Las mil y una noches’ es una historia muy famosa que contiene cuentos tradicionales del Medio Oriente y narra la historia de un Sultán persa que busca la venganza tras la traición de su esposa, hasta que un día conoció a Sherezade.

Por Edgar Awad Virviescas

     Cuando pequeño le robe a un tío periodista el libro ‘Las mil y una noches’. Lo leía por las noches, creía hacerlo a escondidas de mis padres. Al saber que yo descendía de casta libanesa me causaba curiosidad el Medio Oriente, una cultura diferente, con costumbres muy de antaño que soñaba con estudiar y visitar, pensando siempre en el Líbano, el país que vio nacer a don Nazario Amin Awad Galed, mí abuelo paterno.

     Un no sé qué me ocurría: no dormía, abrasado por unos deseos de escribir. Una fuerza extraña que no entendía y hasta creía ¡estar poseído por el espíritu de algún escriba!

     Hace unos diez años, con dedicación y algo temeroso —con mucho pánico— escribí el seriado ‘El monje’: 15 sucesos que mi madre vivió cuando yo solo estaba de seis meses de nacido. Por las noches anotaba redactaba, con algo de terror y la Biblia al lado de la cabecera de la cama. En ocasiones rezaba, como para hacerme acompañar, el Padre Nuestro, pues era una labor en solitario la que realizaba cada noche o a la madrugada, puesto que el tema, nada santo, me cubría de escalofríos.

     Un día compartí el texto con mi hermano David, quien, fascinado, me pregunto quién lo había escrito. ¿Saben? ¡Me reí con ganas! El pobre de mi hermano no tenía ni remota idea de lo que me traía en manos, algo muy simple: ¡Quería ser escritor!

     Pero no era tan fácil cumplir ese sueño.

Vargas Llosa y García Márquez, tiempos de amistad y admiración mutua. Una terminó, la última siguió incólume.

  Sin embargo, Dios me ayudó mucho, dándome no solo dones sino el tiempo y la libertad de crear mis mundos basados en la realidad y en el amor. Con algunas ‘trampas’ que me ilustraban, como las lecturas de escritos en Facebook de José Joaquín Rincón Chaves, algunos apuntes de clases muy importantes que este gran profesor —Jota Jota— me envío y el seguimiento en YouTube a conferencias y entrevistas a Gabriel García Márquez, a Mario Vargas Llosa, a Mario Benedetti y a otros más, la lectura de distintas obras y, lo mejor, la decisión de hacerlo todo con amor, sin importarme el dinero que esclaviza el alma.

Mario Bendetti, escritor, poeta, dramaturgo y periodista uruguayo.

     En esa búsqueda me topé con la página ‘Secretos de Egipto’ y, desde entonces, mi foto de perfil en Facebook fue la máscara de Tutankamón —enchapada en oro y con más de 2500 años de historia y antigüedad— y la mantuve por largo tiempo: era feliz archivando datos y fotos del Egipto antiguo y publicando artículos en esa página. Soñaba con ir de visita a ese país lejano y me imaginaba perdido, escarbando en la arqueología de esa bella ciudad que se llama El Cairo, extraviado por donde no me encontraran, ni tampoco me expulsaran, en el Valle de los Reyes, convencido de que falta por descubrir más tumbas y otros secretos.

     Un día me reía cual loco incorregible y alguien preguntaba en Facebook “¿quién es el de la máscara de Tutankamón que tanto participa en comentarios de Barranquilla, de donde salió?”.  Les intrigaba por el hecho de ocultar mi rostro.

     El 21 de agosto de 2016 falleció mi madre y el dolor removía mis entrañas. Era un luto que me destruía internamente y sin un psiquiatra amigo o en plan de consulta con quien hablar. Me lancé entonces al mar de la escritura para contar la vida de mi madre Consuelito. En la mayoría de los capítulos escribía llorando y cada día que pasaba iba viendo más brillante las noches celestes y mis las figuras de mis padres se posaban bajo el dintel de la puerta de mi habitación: me miraban felices por la labor que desarrollaba, pequeña pero bella. Y a partir de entonces, el desarrollo de mi vida cambió. Aparecieron lentamente los amigos de papá, el primero fue Eduardo Rey Hernández, quien —como unos de los mejores amigos de papá— les conto a otros veinte periodistas que, a partir de ese momento, comenzaron a llenarme de alegría con sus comentarios por la página y por los capítulos de Consuelito.

     Pero un buen día, un señor a quien no había tratado personalmente, me llamó y me preguntó que si podía reproducir lo que yo publicaba en Facebook. Le dije que sí y lo interpreté como una invitación a que escribiera en la revista digital El Muelle Caribe. Desde ese día cambio mi existir y produje más de 15 historias y crónicas que ahora estoy recopilando en tres libros: uno, ‘Consuelito’, y los otros dos: ‘Cuentos y crónicas del peregrino granate’.

     El día de mi primera publicación en la revista, me envolvió una felicidad enorme al ver mi nombre, el apellido AWAD —destacado— y que llevo con el más grande orgullo. Ahora entiendo a don Fernando Awad Blanco cuando leía sus artículos en los medios radiales y me mostraba con mucho jubilo sus impecables textos. 

