Los buses de la línea Delicias-Olaya eran el medio de transporte que utilizaba, para ir todos los días, con excepción del domingo, a trabajar en el noticiero radial de la Voz de Barranquilla. Aproximadamente a las cinco y media de la mañana, tomaba la chiva en la esquina de la calle 70B con carrera 27, en donde quedaba Merk-Eva.

     Me bajaba en la carrera 43 con la Calle 72 y caminaba hasta la emisora, que estaba a una cuadra de este punto, hacia la calle 73. A esa hora, todos los locales comerciales estaban cerrados y casi no había presencia de peatones,

que apenas a las siete, empezaban a circular por el sector.

Era una gran actividad, matizada con las ocurrencias del gordito Lajud Catalán y la cara siempre seria de Josefina Llanos. Sabíamos que habían dado las ocho menos diez minutos de la mañana, cuando se escuchaba la estruendosa risa de Carmen Alicia, la secretaria de la radio, en la entrada de la emisora.

     Salíamos a desayunar, por un rato y, a las nueve, se iniciaban los preparativos para la emisión de noticias del medio-día. Se encomendaba a alguno de los redactores bajar a la Gobernación o a la Alcaldía, para recoger testimonios grabados de los altos funcionarios sobre

medidas administrativas u opiniones de problemas locales, los estragos del último aguacero y la turbulencia de los arroyos. A veces, la fuente variaba y correspondía entrevistar a funcionarios de entidades descentralizadas o del alto gobierno que estaban de paso por Barranquilla.

     Escuchábamos con agrado supremo la transmisión de la Vuelta a Colombia en bicicleta, pues significaba que, desde la partida de cada etapa, hasta la terminación, que era regularmente después del mediodía, no nos tocaba trabajar por estar al aire las voces de Carlos Arturo Rueda, de Alberto Piedrahita Pacheco y de otros monstruos de la narración de y el cubrimiento de este deporte, desde las carreteras del país.

     Los principales oyentes, eran los dueños de las tiendas y los gomosos de este deporte de “los radios y de las bielas”, en la ciudad. Entonces yo decía que RCN quería decir “Radio Ciclismo Nacional”. Eran unas mini vacaciones supervisadas por don Alfredo Londoño y las risotadas de Carmen Alicia.

     En este ambiente se daban los momentos propicios para alternar con don Lucho Better Peñaranda y Cecil Alfonso Pardo y B., como este último se anunciaba en sus programas. Entonces, me tomaba mi tiempo para ir hilvanando mis relatos con estos grandes de la historia radial de la costa y mi mente, empezaba a elucubrar el cuento…

     El largo corredor que daba acceso a la Voz de Barranquilla se llenaba de las notas del vetusto piano que, desde quién sabe cuántos años, teñía sus teclas de amarillo en el viejo estudio de la emisora local de Radio Cadena Nacional. Cada día, antes de entrar a su programa de música regional, el amiguero Lucho Better, con uno de sus ojos un poco extraviado, siguiendo las partituras que se inventaba, hacía resonar las notas que alegraban a los vecinos de la calle 73.

     Defensor de los aires costeños, había compuesto varias piezas que nunca faltaban en las programaciones suyas y en las fiestas locales. Le decían “el diablo del teclado” y tenía su propia orquesta con la cual, años atrás, había alegrado los carnavales de curramba.

     En ese piano que solo él interpretaba, se perdía tardes enteras buscando a la musa milagrera que le regalara el reconocimiento público de su fanaticada a través de sus creaciones. Sus patrocinadores escaseaban cada día en ese mercado competido de las emisoras de radio y para mantener la sintonía, se inventaba concursos y rifas para atraer oyentes. Engolando la voz, de por sí grave, daba unos giros fantásticos a las palabras para decir:

     “¡Por cortesía de nuestro anunciadorrr, almacén de calzado Lindo Pie, entregaremos un hermoso par de sandalias a la primera dama que nos llame y nos diga el nombre del autor del porro Carmen de Bolívar! ¡Hombre nacido en el pueblo de la canción que lleva su nombre y que,

para más señas es tocayo mío y es músico, con la diferencia de que el interpreta el clarinete y yo toco el piano!”

