Ya sumaba 12 años y 3 meses sin ver llover en Soledad-Barranquilla, ¡sin ver llover en mi pueblo!

     Ya hasta me había olvidado del arroyo ‘Salao’, ese que, cuando yo tenía seis años, dejaba sobre la arena blanca del cauce recorrido, tras fuerte aguacero, un reguero de monedas de a centavo —fénomeno para el cual nunca encontré explicación razonable—, que salía a recoger con mi hermana Sol María y mi primo Marco Tulio.

     Para entonces, el arco iris pintado en la bóveda celeste me obligaba a soñar despierto con el Edén y el dorado del ‘sol del conejo’, ese de las 5:00 de la tarde tras lluvia caída, me hacía recrear, sin conocerlas jamás, las jornadas de caza de mi padrino-tío Ángel Niebles con el señor Marín y mi viejo: que ese, el lapso del ‘sol del conejo’, era el tiempo preciso para una buena ‘montería’ de piezas del rodeor, de acuerdo con lo que me aseguraba Francisco Javier, mi padre.

     Aunque en la caótica Bogotá ya es normal ver calles y carreras convertidas en crecidas corrientes pluviales en medio de borrascosa perturbación atmosférica: aguaceros acompañados de ‘nevadas’, granizadas, centellas, rayos y truenos, tales escorrentías no rugen como ruge hoy día —ahora, un asesino pluvial— el ‘Salao’ en mi pueblo, Soledad, y como desde hace sus buenos decenios han rugido, anunciando generación de destrucción y muerte, los arroyos de Rebolo, La María, de la 84, y pare de contar, en Barranquilla, en otrora ‘La Arenosa’. Que cuando en verdad lo era, no padecía tan crudamente con el invierno. Hoy, como lo contó el otro día Nury Ruíz Bárcenas en ‘La columna cultural’ de su autoría, la ingeniería ha obligado a tales cauces pluviales a correr hacia el río, subsuelo adentro, canalizados subterráneamente.

     La Lluvia y la post-lluvia bogotanas no huelen como, para mí y mis evocaciones, siguen oliendo las de mi pueblo.

     En Soledad-Barranquilla estuve hace un mes y una semana. Estaba allí para asistir a la misa por el primer aniversario del fallecimiento de mi hermana mayor, Ena Isabel… Llegué la tarde del sábado 6 y fui recibido, en el Ernesto Cortisozz, por una garúa —pertinaz llovizna—… El domingo 7, después del oficio religioso, ya no fue garúa sino un chaparrón y, entonces, retornaron aquellos olores de infancia durante y después del chubasco. Y había de 

volver a situarme en el centro de una borrascosa perturbación atmosférica barranquillera, clásica en octubre, un día después, en plena Barranquilla.

     Tras guarecerme por algo más de una hora en una oficina amiga, había de salir a andar, a pie o en taxi o en bus, en medio del aguacero. Y es que había agendada una cita para almorzar en el restaurante Rex, esquina de la calle 37 con carrera 45, Líbano, allí donde por años funcionó el icónico teatro Rex que, tras 60 años de ser

emblema para la proyección de buen cine, había de comenzar a fenecer lentamente como tal al haberse convertido en proyector de películas XXX: ¡refugio y cueva de placer para solitarios pervertidos!

     Ahora, restaurado —coqueteándole de pronto al agite cultural Caribe—, el Rex había de ser el escenario adecuado para ir a pasar un buen rato, meterse en un “viaje en torno a la sonrisa”, un rato cargado de bla-bla-bla de la buena con un ‘Cazador de historias’, preámbulo para “el ejercicio de la amistad bien caminada”.

     Para llegar hasta allí, una vez amainó el aguacero, debí cruzar, para pasar de una acera a la otra, tres puentes ‘moviles’, extendidos sobre las escorrentías por diligentes rebuscadores del día a día. Yo lo hice por tales puentes, otra gente prefería ‘bicitaxi’, como que a manera de entrar en la onda y ponerse a la moda.

     No me perdonaría jamás no decir dos cosas: allí en el Rex me almorcé una ‘cipote de guandulada’, clásica barranquillera, clásica soledeña: con abundante carne salá, ¡y sin papa, por Dios, como tiene que ser! Juan Carlos Rueda Gómez —autor oral de las dos frases que, entre comillas inglesas (“”), utilicé en párrafo anterior— prefirió otro plato, aunque degustó guandú, como yo degusté del de él. Y así, ya dije las dos cosas que tenía que decir.

     Pero antes, minutos antes de que fueran servidas las viandas —muy coja la atención al cliente en el Rex—, recibí una sorpresa que me tramó: “Querido colegaamigo José: Esta fotografía registra nuestro reencuentro después de muchos años de no vernos, que, afortunadamente, no afectaron nuestra amistad. Tu bella hija Claudia, nuestro amigo Toño Quintero y la gélida Bogotá, fueron testigos de ese caluroso e inolvidable momento. Pongo en tus manos estos 25 relatos esperando se alojen por siempre en tu corazón. ¡Gracias por el afecto, gracias por la amistad!”.

