VISITA AL COMPOSITOR DE LA HAMACA GRANDE

     Supe que estaba un poco enfermo, lo llamé para ofrecerle una visita, la que sucedió enseguida, al siguiente día. Fue un martes 2 de octubre a las 9:30 de la mañana cuando lo tuve de nuevo frente a mí en la sala de su apartamento, vistiendo su cuello con la infaltable bufanda a rayas rojas de las varias que tiene. Suave, tranquilo, sereno su rostro aunque con cuerpo algo fatigado. También su esposa me recibió junto a él en la quietud de su hogar.

     Lo conocí aquel año 2000 cuando juntos realizamos un Diplomado sobre Gestión Cultural, con 251 horas de intenso aprendizaje como becarios que fuimos por parte del Fondo Mixto de Promoción de la Cultura y las Artes del Atlántico (hoy extinto), entre otros gestores culturales, en aquel entonces dirigida esa oficina por la abogada Adriana Chahín Hernández. Desde entonces, la amistad floreció y después nos reconocíamos amistosamente en otros sitios culturales diferentes al de la Biblioteca Pública Departamental Meira Delmar donde se realizó ese aprendizaje con docentes cubanos de excelente calidad.

     Adolfo Rafael Pacheco Anillo nació un 8 de agosto de 1940 en el municipio de San Jacinto, Bolívar, perteneciente a una región montañosa que hoy se conoce como Montes de María. Sus padres, Miguel Antonio Pacheco Blanco y Mercedes de Jesús Anillo Ferrer. Hijo Adolfo Rafael de un padre que tuvo, además de él, 17 hijos naturales y también 

legítimos.

     Su vena artística con seguridad la trae consigo heredada por su abuelo paterno quien fue músico folclórico, tocaba el tambor alegre y las gaitas. De él recibió sus primeras lecciones de música folclórica pues fue su abuelo quien le descubrió el oído musical; a los seis años compuso la canción ‘Mazamorrita’, la que grabó con otro ritmo creado por él. También fue con su abuelo con quien aprendió a versificar, a tararear canciones y recitar poesías junto con su madre. Cuando cumplió sus 13 años escribió la segunda obra musical que denominó ‘El profesor Luján’, la que regaló a su profesor del colegio el día en que este cumplió años. Después, en 1957 compone un paseo llamado ‘Tristezas’, que tiempo después fuese grabado por Andrés Guerra Landeros, el acordeonista famoso de San Jacinto para aquella época.

     Pero Adolfo Rafael no siempre pensaba en la música y las canciones que compondría en su transcurrir de vida sino en las travesuras, por eso fue catalogado en su familia como un 

niño travieso y necio, de esos a los que en la actualidad le llaman hiperactivo, por lo que siempre debían amenazarlo con llevarlo a un colegio que más era una correccional, como en efecto sucedió; fue así como en San Jacinto entró al Instituto Rodríguez, cuya pedagogía se basaba en aquel viejo adagio de que “la letra con sangre entra”...  Y allí estuvo por cuatro años después de fallecida su madre en el año 1949. Pasó el tiempo y se hizo bachiller.  Para esa época compuso su merecumbé llamado ‘Los bachilleres’ en honor a su grado.

     Más adelante su padre lo envió a Bogotá para que estudiara la carrera de Ingeniería Civil, de la cual solo cursó dos años, pues en 1961 la ruina económica tocó el hogar y fue obligado a volver al pueblo. Ya no había dinero con qué 

seguir pagando sus estudios. Seguido a esa crisis entró al Instituto Rodríguez para trabajar como profesor de los niños. Quince años después se decidió a seguir estudiando, entró a la Universidad de Cartagena para estudiar otra carrera, en esta ocasión la de Abogado, cuyo título obtuvo en 1983.

VIDA JUGLAREZCA

     Pero la mente y el corazón de Adolfo Rafael Pacheco Anillo, quien después llegó a convertirse en un gran juglar, andaban detrás de otras letras, no las de leyes, normas o decretos, sino las de notas musicales. Y regresó a Bogotá a abrir de nuevo las páginas de sus canciones; para desarrollarse en la música se matriculó en una pequeña academia de guitarra propiedad de un señor apellidado Cuéllar, con quien aprendió las primeras posiciones en guitarra. Después, vuelve a San Jacinto y trabaja ahora como profesor de música folclórica; es cuando se dedica a escribir canciones e investigar acerca de la música de toda la costa Caribe. Desde entonces su vida se transformó en un solo folclor, en puras notas

musicales, ya había escogido su camino y lo tenía claro, el de la música.

     Se dedica entonces a viajar junto con acordeonistas, guitarristas, gaiteros y toda gente que iba conociendo del medio musical; andaba de pueblo en pueblo, sobre todo para fiestas de corralejas, carnavales, ahí, apegado al conjunto de Los Gaiteros de San Jacinto con Toño Fernández a la cabeza, con los acordeonistas Andrés Landeros y Ramón Vargas; y él, solo con su guitarra.

     En el año 1961 ya los vestigios de la ruina de su padre eran inminentes y es cuando Adolfo Rafael se decide a retirarse del seno familiar e irse para San Jacinto con 21 años de edad; el proceso de empobrecimiento en el hogar iba aumentando. Fue así como en 1964, un 15 de abril se decide a venirse para Barranquilla donde estaba ya otra parte de su familia.

     Adolfo Rafael Pacheco Anillo caminó desde la costa Pacífica, Turbo, Antioquia, Tolú, Coveñas, por el Magdalena Grande ─que incluía Cesar y  La Guajira─, así como por la troncal de occidente, Montería, en fin, todos esos lares 

conocieron de sus canciones. Así pasaron unos cuatro años cantando, tocando solo por ron y comida. El hotel era cualquier parte donde lo cogiera la noche.

     Pero de este juglar, pilar de la modernidad del Caribe, hay mucha página que entintar; a valores como este, el pueblo vallenato lo declaró ‘Compositor vitalicio’, junto a Tobías E. Pumarejo, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta, Calixto Ochoa y Rafael Escalona. De él, hay mucha página que entintar, lo repito, y pendiente queda para la Parte II de esta crónica que aquí no finaliza sino en próxima Columna.

 

Nury Ruiz Bárcenas

Escritora-Periodista cultural

Orden José Consuegra Higgins

funescritoresdelmar@gmail.com