Mi padre, el Nobel de Aracataca y los teletipos de El Heraldo

   Por centenas salían las letras, una tras otra, de aquella máquina mágica que les relataba a los colombianos del Caribe lo que pasaba en otros sitios del mundo.

   Sólo los periodistas conocían su existencia y a ellos los deslumbraban aquellas parrafadas sin fin que venían de París, Londres, Nueva York, Ciudad de México, Montevideo, Buenos Aires, Roma, Berlín o Moscú,

Porthos Campo Pineda, el padre del autor de la nota, en las instalaciones de El Heraldo. Trabajó con Gabriel García Márquez y, años después, le contó a su hijo la anécdota que da pie a este relato con toque surrealista.

escritas en los télex por otros periodistas de los que solo conocían sus nombres impresos debajo del titular o encabezado de cada noticia.

   Los periodistas de El Heraldo de Barranquilla contaban con dos de aquellas maravillas de la mecánica eléctrica moderna que eran los teletipos. Eran máquinas receptoras de impulsos eléctricos, confinadas en un cubo de metal de

aproximadamente 60 centímetros de lado, con el frente curvo y con una mirilla de vidrio o de plástico a través de la cual se podían seguir los escritos. Las de El Heraldo estaban montadas en sendas estructuras también metálicas, de unos 70 centímetros de altura, en cuya parte inferior se apilaba el papel que desenrollaba la máquina a medida que reproducía, en colores azul, negro o rojo —según la cinta que le hubiesen colocado—, la información escrita desde cualquier lugar del mundo.

   Mi padre, el autodidacta, poeta y periodista cienaguero Porthos Campo Pineda, era uno de los empleados de El Heraldo desde 1946, pero antes había recorrido toda la costa llevando de teatro en teatro el mensaje de sus poemas, que publicaría hacia 1955 en una compilación titulada ‘Canto de la vida nueva’, con cuyo producido pudo casarse con la preciosa dama cienaguera Electa María Pineda de Campo y, por fin, tenerme a mí, su primer hijo.

   Mi viejo fue un vate trashumante que en compañía del también desaparecido Rafael Caneva

Palomino, distribuyó poesía declamada a lo largo y ancho de esta región que varios años después fuera llamada por un coloso de las letras con el misterioso y sugestivo nombre de Macondo. Ese coloso estaba en ciernes y era compañero de redacción de mi viejo en El Heraldo. Nadie, entonces, podía imaginar su asombroso destino… ¿Quién sabe?, de pronto Campo, Caneva y otros poetas fueron los antecesores del gitano Melquíades que condensó magistralmente Gabito en su obra cumbre.

   Mi padre era uno de los deslumbrados periodistas que adoraban al teletipo como al dios de las letras. El otro, me contó mi viejo hace 40 ó 45 años, era Gabriel García Márquez. El hombre auténticamente Caribe a quien el destino esperaría asombrado.

   La máquina mágica era un recurso extraordinario a la hora de cubrir huecos en una página, la maravilla para cumplir la tarea de sacar el periódico a tiempo y bien informado. Y todos recurrían a ese artefacto para leer las noticias de cualquier lugar del planeta. Llegaban, así, informaciones originadas desde la agencia estadounidense Associated Press (AP), la francesa Agence France-Presse (AFP) y la española Agencia EFE.

   Muchas veces me llevó el viejo a la redacción El Heraldo en una peregrinación que —lo entendí cuando escribí la primera nota que me fue publicada en ese periódico— tenía por propósito iniciarme en los caminos del periodismo.

   Por eso conocí la sala de redacción de El Heraldo, que estaba en el segundo nivel de la vieja edificación de la calle 33 o Calle Real de Barranquilla. Mi recuerdo data aproximadamente de 1966 en adelante. La escalera era recta, amplia, con baldosas de color rojo —está en mi mente tan vívidamente como si estuviera subiéndola en estos momentos— y la puerta tenía un rectángulo de vidrio de la mitad hacia arriba. La Sala de Teletipos estaba entrando hacia la izquierda uno o dos pasos y luego haciendo otro giro a la izquierda para ingresar a ella, a través de una segunda puerta, igual a la primera. Es decir, que esa sala de teletipos poco cambió entre

1950-52 y 1966-69 cuando me llevaba mi padre. Y creo que así fue hasta muchos años después…