     El señor que un día me había llamado para pedirme permiso, muy parecido a Piero, era ni más ni menos que el famoso José Orellano, con una vasta experiencia en diarios como El Heraldo, La Libertad y otros medios. Mi vida continuó con la mayor felicidad y las publicaciones que se sucedían me llenaron de vitalidad: me sentí joven en medio de una lluvia de recuerdos y con una idea que me rondaba en la cabeza: hacer de mi sitio en Facebook, un medio dedicado al arte total.

Tutankamón. revestido de oro.

     Un día quedé asombrado al consultar mi nombre en YouTube: muchas de las publicaciones en El Muelle Caribe me describen honrosamente. Esto me hinchó el corazón y me lleno de más interés por escribir, en ocasiones con errores de principiante y buscando el cómo ser compartidor de arte y letras con mucha fe. ¿Saben? ¡Aprendí a caminar sacando pecho, pero conservando mi sencillez!

     Un buen día María Ticas me envío la historia de una obra de arte y luego Adriana María Pérez Olarte, una muy bella artista, entró a formar parte de mis amistades y me conduje por un laberinto con presencia virtual de muchos artistas del arte plástico, todos grandes maestros. Don Ramiro Díaz Romero me fue orientando con unos toques mágicos, como promotor de arte que es…

    Otro día le rogué al escritor y periodista y Licenciado en Leyes José Joaquín Rincón Chaves que me hiciera el favor de ser mi tutor en tan bello arte y él, con nobleza y mucha sencillez, me envía unas clases de varios escritores para que mejorara.

     Pero esto no termina allí. Aunque la máscara de Tutankamón desapareció de mi perfil en Facebook.

     Porque por intermedio de la revista que dirige José Orellano, me contacto con una princesa de la poesía barranquillera Nury Ruiz Bárcenas y con un señor feliz de sus nietos Jaime Romero —columnistas de la revista— y con otros diez o veinte escritores de El Muelle Caribe, que hoy arriba a una meta muy importante: ¡la edición número 200!

     “Meta volante”, como un día lo escribió el director. Un esfuerzo quijotesco de José Orellano luchando como todo un gladiador contra infinidad de problemillas para, cada lunes o martes por un lunes festivo, publicar la revista digital que es pionera en su género en el Caribe y en Colombia.

     Muchos soñaron con esta idea, pero partieron años atrás. Entre ellos conocí a don Roberto Esper Rebaje y también mi padre Fernando Awad Blanco, quien en su lecho de muerte soñaba con tener un computador para editar una revista, sueños que ellos no alcanzaron a cristalizar.

     Hoy, El Muelle Caribe cuenta con fervientes lectores que leen, con mucho interés, notas sobre el Caribe y diversos temas que se originan en regiones dentro y fuera de Colombia.

     Un día, un buen amigo, Félix Mendoza, me escribió y me reclamó una segunda parte de ‘El pájaro loco’, el de Crown Litometal —yo—, universidad de la industria metalmecánica en Barranquilla y donde compartimos grandes y felices momentos con muchos compañeros de mi juventud.

     A la actividad de escribir me unen ahora los recuerdos en torno a Radio Libertad y el periódico La Libertad, organización en la cual mi padre, por muchos años, laboro cómo jefe de redacción del primero y columnista permanente del segundo. A ambos yo los visitaba y, sin darme cuenta, curtía mis manos con los más grandes deseos de escribir, pero el miedo me invadía y era la sombra de ese gran hombre, mi papá, y su rigor para escribir sus crónicas de ‘Hablando con libertad’ en el diario impreso.

     Hoy, desde mi viejo rancho en El Cerro El Venado, envío un abrazo gigante a todos esos titanes que son los periodistas y escritores de El Muelle Caribe y a toda esa dinastía de periodistas y escribas, los Orellano.

     Desde aquí en el Llano los veo y leo con gran admiración y orgullo y con unos deseos inmensos de que mis hijos y nietos tomen esta bella afición de escribir, aunque a veces siento que Dios me tiene comprometido con una misión muy importante a futuro próximo: que, desde sus respectivas profesiones, nos unamos para inventar y fabricar aparatos electrónicos que permitan mejorar la vida de miles de discapacitados. Es uno de mis sueños, el más grande desde mi vida cómo ingeniero.     

     Saben amigos quisiera hablarles de arte y mostrar las más de quinientas obras que guardo en una de las gavetas de mi PC, pero me posesionaría de todo el espacio digital.

     Hoy grito: “¡Que viva El Muelle Caribe, ¡urra!, Jose Orellano y José Francisco y el nieto que tiene pinta de periodista con bella melena y a todos los que forman, junto conmigo, parte de este importante medio”. Sinceramente les envío el más suave y apretado abrazo de admiración.

Jesús Awad Virviescas (Edgar de Jesús Awad Virviescas)
Desde Yopal Casanare 5 de junio de 2019
En la capital mundial de la amistad Colombia.
Que Dios os guarde amigos…