En la vida no eres propietario de la suerte ni de la amistad, ellas no se compran, llegan por sí solas o son el premio de nuestros buenos talantes.

     Los perros nos ven como dioses y los caballos como a sus iguales, pero los gatos nos miran como si fuéramos sus súbditos... Así es como Wiston Churchill definía a nuestro protagonista de hoy. Los gatos son enigmáticos; pero también son cariñosos y una de nuestras mascotas más queridas.

     Hace algún tiempo —no recuerdo día ni fecha, tampoco la brecha, pero fue a la hora del desayuno—, nos pasmó un chico muy pequeño, tan menudo que se podía cargar en la palma de una mano, el visitante inesperado a quien no conocíamos por estos lares y no era esperado, ni invitado, ni convidado, todo peludo cómo un muñeco o tal marioneta de felpa de los que vemos en las casas de muñecas, caminó elegante y silenciosamente hacía nosotros moviendo suavemente su cola y su nariz con bigotes largos y blancos.

     Con ojos salientes grandes, grises, deslumbrantes cómo boliches de

cristal transparente, con su delicada e inocente mirada ojeando cómo si nos conociera de siempre, inclinando su cabeza y moviendo lentamente sus orejas cómo saludando y escuchando, sus gestos y señas conmovieron nuestro ser. Sin ningún temor y con extrema confianza pasó a nuestro lado, rozando su cuerpo contra nuestras piernas debajo de la mesa, con la cola bien levantada, era un crío que nos adoptaba a nosotros: con su simpatía, ¡rápidamente se ganó un puesto primordial en la familia!

     Yo desmoroné un pedazo de pan le di para que comiera, mientras toda mi familia, atónita, lo miraba. Mi hijo lo alzó suavemente, lo acarició y continuó dándole alimentos y sobando su pelaje, él, agradecido, nos maulló, creo que nos decía «gracias», ese pequeñín fue la atracción del día,  estuvimos pendientes cuidándolo y sonriendo de sus travesuras.

     Sus orejas eran dos triángulos más grande que la cabeza, en ocasiones se acurrucaba y miraba a su alrededor. Envolvía sus patas con el rabo en una posición de tranquilidad y tomaba posesión de su entorno como todo un gobernante altivo y dominante o sentado, muy tranquilo, ‘pilo’ y reflexivo.

     Le dimos por nombre ‘Michín’ y rápidamente entendió. Al llamarle paraba sus orejas, su cola y abría más sus ojos, tornándolos bien claros, y corría a buscar a quien le llamaba, pero era muy pedigüeño, no desaprovechaba oportunidad para maullar por comida, pero con su encantadora mirada cautivadora se expresaba y reinaba en la casa como la mejor mascota.

     Pero él no llegó solo, trajo suerte, amor y tranquilidad. Me quedaba asombrado al verle, buen cazador, sus silenciosos movimientos, con agilidad y mucha precisión: no erraba, era un pequeño tigrillo. Dicen que ellos son terapéuticos, calman el stress, la presión y la depresión.

     Siempre, después de cenar, me siento en una mecedora de mimbre de

color castaño, lo alzo lo arrullo y gorjeo, acaricio su cabeza, se queda quieto, se duerme, difunde mucha paz, descanso, solaz, reanimándome después de un día de bastante trabajo.

     Cuando mueve su cola es una maravilla ver sus movimientos flexibles y elegantes mostrando gran dominio y poder de su entorno e independencia, su extremidad trasera parece un bastón mágico cómo el de un mago de circo, fascinador, que va exhibiendo diferentes formas en él show circense.

     A los seis meses había crecido unos centímetros siendo ya un joven más veloz, siempre pendiente a cazar ratones, insectos, aves y dar brincos: es un malabarista, gran equilibrista y juega con los niños, moviendo sus paticas con mucha suavidad, pero en ocasiones sacando sus uñas y arañando.

     En algunos ratos del día se la pasa con su lengua limpiando su cuerpo, es la forma de mantenerse limpio. Ellos son muy aseados. Cuando ‘Michín’ defeca en la arena abre un hueco, tapa el excremento arrojando tierra con sus patas traseras y tapando para no dejar huella de suciedad. Verlo me asombra, es uno de los animales más pulcros.

     No es raro que ellos arroguen su familia, sus sentidos agudos les permite seleccionar los lugares donde ampararse y permanecer bien y con quien convivir. Así le ocurrió a una amiga Lili su mascota la apadrino a ella y con sus gestos y cariño se ganó todo el afecto y amor de esa familia.