     Se inventaba las mil y una llamadas para al final del programa vocear:

     “¡La feliz ganadora de este reñido concurso, es la señorita Maritza García Martínez, quien ha identificado al autor de la mejor obra musical de Colombia como don Lucho Bermúdez! Doña Maritza puede pasar por el almacén de Lindo Pie, de la calle 72, aquí cerquita de nuestra emisora, a reclamar su obsequio: ¡Un par de sandalias número 34!

     La gente se asombraba por cuanto Lucho daba hasta el número de calzado de la favorecida, ignorando que él conocía a la dama en cuestión, pues era la esposa del director del noticiero, quien para esa época andaba alcanzado y se veía a gatas para regalarle a su mujer unas preciosas zapatillas. Aún hoy en día, los periodistas carga-ladrillos viven estas penurias.

     Después de su programa, Lucho Better se quedaba rondando por las demás dependencias de la emisora y con curiosidad se acercaba hasta la sala de redacción de radio sucesos. Allí, contemplaba la afanosa actividad de los reporteros Josefina Llanos Lara y Carlos Lajud Catalán.

     Las llamadas a las fuentes de las informaciones, los rápidos apuntes de las declaraciones de funcionarios oficiales, la grabación al protagonista de la noticia, la lectura y selección de los cables de la France Presse y lo más notable: la elaboración en las máquinas de escribir del contenido y del relato de cada suceso.

     Lucho, se quedaba abismado viendo la velocidad de las manos de Carlos y Josefina. Entonces se dirigía al Director, ubicado en el escritorio más grande que el del despacho del Presidente de los Estados Unidos, y con voz solemne, sentenciaba:

     “¡Yo puedo ser redactor de noticias, porque como soy pianista, también puedo digitar en la máquina de escribir!”.

     Y con su alegre carcajada tomaba el largo corredor que iba de la cabina de locución a la salida de la emisora sin dejar de reír, hasta salir a la Calle 73.

     Enseguida entraba a su programa Cecil Alfonso Pardo y Borrrrnachera, como rasgaba su último apellido al anunciar su nombre por los micrófonos de la Voz de Barranquilla. Le decíamos cariñosamente, y toda la ciudad le conocía así, ‘El negro’ Pardo B. Era más bochinchero que su compadre Lucho Better y al igual que él, contaba con seguidores incondicionales que “no le perdían ni pie, ni pisá”.

     Era una de las insignias del Carnaval de la ciudad, festejo que muchas veces utilizó para darse unas escapadas de la madona de su hogar, de las cuales él hacía chacota cada vez que tenía oportunidad. Una de esas tardes en que

RCN se ocupaba de transmitir ciclismo, me hizo algunos comentarios de sus pilatunas de los días dedicados a Momo.

     Como era famoso por sus programas carnestolendicos, tenía convencida a la familia de que los cuatro días de las fiestas las pasaba ocupado, animando actos de la Junta Central, como el bando, la batalla de flores, la gran parada y hasta el entierro de Joselito Carnaval. Pero todo era una patraña bien montada. Nada era cierto.

     Los cuatro días enteritos, desde el amanecer hasta la madrugada de cada uno, se la pasaba de parranda en parranda. El último día, el del entierro de Joselito, se acercaba hasta la empresa Postobón, por la vía 40, y convencía a uno de los choferes de camionetas con bocina en lo alto, para que lo acompañara con el vehículo, hasta la puerta de su casa.

     Una vez cerca al hogar ordenaba al conductor que encendiera las bocinas, tomaba el micrófono y con su voz de trueno, simulaba una retransmisión del ultimo evento de los carnavales:

     “Amigos oyentes, hasta aquí les acompañamos en estos cuatro días de jolgorio por la ciudad. Para nosotros ha sido un placer llevarles cada jornada

de la mejor fiesta del mundo, desde la madrugada hasta la siguiente salida del sollll. Sin descanso, siempre pensando en ustedes, que son lo primero para nosotros. Creo que nos merecemos un reposo y esperamos que ustedes hayan disfrutado en nuestra compañía en estos hermosos carnavales de Fedora Escolar. Hasta nuestra próxima transmisión… Atención estudios centrales, el cambio es para ustedes…”.

     A renglón seguido, se bajaba de la camioneta, con un gesto de cansancio extraordinario, se despedía del chófer y se dirigía hacia la puerta de su casita, en donde la inocente esposa le esperaba con su comida calientica y una hamaca colgada en el cuarto, para que descansara sin interrupciones, luego de esos largos días de trabajo tortuoso.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES