Se acercaba la navidad de 1973 y entre los deseos por cumplir, había uno que se había venido aplazando por las continuas ocupaciones en el noticiero: la culminación de la carrera de abogado. Solo faltaba la tesis de grado y el examen correspondiente por parte del jurado designado por la facultad de Derecho.

     El caso es que las necesidades de la familia se habían incrementado y, ante la marcha de mis padres para aliviar la carga en casa, se hacía difícil ocuparme del trabajo de graduación.

     El asunto se puso un poco más serio cuando, en una oportunidad en la cual habíamos programado pasar dos días en Puerto Colombia para visitar a la suegra y tomar un baño en el mar con toda la familia, ocurrió un hecho inesperado: un gran incendio, afectó una empresa de químicos, ubicada en la entrada de uno de los barrios más emblemáticos de Barranquilla, el moderno Prado. Se trataba de la empresa Holanda-Colombia.

 

     Me correspondió ese sábado, durante toda la tarde y gran parte de la noche, cubrir las noticias de la conflagración, que hizo necesaria la colaboración de los Cuerpos de Bomberos de otras ciudades de la costa. Los vidrios de las edificaciones cercanas explotaban y el intenso humo ahogaba a quienes vivían cerca y a los periodistas que circulábamos como abejas, entre las maquinas bomberiles.

     Hasta las columnas del Portal del Prado, edificio de apartamentos, entonces en construcción, hubieron de ser revisadas para establecer si se habían afectado y el Teatro Metro suspendió las funciones de la tarde, la noche y las del domingo siguiente.

     Cuando llegué a casa, no valieron explicaciones de ninguna índole y brotó de nuevo el tema de la graduación de abogado. En verdad, que había mucha razón en los reclamos de mi cónyuge, pues eran contadas las veces en las que podíamos salir a pasear.

     Ese domingo, para evitar que la unión matrimonial quedara más averiada que las instalaciones de Holanda Colombia, tuve que prometer que, a partir de allí, no pasarían más de seis meses para optar por la tarjeta profesional de pica-pleitos.

     Como ha quedado escrito, con nosotros vivía la hermanita menor de Maritza, a quien prácticamente habíamos adoptado como hija y en esas navidades, dada la estrechez en la que nos movíamos, los presentes de Niño Dios eran muy regulados. Recuerdo esta estampa como uno de esos cuentos que cada año, en compañía de don Álvaro Ruiz Hernández, solíamos dramatizar en las emisoras de Barranquilla.

La muñeca calva

     En época de Navidad, los niños suelen ser muy sensibles. Y si se trata de niñas, la cosa se quintuplica, sobre todo si en la mente tienen fijo el juguete que le han pedido al Niño Dios. La niñita tendría seis o siete añitos, a lo sumo. Aún en esos tiempos, no se acostumbraba escribirle al Niño Dios antes del 24 de diciembre para pedirle un juguete divertido y que llenara de felicidad, al petente mucharejo o niñita, según el caso.

     Nada de vainas electrónicas. En el mercado criollo se conseguían el carrito de madera, el trompo de colorines, el avión rústico con alas de plástico, las muñecas de llamativos vestidos, el bebé dormilón de celuloi, los carritos de la Kiko, las bicicletas, los triciclos y los patines de hierro, esos con ruedas de tanques de guerra.

     Aún no existía la Barbie, con su colección de ropa de verano y menos Kent, el galán pretendiente de la modelo de juguete americana.

     Ante esa ausencia de comunicación con Jesusito —a las cartas me refiero—, el papá o la mamá indagaban con astucia desde diciembre primero o un poquito antes, por el presente anhelado. Y, según los deseos, acudían presurosos a averiguar por precios del obsequio divino y calidades del mismo.

     Cuando apuntaba diciembre, Flor de María ya sabía lo que el 24 de diciembre quería. Anhelaba una linda muñeca, eso y nada más. Era muy consciente para su edad, de la situación de sus recién adquiridos padres. Dos jóvenes casados que la habían adoptado como hija. Era la hermanita menor de la esposa de Joaco, pero apegada a ella desde cuando nació en Puerto Colombia, encantador poblado marino cerca de la capital, y al no despegársele para nada, hubieron de incluirla casi desde el principio de la vida conyugal, a su hogar, al inventario familiar.

