Afirmar que una flor es hermosa o que un poema es bello, no es lo mismo, “que el que afirma que le gusta mucho el dulce de mora y discute con su amigo al cual le parece detestable y le encanta el manjar blanco, pues no tienen mayor cosa de qué discutir. Pero si el uno dice que le parece extraordinario el Quijote y el otro dice que no le gusta el Quijote, sino que le parece magnifica Corín Tellado, uno siente rápidamente que no es exactamente lo mismo que una discusión entre el dulce de mora y el manjar blanco”(1).

     En el primer caso aceptamos que la belleza está en la flor o en el poema, y que cualquiera podría verla si mira adecuadamente —a no ser que sea un cegatón—… En el segundo caso admitiríamos que entre gustos no hay disgustos, y que no hay ninguna ley o cosa parecida, que obligue a los dos amigos a demostrar cuál de los dos dulces es el mejor, pero si uno de ellos prefiere leer una revista de farándula que al Quijote, allí si hay un problema de apreciación estética que no depende del gusto individual.

     Para el filósofo Kant, lo bello complace universalmente, no es que de hecho sea requisitito en que todos coincidamos en considerar “bellas” las mismas cosas, sino en aceptar que aquello que llamamos “bello” tiene derecho, y merito suficiente, para ser considerado como tal por sí mismo, por todo el mundo, mientras que no es lo mismo considerar otro tipo de gustos que dependen de cada quien. En un juicio estético dar a entender que algo es bello solo para mí porque me gusta, es un disparate, por eso se habla de juicio estético y no de gusto estético(2).

     Emmanuel Kant, al que estoy parafraseando, definió la belleza como finalidad sin fin, en el sentido de fin sin un propósito instrumental, como cuando elaboramos un martillo, que si tiene una finalidad práctica clara. En cambio, el arte no tiene una finalidad práctica como la tecnología, es más: puede tenerla, pero no es su esencia. El mismo Kant, a pesar de haber vivido en un contexto en el que reinaba la monarquía y de ser un aristócrata, tenía una visión democrática con respecto al arte, pensaba que la arquitectura debía pasar a los objetos prácticos que utilizamos —mesas, sillas, repisas—, incluso llegó a considerar que la más alta de todas las artes es la conversación, cosa que habla muy mal de nuestra sociedad, donde las conversaciones se vuelven un monólogo y nadie oye a nadie.

     No obstante, a la hora del juicio estético, Kant es sumamente radical: no solo deja de lado lo instrumental, también deja de lado el saber, porque también el arte es independiente del conocimiento, pude tenerlo, pero no es necesario como valor teórico. Además, independiza el arte del agrado en el sentido más zoológico del término, porque muchas cuestiones pueden ser agradables en el sentido inmediato como sujetos empíricos —un plato de comida, un paseo, una fiesta—, sin que estemos obligados a predicar que tienen un valor artístico y, sí que menos, un valor universal. Nadie sería tan pretencioso en afirmar que todo lo que le agrade es universal.

     ¿Entonces, dónde queda el arte? si no tiene como esencia, nada que ver con la utilidad práctica de la técnica, ni con el saber cómo conocimiento, ni con el agrado como gusto. Puede combinarse —y de hecho se combina con esos elementos—, pero no es lo esencial, como cuando afirmamos que lo esencial de la lúdica es la acción emotiva y no necesariamente la alegría, el disfrute, el placer y la risa, todos esos elementos se combinan, pero no son su esencia, entonces, ¿cuál es la esencia del arte?  Kant sale con algo todavía más curioso al decir en ‘La crítica del juicio’ que el efecto artístico, el efecto estético, es un efecto sobre el sujeto, pero que no es de agrado, ni de interés practico, ni de aprendizaje teórico, sino “un efecto liberador sobre el sujeto”, liberador de las facultades humanas como el entendimiento, la razón y la imaginación, en el entendido de que empiezan a jugar y no se estorban o pisan la manguera en una relación colaboradora.  Cuando Kant habla de liberar, alude a que nos representamos a través del objeto artístico —cualquiera que sea—, un juego enriquecedor de la subjetividad que tiene un valor “en sí” y no para otra cosa.

     En este sentido el arte es juego, juego de facultades humanas que enriquecen la subjetividad y, en esta dirección de la visión kantiana, no existe nadie que haya profundizado tanto el arte como un juego, pero juego de verdad, no solo como cosa de niños, sino como efecto liberador de esa condición humana al sufrimiento y la muerte, como Schiller. En su ‘Carta sobre educación estética’, la gran originalidad de este poeta y ensayista fue “relacionar la vocación artística con una dimensión de la actividad humana habitualmente tenida por trivial y de rango inferior: el juego. Solo algunos presocráticos como Heráclito, se atrevieron a comparar el supuesto ‘orden’ del universo con los resultados de un juego infantil, aunque en tal caso los ‘niños’ que juegan pudieran ser los dioses o el azar: la actividad lúdica no tiene otro objetivo, no se propone otro modelo ni obtiene otro provecho que su propio cumplimiento”(3).

     El juego es tan sagrado que solo lo puede perturbar el tramposo y el aguafiestas: el primero, porque finge cumplir las normas, pero por debajo de la mesa tiene la carta ganadora y, el segundo, porque se tira el juego cuando dice “juego o no hay juego”. Al primero lo podemos perdonar con tal de que no se deje coger, pero al segundo no lo podemos perdonar porque rompe con el hechizo, es un metido irrespetuoso. Justamente eso fue lo que hizo Platón en su ‘Republiqueta’, cuando expulsó a los artistas por considerarlos hechiceros del alma, no le gustaba la fuerza que tenían para seducir y despertar las pasiones humanas, eso a Platón le parecía pernicioso, dañino para el conocimiento de lo bueno y lo justo, dentro de su País ideal.

     Y es que “fantasear sobre cosas inverosímiles es mucho más ‘entretenido’ que estudiar la esencia inmutable de lo real, sobria y rigurosa como la geometría. Aún más grave como el poeta o el dramaturgo —en nuestros días también el novelista, el director cinematográfico, etc.—, lo que quieren ante todo es agradar a su clientela, causar placer a la mayoría, se centran en delectación en las biografías de malvados “porque el hombre malo es múltiple, divertido y extremo, mientras que el hombre bueno es tranquilo y siempre el mismo”.3

     Por eso, ¡!Que Viva la Ética, pero la canjeamos por la Estética¡!


Artistas invitados

     1. Estanislao Zuleta. Arte y filosofía. Percepción. p. 113.

     2. Emmanuel Kant. Critica del juicio.

     3. Friedrich Schiller. Cartas sobre educación estética. Mimeógrafo.