   Mi evocación de las máquinas para este relato es la de aquellas que conocí cuando iba a la —ahora mítica— redacción del periódico, hacia 1966, pues las que debieron existir en la época en que los maestros García Márquez y Campo Pineda coincidieron en la sala de teletipos debieron ser diferentes y muy rudimentarias en relación con las que plasma mi recuerdo e ilustran esta crónica…

   Allí estaban las dos máquinas paridoras de palabras. La sala tenía un olor que siempre asocié con el del consultorio de radiología de mi padrino de bautismo, el doctor Rafael A. Juliao S. Creo que la marca de los teletipos era Remington o Siemens, y se caracterizaban porque estaban encendidos todo el tiempo. Zumbaban bajito en un ruido sordo, apagado, monótono, nada sobrecogedor ni impresionante; más bien casi somnífero y tranquilizador, pero que duraba poco porque, continua y repentinamente, despertaba con inusitada energía y se convertía en un teclear rápido, certero y exacto que comenzaba a llenar con palabras y a desenrollar, línea tras línea, el rollo de papel blanco que caía en una cascada uniforme y ondulante hacia el piso ajedrezado debajo de la máquina, para llenar su vacío espacio inferior.

   La planta de periodistas de El Heraldo no exhibía títulos ostentosos ni diplomas amenazantes para que el medio impreso más leído en la Costa Caribe hubiese logrado ese éxito, sostenido a lo largo del tiempo. Los escritores, cronistas, periodistas y escribidores de esa época eran hombres comunes y corrientes tocados por la magia de la palabra —hablada o escrita en prosa o verso— que poseían el sagrado don de hilvanarla bien para mantener informada a la creciente clientela del periódico.

   Recuerdo con claridad solar al baranoero Juan Goenaga Pérez, el sempiterno Jefe de Redacción, quien fue mi padrino de confirmación. Su esposa, la hermosa dama santandereana Beatriz Peralta de Goenaga, me había llevado, en compañía del doctor Juliao, a la pila bautismal de la iglesia de San Roque, donde también se habían casado los viejos en 1955.

   Pero volvamos al tema que está limitado —y con toda seguridad marcado— por la imprecisión que necesariamente debe aposentarse en los recuerdos de una historia conocida hace más de 40 años… Sé que para la época en que ocurrieron los hechos que motivaron hilvanar esa nota —creo que hacia 1950 a 1952— estaban en esa redacción, entre otros, Juan Goenaga Pérez, Luis B. Bradford, Víctor Moré y el insoslayable Gabriel García

García Márquez. Nadie más, ni nadie menos.

   Un día cualquiera el maestro Porthos, como le

Porthos Campo Pineda cuando contrajo matrimonio con la dama cienaguera Electa María Pineda.

decían al viejo todos sus colegas, o el ‘Doctor mondá’, como le llamaban los de su total confianza, estaba en la sala de teletipos revisando el largo metraje escrito que se había acumulado debajo de una de las máquinas, para escoger las informaciones de mayor importancia. Al poco rato también entró Gabito —como le decían sus amigos— para revisar la otra, que a su vez también paría varios metros de papel escrito. Las presento, reitero, en la forma y la acción en que las conocí a mediados de los 60s del siglo XX.

   El también sempiterno cronista José Orellano —durante años Coordinador y Jefe de Redacción de El Heraldo— me contó que el doctor Juan B. Fernández Renowitzky, su jefe inmediato, no permitía la palabra ‘Gabo’ en titulares ni textos de El Heraldo que se refirieran al excolumnista estrella del periódico, al autor de ‘La jirafa’ con el seudónimo de Septimus. Imponía a Gabito, alegando que así lo llamaba su círculo de verdaderos amigos Caribe antes de que el escritor alcanzara tanta fama. Pero, además, el uso de ese ‘Gabito’ le permitía a El Heraldo reafirmarse y dejar escapar un cierto sentido de pertenencia sobre el cariñoso apelativo. “Eso de Gabo es cachaco. ¡Gabito…!”, dice Orellano que el director lo ordenó por una sola vez y, a partir de entonces, siempre, para acortar titulares, especialmente de primera página, en vez de García Márquez se recurría a Gabito. “Ahora hasta el periódico lo llama Gabo, porque todo el mundo se cree con derecho a distinguirlo así. Yo preferiría Gabito, pero periodísticamente utilizo García Márquez o el nombre completo, no fui amigo de él para estar arrogándome tal lisura”, anota Orellano.

