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     La política moderna, nacida en  los tiempos de la revolución francesa, impulsada por la burguesía revolucionaria en el poder, logro transformaciones notables en  las relaciones políticas y las formas de poder: por medio de procesos benéficos, implementaron programas sociales para los más necesitados, cambiaron el concepto de súbditos por el de ciudadanía, abrieron ventanas y puertas a los individuos para participar en la sociedad en distintas actividades económicas, políticas, culturales—, pero esa ideología política, que conocemos hoy como ‘democracias liberales’, vive una de las crisis más profundas, al punto de que amenazan  con llevarnos a un abismo oscuro y profundo.

     Han pasado muchas aguas por debajo de los puentes de la historia, desde el momento en que se impuso aquel discurso revolucionario por la libertad, la fraternidad y la igualdad, pero ese discurso, con el tiempo, fue marchitándose en sus intenciones emancipadoras, mostrando su verdadero rostro imperial, colonialista, esclavista y racista, propio de la visión

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eurocéntrica de mirar a los otros pueblos como inferiores y no merecedores de forjar su propio destino de acuerdo con el discurso que ellos mismos proclamaban.

     Cuando Haití se independizó de los franceses en el siglo XVIII, en nombre de la libertad fue bloqueada y arruinada por las potencias europeas, porque un pueblo de negros no merecía salir de la esclavitud. Igual suerte habían corrido, en los inicios de la Colonia, los palenques fundados en las sabanas de Sucre y Córdoba en Colombia por Benkos Biojo,

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que se constituyeron en el primer territorio libre de la esclavitud en América cosa que la historia poco menciona a propósito del bicentenario. Ese discurso es el mismo que hoy impera bajo el rótulo de libertad y democracia y en su nombre son despedazados pueblos enteros como Afganistán, Irak, libia, Siria y ahora amenaza con hacer lo mismo con Venezuela. ¿De qué democracia y libertad nos hablan las denominadas democracias liberales?  ¿De la de

los equilibrios de los tres poderes? ¿De la que dicen no existe en la ‘dictadura’ de Venezuela? ¿Acaso existen en países como Brasil, Colombia y los mismos Estados Unidos?  Lo que sí existe, pero no lo confiesan, es que Venezuela posee las reservas más grandes en petróleo a nivel mundial y eso para los Estados Unidos es de vida o muerte, porque su economía y sus empresas transnacionales viven de ese negocio. Hace rato, con el pretexto de reinstaurar la democracia, el ‘Tío Sam’ y la Unión Europea se arrogan el derecho de decidir para quién deben ser las riquezas naturales de este mundo. Por lo mismo, nada puede ser más falso que ese discurso de restaurar los equilibrios de poderes. Es lo que menos les interesa, empezando porque ellos mismos no se lo creen, ni lo tienen, ni les interesa que sea una condición, para declarar a un país amigo; en Arabia Saudita o en Sudán, eso ni por asomo existe, pero son países aliados, porque tienen injerencia en negocios petroleros importantes.

     Es más, si bien el equilibrio de poderes fue, en principio, bien intencionado por la ideología liberal para quitarle la potestad al monarca, eso fue más formal que real. Está demostrado que el poder político no puede dejársele solo a los dirigentes políticos de Estado, porque tienden a mentir con palabras verdaderas y a oír su propia voz. Eso, mis queridos amigos ‘demócratas’, ocurre en Venezuela y en Cafarnaúm. Solo que la espiga la ven en el ojo ajeno y no en el propio. Pero, en un mundo enajenado como el nuestro, las fuerzas ‘del bien’, no importando los medios, tienen que imponerse a las fuerzas ‘del mal’ y en nombre del bien se cometen todas las barbaridades imaginables.

     Mis amigos ‘demócratas’, que, no obstante, provienen de una formación profesional, no pudieron sacudirse de la mirada eurocéntrica, propia de una academia colonizada como la nuestra y aunque terminaron siendo víctimas de la política de los ‘chicago boys’, bajo el empaque del neoliberalismo que hoy ya no es solamente económico, sino una ideología dominante de alcance mundial, aprueban sin recato alguno  todo lo que provenga del bien,  aprueban que, en nombre de la democracia y la seguridad democrática versión II, hagan trizas los acuerdos de paz ,  se eleven muros contra los sudacas de Centroamérica y  México o barreras en el Mediterráneo para que se ahoguen los inmigrantes de los países africanos y árabes despedazados en nombre de la libertad por las potencias occidentales.

     Las denominadas democracias liberales, encabezadas por los Estados Unidos y los Estados de la Unión Europea U. E.—, con contadas excepciones de algunos países nórdicos, sobre todo, donde lograron implementar en sus sociedades, reformas socialistas estatales, hacen parte hoy de un mundo viejo, que está desbaratando lo que construyeron en el pasado. Es tan paradójica la historia, pero, al parecer, los que lucharon contra el fascismo, son los mismos que hoy quieren regresarnos a él. Solo que ahora se revisten de un discurso mas diplomático y menos rabioso, pero mucho más peligroso por su alcance mundial que los que tenían los países del eje del mal en la segunda guerra mundial. Mientras tanto, mis amigos demócratas seguirán diciendo que “esto no es cierto”, sin percatarse de la espada de Damocles que pende encima de sus cabezas.

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