Hace un tiempo ─en realidad hace mucho─, participé, como casi todos los jóvenes de mi tiempo, en partidos y organizaciones de izquierda. Viví, cual mito faraónico, en la creencia de que era posible fundar una sociedad comunista por fin perfecta, donde lograríamos la igualdad definitiva y los dominadores como perritos asustados desaparecían y todos nos íbamos a abrazar como hermanos.

     Participé en más de una ‘locatera’, en las cuales se expusieron postulados sociales irrealizables empíricamente, siendo una decepción comparada a “la caída de los cristos del alma de alguna fe imborrable que el destino blasfema”, que mencionara Cesar Vallejo en aquel poema. Hoy considero que esos postulados siguen siendo válidos teóricamente, pero irrealizables empíricamente en la realidad.

     Cuando el poeta romántico Schiller anunció que podíamos vivir en el reino de la libertad y no de la necesidad, Marx inmediatamente abrazó ese 

postulado y lo hizo suyo para plantear desde la crítica al Capitalismo, un nuevo hombre social, pero como todo postulado ese era un horizonte imaginado para el futuro, sin una autopista para llegar a él. Y cuando Machado dijo “caminante no hay camino, se hace camino en el andar”, quizás advirtió que no existe un sendero trazado, sino trazos de caminos que se hacen al caminar en medio de un desierto. Ese es el problema de las utopías que siempre requerirán andar en estado de alerta, sin saber a dónde se va a llegar, aunque siempre con la esperanza de arribar a 

la meta. Eso le sucedió a Ulises en su camino a Ítaca, por ejemplo, pero es genérico para todo aquel navegante de altos cabotajes que no tienen el puerto a la vista.

     Siempre será válido soñar otro orden social y económico, distinto al capitalista que nadie mejor que Marx críticó, porque nos estaba matando ─y nos sigue matando─ a tal punto, que amenaza ya con destruir no solo a la especie humana sino a la vida planetaria y no parece tener conciencia de parar. Hoy soy escéptico de que eso sea posible, pero tengo la esperanza de que mañana lo sea ─ojalá no sea demasiado tarde─. En este sentido no soy un optimista y sí un escéptico, pero con esperanza. Admiro en esto, los anarquistas en su optimismo cuando dicen que hay que superar el capitalismo aboliendo el Estado, pero mis amigos anarquistas, aunque críticos, son idealistas en el sentido de cambiar una sociedad sin Estado. Y aunque las instituciones nunca son perfectas ─porque el hombre que las representa tampoco lo es─, son necesarias, aunque sean imperfectas y la labor está en criticarlas y corregirlas en el momento en que se pudren como se pudren casi todas. Mis

amigos anarquistas, en cambio, dicen que para obviar eso es mejor acabarlas, pero parten del supuesto que el ser humano es perfecto como los ángeles caídos del cielo, y se pueden auto determinar y comportar sin una autoridad ─eso es idealismo─.

     En realidad, aunque los postulados no se van a realizar del todo ─nunca en ninguna parte─, es lo único que nos hace caminar, pero ese caminar es complicado porque está plagado de imperfecciones, es decir de errores, de caprichos, de oportunismos, de corrupciones… etc. Por eso, un militante de la política y, aun más, de la vida, para ser

feliz por lo que hace debe partir de esa realidad, y sin embargo hacer las cosas gustosamente, por lo menos mejorando lo imperfecto y que alguien nos agradezca eso, como cuando un estudiante nos da una palmada y nos dice: “Gracias, profe, por su enseñanza”.

     Ciertamente, hay que superar el capitalismo desmadrado que tenemos, pero el problema es tener claro qué es lo que viene después de él y a eso le hemos puesto nombres equivocados como socialismo,

nombre que adquirió una realidad extraña y contraria al ideal propuesto. Eso está pasando en Venezuela y Nicaragua, eso nunca lo propuso Marx y, que yo sepa, Bolívar tampoco.

     Aunque todavía me estremece oír ‘La internacional’, ya no creo que los seres humanos seamos hermanos entre todos, pero si abrigo la esperanza que seamos socios en la convivencia. En esa lucha, he sido feliz y aspiro a hacer feliz a los otros.