     En aquella tarde gris, sin ‘sol del conejo’, allí en Barranquilla, otra lluvia me bañaba: ¡un aguacero de emociones! No era para menos: obsequio del libro de su autoría —el cual fue parido por Juan Carlos tras mil pujos—, entrega personalizada, dedicatoria como leyenda de esa fotografía, a full color,

incorporada, impresión especial para este ejemplar… ¡No era para menos! 

     Pero mucho quedaba por disfrutar aquella tarde barranquillera en que había vuelto a ver llover en mi pueblo. Dejado atrás el restaurante ‘Rex’, Juan Carlos me invitó a andar —¿o a desandar?— senderos de toda nuestra vida en Barranquilla, para que, cagados de la risa, nos tomáramos una y veinte ‘selfies’ a fin de tener recuerdos.

     La meta inicial, cruzando calles y carreras —frente a la nomenclatura, unas descendentes, otras ascendentes—, era la restaurada Intendencia Fluvial, con paso obligado por el Parque Cultural del Caribe y el encuentro con la ‘escultura viva’ de Gabriel García Márquez y frente a la cual había de sorprenderme sobre manera. Sorprenderme, sí, porque, desde mi punto de vista, desde mi subjetivismo, su rostro, de perfil, no se parece en nada al perfil de Gabriel García Márquez que yo conocí, que yo conservo tras haberme sentado a su lado en el interior de un avión de Iberia, en el aeropuerto Ernesto Cortissoz, ni al del premio Nobel de Literatura, en cuya imagen nos recreamos desde 1982 sin habernos detenido a pensar en el implacable paso de los años que, como a cualquier humano, había de pasarle al Gran Maestro del Periodismo y la Literatura universales.

     La escultura homenajea al Nobel de Literatura y es un proyecto desarrollado por el Parque Cultural del Caribe, en conjunto con la Cancillería de Colombia en Cuba y el Ministerio de Cultura de Colombia, pero...

     ¡Ah!, Gabriel García Márquez, quien, aunque de pronto no lo crean, mucho tiene que ver con el libro de Juan Carlos Rueda Gómez —Juanka, para mis afectos—: el escritor de Aracataca terminó por ser el autor del título de la obra que ha cumplido un año de su

publicación, de su presentación oficial: ‘Cazador de historias’.

     De esta primera edición —con cuya circulación Juanka se siente plenamente satisfecho—, aun quedan en lo estantes del autor cien ejemplares que él ha comenzado a mercadear entre sus amigos de Facebook, que son como cinco mil.

     Juanka tiene un objetivo para final de año: pasarla en la Sierra Nevada de Santa Marta, en una Casa Cultural regentada allá arriba por la Fundación Kaby. Esa sería la meta de un ejercicio cuya exitosa ejecución recrea en su mente creadora, en esa mente que no se cansa de soñar y cristalizar cosas en procura de dibujar sonrisas, una y otra vez: dibujar sonrisas no solo para él, sino para la gente, gente conocida o gente apenas por conocer. “Tu risa refresca el alma”, había de decirle alguna vez un amigo que llegó hasta donde él, con cierta amargura en los pliegues de su alma. ¡Y cierta mala cara!

     “Una sonrisa es el regalo más facil de dar”, dice Juanka. “Para sonreir, solo se requieren 24 músculos del rostro. Para poner una mala cara, se necesitan 240 músculos”, puntualiza. ¡La interacción de 240 músculos para un rostro uraño! Una teoría que maneja Rueda Gómez, gracias a una abundante lectura sobre el tema, su permanente

actualización en torno a su misión de dibujar sonrisas.

     Y otro deseo de ‘El cazador de historias’, ad portas de cristalizar, es, precisamente, irse de “viaje en torno a la sonrisa”… Emprenderlo, primero en su entorno urbano, local, en Barranquilla: montarse en los buses, distribuir entre pasajeros, conocidos o no, ‘marcadores de lectura de libros’ —los señaladores de la página por la cual se avanza en una lectura—, y botellas de plástico decoradas, pintadas. Y echar su carreta para reafirmar lo que ha de transmitirse en los marcadores y las botellas: frases de su autoría o de otros, expresiones tomadas de la calle, textos motivadores a vivir en sonrisa. Y esa carreta ha de cerrarla con sutil y amable chantaje: “Solo recibo de 500 pesos en adelante”. Y con ese cuento, ‘El viaje en torno a la sonrisa’, tiene, inicialmente, metas volantes: Cartagena, Santa Marta, Riohacha, Montería, Sincelejo, Valledupar, presentar su cuento en los recorridos del transporte interdepartamental. Y hacer realidad su sueño de viajar, sin parar, allende la región, fronteras más allá de la Nación.

