade – #GadmiFicación

     Pero lo que muestra la experiencia humana es que, aun la vida humana, es decir, nuestro paso por la tierra carece de sentido cuando se comprueba que esa nebulosa de individuos que llamamos “pueblo” es una categoría abstracta que, al tratar de concretar, es una dispersión y confusión de individuos en su mayoría gregarios, que bailan al son que más se toque. Si el sentido tiene que ver con lo que ponemos en el mundo, tendríamos que reconocer que esta civilización, en relación con el entorno, en su quehacer frenético, no ha puesto más que caos y destrucción.

     Esta civilización refleja el interés de cada individuo o grupo, luchando aisladamente por un hacer en el cual no puede reconocerse humanamente, porque no es un hacer subjetivo y comunitario que nos permite reconocernos en el mundo.

     En este sentido, a pesar de que el que tenemos sea ciertamente un mundo hecho por el hombre, no por eso es un mundo construido humanamente y, aunque es un mundo efectuado por el hombre, no es para el hombre.

     Tendríamos que elaborar otras categorías de hombres, más allá de las que han configurado la política y las religiones para acercarnos a la creatividad, a la humanización, a la alegría, al homo ludens, como nuevas posibilidades vitales para cambiar la vida.