El premio Nobel de Literatura en 1982 con su esposa para siempre Mercedes Barcha.

   Dejo atrás a Orellano para imaginarme ahora a García Márquez frente a la máquina como prefigurando a la cautivadora Remedios-La bella de su obra cumbre Cien años de soledad, pensando en que así como el teletipo paría letras, párrafos —¡noticias!—, alguno de sus personajes femeninos de novela debía ser tan generador de amores, de gustos y de prolífica descendencia. La máquina, en este caso, sería como una anticipación mecánica —o robótica— de esa mujer idealizada que se elevó al cielo “entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos

y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria”.

   En la mente trato de recrear ese instante mágico —como todo lo que rodea la vida de García Márquez—, imaginando a los dos periodistas en ese pequeño cuarto que encerraba por breve tiempo una buena parte del mundo. Quién sabe si el maestro de la literatura contemporánea ya asociaba a su amada Mercedes Barcha, la novia desde la infancia, con la extraordinaria generadora de noticias… Quién sabe…

   Gabito —recordaba mi viejo—, se quedó frente al teletipo como en trance hipnótico, mirando fijamente cómo tecleaba para producir, letra por letra, en una sucesión de movimientos rápidos y precisos, las palabras de una noticia sabrá Dios de qué confín del mundo. Fueron segundos que al viejo Porthos debieron parecerle una eternidad, hasta que se atrevió a interrumpir la hipnótica concentración de su compañero, para preguntarle: “Ajá, Gabito, ¿y qué te pasa?”, porque veía que sus ojos no se apartaban de la máquina, ni de las teclas que ‘ametrallaban’ el papel sobre el rodillo, ni de las letras que, producto de esa acción, formaban las palabras que desde otra parte escribía algún colega.

   Sin quitar sus ojos del maravilloso artefacto, García Márquez se le acercó más hasta unirse al teletipo en un abrazo estrecho y, creo, enternecedor, amoroso. Sería algo así como cumplir la tarea inconclusa de alguno de los hombres de su novela en su amor hacia la mítica Remedios la bella.

   Sin volverse para ver a mi papá, aún hipnotizado por la máquina, le respondió como desde otra dimensión: “Como para casarse con ella, ¿verdad, maestro Porthos?”.

   Esta anécdota referida por mi viejo me reveló el eterno y profundo amor del maestro García Márquez por la palabra bien escrita, viniera de donde viniese. Se maravillaba de que, desde la distancia, pudieran salir tantas frases e informaciones que terminaron por revolucionar al mundo. Algo de la fecundidad del teletipo se le debió pegar al laureado escritor, porque no de otra manera se explica que produjera tantas y tan excelsas obras —una de ellas galardonada con el premio Nobel de 1982— que se han

constituido en el referente moderno de la lengua española, sólo equiparable, en opinión de los entendidos, a ‘El Quijote’ de Cervantes Saavedra.

Los esposos Campo-Pineda: Porthos y Electa, miembros de la sociedad cienaguera que sembró raíces en Barranquilla.

    Imagino a mi viejo en ese sublime instante, evocado por él muchos años más tarde, escuchando allí al ‘inimaginado’ Nobel de literatura de 30 años después, decir aquello y enseguida agregar: “A aparatos como estos hay que amarlos, maestro Porthos. Creo que no hay mayor desgracia humana que la incapacidad para amar, aunque sea a una vaina de estas”.

   Menos mal que en la vida de García Márquez ya existía Mercedes Barcha “a la que le había propuesto matrimonio desde sus trece años” —y con quien finalmente se casaría en marzo de 1958—. Porque, como estaba planteado el asunto allí en la sala de teletipos de El Heraldo, el del hijo del telegrafista hubiera sido el primer matrimonio de un humano con un robot escritor: el teletipo.

Dos intelectuales barranquilleros, José Consuegra Higuins y Luis Palencia Carat flanquean al periodista Porthos Campo Pineda, indiscutiblemente un excelente tertuliador durante almuerzos y bebetas en restaurantes y bares del entorno heraldiano en el centro de Barranquilla de los años 70.

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