     Y se va en esa travesía, siempre dispuesto a cazar historias. Recreando, con todo el derecho del mundo, aquel encuentro con Gabriel García Márquez durante el Festival de Cine de Cartagena, en 

el Fuerte La Tenaza, en marzo de 1994. Ernesto McCausland buscaba material para su ‘Mundo costeño’ y dialogaba con el Nobel de Literatura, mientras Juanka —segundo a bordo en el programa de McCausland— asumía, a la distancia, la actitud discreta del escudero, aunque estaba pendiente de todo cuanto aquellos dos hablaban.

      García Márquez había de decirle a McCausland que tenia dos referentes de su programa televisivo: ‘Virgen a toda prueba’ y ‘Yo conocí a mundo lindo’, y le expresó que… “¡Nojoda!, qué vainas tan buenas”…

     McCausland aceptó el elogio, pero le aclaró a su contertulio que el máximo mérito era de Rueda Gómez.

     Y entonces, los dos llamaron a Juanka. Y cuando este estuvo frente al laureado escritor, sintió en su pecho, puyándolo, el dedo índice del autor de ‘Cien años de soledad’, una, dos, varias veces, mientras le decía: “Tú, ¡te jodiste!”… Y Juanka se asutó… “¡Tú no eres periodista!”… Y Rueda Gómez comenzó a sudar frío no solo por tal 

aseveración, sino por el peso intelectual de quien provenía… “Tú lo que eres es… ¡un ‘Cazador de historias!’”… Y Juanka se ruborizó… Y había de comenzar a temblar, ahora de la emoción, mientras sus ojos comenzaban a hacerse agua… ¡¿Quién no?!

     Y es que las circunstancias de ‘Virgen a toda prueba’ lo corroboran: visita a las oficinas de El Heraldo en Valledupar, ante los ojos siempre auscultadores de Rueda Gómez, un formato para ordenar avisos clasificados y ¡oh, sorpresa!: “Se le ruega a quien haya oído decir que Rosa Castañeda no es virgen, ni vaginal, ni anal, ni oralmente, se lo informe al Juzgado Único Promiscuo de Fundación, Magdalena… Hay buena gratificación”, leyó.

     Frente a tal clasificado, una y otra vez léido para poder creerlo —y con la certeza de que no saldría publicado en El Heraldo, como no salió, aunque la receptora del texto dijera en dejo sandieguero que “ella lo pagó, hay que publicarlo”—, Juan Carlos Rueda Gómez le transmitió lo que acababa de cazar a Ernesto McCausland para que este, a las volandas, dejara todo en Barranquilla y partiera hacía Algarrobo, Magdalena, para comprobar que en ese pueblo, en efecto, vivía ‘una virgen a toda prueba’…

     Mucho de ese “viaje en torno a la sonrisa”, mucho de ese desandar calles del pasado por las que hubo de llevarme Juanka aquel lunes lluvioso de octubre en Barranquilla, se queda en el tintero, a lo mejor para embadurnar otras pantallas.

     Aquel “ejercicio de la amistad bien caminada”, me procuró dos momentos para el recreo de recuerdos de agradable pasado: Uno, la evocación forzada, allí en la calle 43, entre carreras 46 y 50, de aquel andar en moto —parrillero de Neyía Vargas Pacheco— por las inmediaciones de aquel edificio en cuyo segundo piso observamos a una joven mujer rapada, hecho que nos obligó a regresarnos y a cazar una historia, con pelos y señales, en torno a esa chica, bella por cierto, que se atrevía a romper esquemas, comienzo del decenio de los 80, y mostrarse cabeza pelada como si nada. Una historia que, en aquel momento, no era del agrado total de Olguita Emiliani, pero que se publicó en El Heraldo.

     Dos: La insistencia en saludarnos, a Juanka y a mí, de aquella mujer de gafas redondas que, desde la otra acera, gesticulaba como si fuéramos amigos de años… Al rompe, no sabíamos quién era… Cuando dijo mi nombre y me obligó a cruzar la vía para acercarme más, lo supe: se trataba de una excompañera de trabajo en El Heraldo: la asistente del departamento de publicidad, en mis época de periodista del diario barranquillero, Jacqueline De la Cruz. ¡Qué grato momento!

     Al despedirme de Jacqui y Juanka y subir al bus que me llevaría a Soledad, volví a oler el olor de la post-lluvia en mis años de infancia. Mi alegría era total, tras haber vuelto ver llover en mi pueblo, doce años y tres meses después, y haber andado ese reconfortante “viaje en torno a la sonrisa” al lado de Juan Carlos Rueda Gómez, ‘Cazador de historias!’, ‘Dibujante de sonrisas’, un bacán de siete suelas…