Dos caras y… ahí, ¡la de la Cartagena profunda!

Ilustraciones tomadas del Twitter del ingeniero industrial y profesor universitario  y quien fuera el primer ministro de Medio Ambiente en Colombia Manuel Rodríguez Becerra —mucho sabe él de esto— con un diciente texto que, de algún modo, compagina con el contenido de la nota del periodista cartagenero Eduardo García Martínez publicada en la última edición del periódico ‘La Plaza’, de Cartagena y reciente reaparición y el cual él dirige. La leyenda de las dos fotografías tuiteadas por Rodríguez Becerra dice: “Cartagena es símbolo de la opulencia, el consumismo, la miseria y la destrucción ambiental: lo que Francisco I condena en Laudato SI”. El artículo de García Martínez se reproduce a continuación.

Increíble, pero muchos habitantes de Cartagena no conoce el mar que baña la ciudad, el Caribe.

Por Eduardo García Martínez

     En la Cartagena profunda anidan las necesidades. La gente, sufrida pero gozosa, anhela un cambio significativo en el destino de sus vidas, un timonazo definitivo que encarrile la ciudad hacia un puerto seguro que brinde bienestar. La institucionalidad, el empresariado, la academia, la dirigencia política están en mora de encontrar salidas para las dificultades. Solo unidos se puede superar la hipótesis de las dos Cartagena.

     En los barrios de extramuro el día a día es cada vez más difícil y desde allá Cartagena se advierte como algo lejano porque el bienestar, el progreso, el desarrollo, la historia, la monumentalidad están en otra parte. Hay gente en esos territorios que no conoce el Centro Histórico ni el sector turístico ni las murallas ni siquiera el mar Caribe que llega hasta las playas y que está ahí desde siempre, como viejo testigo de la larga vida de la ciudad.

¿Dónde están los otros?

     En aquellos territorios del olvido viven seres de carne y hueso que claman por oportunidades nuevas. Quieren ser reconocidos y participar en el trabajo colectivo de construcción permanente de la ciudad. “Nosotros también somos Cartagena, Hemos nacido aquí o llegamos de otras partes para buscar mejores cosas pero parece que estamos del otro lado, en el lado equivocado”, me dice el hombre maduro que está frente a mí, descansando un rato para luego seguir su rumbo empujando una carreta llena de cachivaches. Le pido su nombre. “Diga que me llamo Ernesto, es igual que si me llamara Fabio o Felipe, estoy jodido y el nombre no me dará de comer”, dice entre molesto y dolido pero advierte que no es un resentido. “Solo pido un poco de justicia, como todo el mundo por aquí. Yo fui al colegio, estudié pero nunca tuve oportunidades para encontrar un trabajo bueno. Aquí es diferente a por allá”, dice señalando el horizonte donde se advierten altos edificios más allá de la ciénaga inmensa.

La palabra te salva o te condena

     Ahora estoy en La Boquilla, un territorio familiar para mí. El paisaje es diferente al de barrios del suroriente y el suroccidente de la ciudad. El mar está al frente, se respira un aire fresco pero las necesidades son iguales a las del hombre de la carreta. Los boquilleros han sentido cómo el desarrollo inmobiliario se alza casi altanero en sus contornos. Han visto llegar los enormes edificios hasta la entrada misma de su poblado de humildes moradas mientras siguen soñando con ser parte de la Cartagena ganadora, de la ciudad que todo lo tiene y lo disfruta.

     Cuando llega la tarde, la brisa marina cubre con un encanto especial la zona de la playa, donde el viejo Rafael Jiménez filosofa. “La palabra te salva y la palabra te condena”, dice. Mira hacia Cartagena que se pierde entre la bruma y afirma con convicción: “Aquí creemos lo que dicen los políticos cuando vienen a vender sus mentiras. Ya sabemos quién es quién, pero ahora queremos cosas diferentes, estamos cansados de que nos traten sin respeto. ¿Dónde están los otros, los que dicen que todo tiene que hacerse entre todos? La palabra te salva y la palabra te condena”.

     Por encima de la desesperanza, en la Cartagena profunda se anhela una vida distinta a la que ahora se tiene. Cansa la agonía de todas las horas, por eso se busca que la voz que encierra el sufrimiento y la esperanza sea escuchada, que termine el lenguaje de la mentira, la componenda, la conmiseración. Las comunidades tienen viejas y nuevas prácticas de vida y resistencia y los “del otro lado” deben entenderlas para, de verdad, avanzar hacia un bien común cierto, diferente. No lo que ha imperado por tanto tiempo en Cartagena, lo que duele, lo que debe ser vencido. Después de recorrer buena parte de los territorios de extramuros se entiende mucho más el sentido de las palabras del padre Rafael Castillo en sus charlas, oficios religiosos, columnas de opinión. Tenemos que humanizarnos más, convocarnos, respetarnos, colocarnos en los zapatos del otro, no ser tan arrogantes.

Tomado de ‘La Plaza’, de Cartagena, periódico de papel, en blanco y negro y de reciente reaparición: edición 17 en 19 años de existencia.