Iglesia de Puerto Giraldo, pintoresco pueblo del Atlántico. Escenario de varios hechos narrados en este capítulo.

     Para esos años del 76 y el 77, trataba de mejorar mis ingresos sirviendo de asesor a los amigos y familiares en sus declaraciones de renta y patrimonio. Me había comprado una maquinita portátil Brother y con ella me perdía los fines de semana, hasta los pueblos cercanos, particularmente por los lados de Puerto Giraldo, en donde aprovechaba para visitar a la parentela de Maritza. Les hacía sus declaraciones de impuestos a mama Flor, abuela de Maritza, a tío Mañe y a algunos miembros de la familia Colpas.

     Nos íbamos los sábados desde tempranas horas, con José Rafael de pocos meses y Maritza embarazada de nuestro segundo retoño. Nos tocaba transportarnos por la ruta de Sabanalarga y, desde allí, tomar el transporte hacia ese pequeño poblado a la orilla del río. Solíamos entonces recordar en el viaje cuando éramos novios y las veces en las que iba a visitarla a donde la abuela regañona y conservadora. Entonces, nos venían a la memoria todos esos cuentos que nos pasaban en el puerto.

     Como aquella cuando una vez en carnaval llegué sin avisar y mi novia, de rumbera, se fue en un camión para Campo de la Cruz y me la pillé en la jugada, por un aviso que me dio su hermano Luchito, quien era mi llave en estos asuntos. O de la otra ocasión en que nos fuimos a una verbena a Giraldito y un individuo medio embriagado, intentó sobrepasarse en medio del baile con Maritza y cuando le reclamé en forma airada y casi dándole golpes, le grité:

     “Bueno ¿y usted quién se ha creído que es? ¡Respete a mi novia!”.

     Y el tipo, todo energúmeno, me respondió:

     “Respete usted! No ve que soy el tío de ella”.

     En efecto de trataba de Juancho Martínez, tío de Maritza que se cargaba una pea que no se podía casi sostener en pie y a quien no conocía.

     En cuanto a las relaciones con la abuelita de Maritza, se desarrollaban de lo mejor, pues orgullosa del doctorado, no admitía que nadie me faltara al respeto. Con todo, era la mujer más importante de esa parte del departamento y, en mi mente, la he imaginado así:

     Cuando se le veía, no era posible determinar la edad a primera vista. Aun cuando hacía rato que peinaba canas, la recta posición del cuerpo y la altivez de su mirada hacía más difícil asegurar cuántos años habían corrido desde la fecha de su nacimiento. Su voz, de la cual sus nietos recordaban que sonaba a trueno cuando les llamaba, denotaba un fuerte carácter, propio de las gentes que no solo representan autoridad, sino que le brotaba con una propiedad que la hacían una persona única para quienes le rodeaban.

     Tal vez la vida de maestra de pueblo, y algunas otras cosas que con el tiempo se fueron revelando, se encargaron de irle forjando esa manera de ser. Lo cierto es que, en aquel corregimiento de las orillas del Magdalena, se respetaba la opinión y el modo de vivir la vida de Flor Romero Cabarcas. Algunos, la mayor parte de los habitantes del pueblo, sabían cómo se cocían las habas en la casa de la viuda doña Flor, como a veces le llamaban. Solo un tipito, que no alzaba el metro sesenta y cinco del suelo, zungo como los nativos de Ciénaga y con la nariz aguileña, lograba sacarla de casillas con sus desplantes de liberal pura sangre. Era mi suegro.

Colegio de San Roque, en Barranquilla. Allí hubo de guarecerse el autor con su esposa y su pequeño hijo Rafael. Aquel pasaje se recrea con sabor Caribe en esta novela.

     Y es que la poderosa mujer, además de practicar las doctrinas de Laureano Gómez, era la mamá de Ana Cecilia, una muchacha espigada y bella que, años atrás, se había casado “con ese negro zungo”. Por tanto, la respetable dama era suegra de Carlos Julio, el morenito aquel que invadió la tranquilidad en el reino de Flor. Dos motivos bien marcados, que cada fin de semana brotaban cuando el yerno se tomaba unos tragos y sacaban a flote la rabia de la matrona; cuando se escuchaban los gritos de vivas a Gaitán y al partido liberal que, con toda intensión, el exaltado pariente le espetaba en la puerta de la casa.

     Flor Romero Cabarcas, no toleraba semejante comportamiento y valida de su autoridad, ordenaba al inspector de policía de Puerto Giraldo, a quien conocían por el remoquete de ‘La Veloz’, que pusiera preso al atrevido ciudadano, orden que, en atención al apelativo de la autoridad policiva del lugar, se cumplía a rajatabla, pero resultaba medianamente eficaz, puesto que la cárcel quedaba en diagonal a la casa de la ofendida y los gritos de Carlos, ampliados por la denigrante medida de privación de la liberta, por orden de la suegra, no hacían sino elevar el sonido de la protesta.