     Sabidos de la aspiración de la Niña Flor, los padres, escasos de haberes, tomaron nota del pedido y empezaron a mirar en los mercados cercanos, la obligada compra. Había que ajustarse al presupuesto familiar y a los gastos de diciembre para alegrar, después de la cena de navidad, a los parientes.

     En Merka-Eva, un “supermercado de barrio popular”, vieron el objeto de los deseos de la pelaita. Era exhibida en las vitrinas y colgaban por toda la tienda, como tentando a los clientes. Se separó la mercancía, previniendo una demanda que agotara existencias y Maritza y Joaco salieron alegres del establecimiento, sabiendo que los deseos de la infanta se harían realidad en la Nochebuena. Solo que, como decía El Chapulín, no contaban con su astucia, la de Flor de María, claro está.

     Sucedió que días antes del día señalado, la natividad de Chuchito, la pitufa, curiosa como siempre han sido las damitas, descubrió el regalo y su contenido. El hecho es que el 24 de diciembre en la mañanita, empezó un sollozo interminable y, entre balbuceos, gemía:

     “Yo lo que quiero, es una muñeca con pelo… Yo lo que quiero, es una muñeca con pelo, yo no quiero esa muñeca calva” y así, ¡todo el día!, hasta empezada la noche, cuando se dormía entre sollozos.

     Maritza y Joaco trabajaban y solo llegarían al barrio Olaya, como a las siete u ocho de la noche. Las abuelas, confundidas, no sabían qué hacer y, haciendo de tripas corazón, trataban de calmar a la nena, que ni almuerzo, ni comida recibió, para hacer más duro el autoflagelo. Le ofrecieron hasta peras del árbol generoso que las regaba por el patio de la casa. Nada que la chiquilla cedía en su llanto y pedido.

     “Quiero una muñeca con pelo, quiero una muñeca con pelo”.

     Cuando los padres llegaron con los bastimentos de la cena de Navidad para preparar, se encontraron con el desgarrador cuadro: las abuelitas Ana Inés y Ana Cecilia y el viejo Teódulo y Pedrito, un hermanito de Joaco que vivía con ellos, todos en coro, gimiendo, como haciéndole el coro al lamento de la pedigüeña.

     La Niña Flor, un poquito serena, entre gemidos, confesó haber visto el regalo deseado y agregó unas palabras que sirvieron para entender semejante alharaca.

     “Es que la muñeca es de celuloi y tiene el pelo pintado en la cabeza y yo lo que quiero es una muñeca de verdá, verdá, y con el cabello suelto. Yo le vi, las paticas y los zapaticos azules, son iguales a las que cuelgan en MerkaEva. Esas muñecas, no tienen cabellos, son de plástico”, gimoteaba lastimeramente la nena.

     «¿Qué hacer?»

     Pensaron los padres. Ni modo: romper alcancías. Hurgar bolsillos y salir corriendo para la Feria del Juguete en la Plaza de San Nicolás con el propósito de encontrar el deseado presente, pues, en Navidad, el Niño-Dios hace realidad los sueños de los niños y ni manera de despertar a tan temprana edad, la desconfianza en el dispensador de todo.

     Joaco se hizo acompañar de Pedrito, su hermano, pues era difícil a esa hora tomar el bus de Delicias-Olaya, lleno de gentes presurosas que podrían dañar lo comprado. Consiguieron una hermosa muñeca de caucho con su cabellera frondosa, de elásticas piernas, vestido a la moda y peines para hacerla lucir hermosa.

     De regreso, la chiva llevaba gente hasta en los guardafangos. Como pudieron, los dos hermanos se las ingeniaron para preservar la integridad de la fémina de hermosa cabellera y llegaron al hogar a la hora casi precisa para abrir los regalos. La Niña-Flor, obedeciendo reglas, fingía que dormía en su camita del segundo cuarto y, el obsequio, se unió a los pocos que adornaban el pesebre iluminado.

     A las doce de la noche de esa Navidad de 1973, el grito de alegría y el llanto de mi primera hija, adoptiva, no hay duda, resonaron por el barrio Olaya y cuando me encuentro a los entonces vecinos que aún viven, recuerdan esa Nochebuena, por las risas de Flor y el canto de las abuelas, loando al pequeño Creador que, con mirada cómplice, era sabedor de todo lo que había pasado……

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES
Bogotá D.C., diciembre 25 de 2016