Mientras hacemos el balance de los primeros 100 días de desgobierno del presidente Duque, y después de pasar una semana azarosa: de debates y movilizaciones nacionales contra el IVA y en pro del presupuesto adecuado y suficiente para superar la crisis de la Educación Pública ─con desaparición de las hordas uribistas del escenario nacional, y los que aún aparecen no tienen argumentos serios, ni profundos, ni fuertes, por la decepción temprana que les ha producido el gobierno de “Menos impuestos, mejores salarios”─, dediquemos con tranquilidad esta semana a otro aspecto que nos fascina, pero que también nos preocupa, como es el tema del futuro del libro en Colombia.

     Empecemos por señalar que en este país la política oficial promueve la lectura, pero lo hace de manera deficiente, como muchas otras cosas… Y digamos una verdad verdadera en un país que poco lee: hace rato al libro de papel muy pocos le apuestan. Empecemos por las universidades que, por ejemplo, no producen más de 100 o 200 ejemplares de una obra, y hay universidades con tirajes de 10 ejemplares de ciertos libros, o sea: ¡las mismas universidades están negando la fuerza civilizadora de los libros!

     Sabemos, por experiencia personal, que el punto de equilibrio del negocio de impresión de libros es de 1.000 ejemplares. Y para que un libro deje ganancias, se debe vender, como mínimo, 2.000 copias. Desde este análisis podemos concluír que las universidades claudicaron, porque intuyen que no existen 1.000 ni 2.000 lectores-compradores de ese texto. Aceptan las universidades instituciones, que son el refugio natural del libro, que ni siquiera sus alumnos y profesores —y todas ellas tienen más de 5.000— leen o consumen su producción. No nos sorprendamos de que el libro vaya a desaparecer, porque los llamados a darle vida, promoverlo y usarlo, lo están pervirtiendo al inducir su destrucción y desaparición, a más de que, contra el libro escrito en papel, está conspirando la tecnología, que facilita su lectura en el computador, en las tabletas o en los celulares.

     Y si se les pone IVA, como pretende el gobierno de Duque, se acabaría más rápido, al igual que ocurrirá con los periódicos, con las revistas, con los espectáculos públicos, con los conciertos, con el teatro, con el cine, mejor dicho: él mismo termina atacando la

economía naranja que, tanto dice, va a fortalecer… ¡Por Dios, presidente Duque y parlamentarios colombianos, qué locura es esa!

     Pero, ante tantos riesgos, la pregunta de fondo es, ¿desaparecerá el libro impreso en papel? Por lo pronto digamos que no, pero evidentemente perderá relevancia y presencia. Y al haber menos libros físicos, su método de producción tiene que adaptarse. Predominará la impresión bajo demanda, porque Imprimir después de que la venta se haya producido es una ventaja. Esa vieja usanza de la impresión offset desaparecerá, excepto para grandes tiradas de best sellers. Aparte de los editores, también los lectores saldrán ganando, porque encargar una obra en papel para retirar inmediatamente será un excelente servicio. Por ejemplo, el lector podrá entrar en una web de compra, encargar el libro en impresión bajo demanda, pagarlo y recogerlo en su barrio, o en una máquina expendedora, como ya ocurre con revistas y ciertos productos. Es probable que surjan estructuras parecidas porque son buenas para todo.

     De acuerdo con los jóvenes de hoy, que serán los adultos del mañana, nos queda claro que el futuro del libro será el de la lectura digital y, por supuesto, las librerías serán online. Las actuales resistirán solo si cambian. Las librerías ya se están convirtiendo en espacios más convivenciales, donde se busca una lectura social, una cafetería, una charla, una tertulia. Mientras vayan a eso y entiendan que tienen que utilizar las tecnologías digitales, sobrevivirán, de lo contrario, desaparecerán, al igual que los amantes de sentir el olor y el doblar de las páginas: perderemos ese delicioso placer de leer libros en el papel y de hojearlos y leer sus títulos y síntesis en las librerías para escoger el que nos gusta, el betseller del momento o alguna que otra reliquia encontrada en los estantes…

     Estos son gajes de la imparable modernidad, que está llevando al mundo a la lectura corta, restringida, sin profundidad, pero profusa, mediática, mentirosa y/o confusa, que terminará en escrituras y lecturas tan simples y llanas como el video, el wasap y el twitter, que se están imponiendo a nivel universal… A los adultos de hoy, que seremos los viejos del futuro, nos tocará guardar los libros que tenemos para repetirlos una y otra vez, porque no será fácil conseguir nuevos libros de papel…

     Y con el IVA, se le asestará otro duro golpe a la educación, porque los libros, los cuadernos y los textos escolares, se volverán inalcanzables para las capas medias y peor para los más pobres… ¡Qué horror!