     Entre tanto, doña Flor ofrecía mil excusas a Laureano Gómez, que permanecía entronizado en una gran foto en la sala, y quien, con su mirada, entre enigmática y burlona, vigilaba y le hacía seguimiento a todos quienes entraban a aquel santo hogar, según decía la dueña de casa. Para colmo de males, todos los cónyuges de sus hijos, hembras y machos, resultaron siendo liberales, ante lo cual la mujer se lamentaba cada que se acordaba de semejante situación, elevando su voz al cielo y diciendo:

     “¡Dios mío, ¿qué te he hecho para merecer semejante castigo?!”.

Gustavo Gustavo Rojas Pinilla, con especiales seguidores en Puerto Giraldo.

     Con los años, y como aceptando la realidad, el lamento desapareció y no quedó más remedio que tomar las cosas de una manera menos severa. Cuando la conocí, aun cuando el culto a Laureano prevalecía con la imagen campeando en el centro de la sala, sus prevenciones acerca de los liberales habían bajado sensiblemente de tono. Conservaba esa arrogancia que la hacía más hermosa e interesante a pesar de los años. Su autoridad, era reconocida y respetada.

     Otro personaje que, emocionada, recordaba, era al General Rojas Pinilla, pues a su hijo Mañe Martínez le entró la ventolera de confesarse anapista, militante del partido del expresidente. Y poco tardó ella misma en seguirle las ideas al entonces líder de la oposición en Colombia.

     Hacía alarde de que la Nena Rojas, hija de su ídolo, había dormido en su casa durante la campaña contra Pastrana y guardaba celosamente las ropas de cama que se habían utilizado en aquella ocasión. Poco faltó para que pintara la casa de azul, blanco y rojo, los colores del partido. Era una mujer muy apasionada.

     Muchos, acudían a su consejo y sus nietos le rodeaban para escuchar sus palabras sabias. Su voz inflexible era acatada de inmediato y aun cuando insistía en que su visión estaba perdida, era todo un deleite escuchar su descripción de cómo iban vestidas las muchachas que cruzaban por el sardinel de enfrente. Si hasta señalaba que la comadre “doña Julia Llinás se estaba asomando por la ventana”.

     Para la época, estaba recién casado con su nieta Maritza del Socorro, y como me desempeñaba en la Administración de Impuestos de Barranquilla, aprovechaba para elaborar las declaraciones de renta de algunas personas en el pueblo. Recuerdo la más sonora de las carcajadas de la abuela Flor, cuando le contaba que alguno de mis clients, a la pregunta de cuántos semovientes poseía, me había contestado: cinco canoas.

     Después de que cesara su risa gloriosa y sin que mediaran más indicios, me dijo sin parpadear y sin titubear, el nombre del ignorante contribuyente y entre los dos quedó el secreto. Eso sí, cada vez que escuchaba la palabra “canoa”, se moría de la risa.

     En uno de esos viajes a Puerto Giraldo, al regresar a Barranquilla, nos sorprendió una tormenta entrando a la ciudad. La cortina de agua era impresionante y el camión que nos traía nos dejó en la puerta del colegio San Roque. Allí estábamos refugiados, con Maritza, con el niño Rafa aún de meses en brazos y protegiéndolo como podía contra la tempestad, cuando un campero paró y el chofer nos hizo señas de que nos embarcáramos en el carro.

Bocachico frito, a lo barranquillero…

     Era un conocido hacendado del Magdalena que, al ver nuestra emergencia, se apiadó ante semejante cuadro y nos llevó hasta la puerta de la casa en el barrio Olaya. Su nombre: Hernando Lafaurie Peñaranda, a quien desde entonces distinguíamos en las crónicas sociales de la Costa.

     Pocos días despúes, doña Flor pasó algunos días en nuestra casa del barrio Olaya, por algunos exámenes médicos que necesitaba. Parecía que era alguna enfermedad del corazón y el galeno recomendaba una dieta estricta, libre de grasas y entre los alimentos recetados, el pescado encabezaba la lista.

     Pues bien, fiel a esa orden médica, la abuelita almorzaba casi siempre con unos deliciosos bocachicos que le hacían agua la boca a los presentes. Cuando se le reprochaba que el médico lo que había sugerido era el pescado de mar, con una sonrisa socarrona decía: “Pescado es pescado” y seguía comiendo como si nada, a pesar de que la grasa escurría por sus dedos.

     Lo cierto es que después de ese episodio, Flor Romero Cabarcas vivió muchísimos más años. Si hasta el doctor Cadena, que era todo un roble y su médico de cabecera, rindió cuentas al Señor muchos años antes. Creo estar escuchando el comentario de doña Flor cuando se enteró del deceso del médico:

     “Eso le pasó, por no comer bocachico”.