     Con el paso de los meses fue creciendo más y comenzó a perderse por algunos días, pensaba que alguien lo habían robado pero regresaba. El cuándo puede se pierde, es que es muy enamorado, se va a visitar a su novia por 

buen rato, al fin gato es gato.

     Investigando, me enteré de mucha información. Quedé asombrado: los gatos llevan más 9500 años viviendo con el hombre y les han hecho muchos monumentos y dibujos mostrando su importancia en la vida cotidiana. Los arqueólogos han encontrado restos de estos animales en tumbas y viviendas, mostrando la familiaridad desde tiempos remotos.

     Nuestro felino era ni más ni menos que un gatico de raza American wirehair según una enciclopedia que hay en casa donde consultamos, aunque tienen fama de ser poco cariñosos. Su pelaje gris con líneas oscuras y otras más claras, nos embelesó y fue bienvenido. Este mimoso resulto ser diferente a los de su especie por lo cariñoso, inteligente y curioso, siempre nos causa interés ver sus travesuras con objetos de colores llamativos, juega con bolas, cuerdas, trapos ja, ja, ja, total todo pequeñín es juguetón.

     Un día a mi hijo se le ocurrió bañarlo. Al querer secarlo, el animalito corrió despavorido al patio y mi heredero desconocía el motivo.

     Le comente una historia antigua, que hoy te compartiré.

     Cuentan en una leyenda que llevando Noé algunas semanas de navegación descubrió con horror que su nave estaba infestada de ratones. La pareja original de estos pequeños roedores había proliferado con tanta rapidez, que sus descendientes multiplicaban las incomodidades del arca…  Además, los ratones estaban acabando con las existencias de alimento para el resto del viaje. Noé se dirigió al león para pedirle su parecer.

     Este, que pertenece a los grandes felinos, meditó la súplica y concentrando todas sus fuerzas, suspiro profundamente, arqueo la espalda y estornudó con gran estruendo, expulsando por la nariz una pareja de gatos. De inmediato, iniciaron, sin que nadie les diera el aviso, su obra destructora, exterminando a todos los ratones que había en la nave, salvo una pareja que Noé capturo y encerró para perpetuar la especie. Según dice esa leyenda, desde ese instante el gato se mostró engreído, altivo y arrogante y como castigo Noé lo ató al puente del arca cuando más arreciaba la tormenta.

     A consecuencia de este castigo, no es de extrañar el terror que la mayoría de los gatos sienten por el agua.

     Un día Marta, una buena amiga, quien nos preparaba el almuerzo, corrió a mi escritorio toda asustada a eso de la nueve de la mañana, ella estaba pálida y muy temblorosa me decía con voz  entrecortada…

     —Don Edgar ¡Ay don Edgar!

     “¿Qué pasó?”, le pregunté.

     —No, no, no. ¡Ah en la cocina! —dijo ella—. ¡Hay, en la cocina!

     “¿Cálmate, cálmate, tranquilízate?”, le dije en tono fuerte.

     —En la cocina, en la cocina… —anotó ella en tono bajo decía)

     “¡Marta en la cocina ¿qué?!”

     “Una culebra, una culebra…”

     Nos asustó a todos, corrimos al sitio, mi hijo armado con el palo de escoba y yo con una espada algo vieja y oxidada, creo que es de las que trajo Cristóbal Colón en su primer viaje.

     Allí le preguntamos: “¿dónde está?

     Ella nos señaló en el horno de la estufa.

     Con el palo de escoba mi hijo abrió la portezuela.

     Miramos tímidamente y sí estaba enroscada la culebra, pero curiosamente ‘peluda’.

     Nos causó intriga.

     ¿Una culebra peluda?

     Ya tomando más confianza, buscamos una linterna, fij’ la mirada y era ‘Michín’, que no podía salir de ese cajón, andaba enredado con la parrilla. Todos reímos y pobre Marta: por varios días le decíamos “He visto un lindo gatito, ja ja ja…”.

     En otra ocasión, cierta noche, me despertó un sonido en la mesa junto a mi cama, vi en la oscuridad el bulto de un animal grande encima del mueble: ¡qué susto! Prendí la luz con temor a un ataque

del animal. Donde habito es una población algo selvática. Se ven animales raros y extraños insectos, pero al ver la alimaña, suelto la risa a carcajadas: era ‘Michín’, que estaba de cacería nocturna, en mí habitación. Ja ja ja…

     Hace más de tres meses nos cambiamos de casa y en el trajín de la mudanza, yo por estar pendientes a mis máquinas, enseres y varias cajas, me olvidé del gato. La verdad, al darme cuenta de que no lo llevamos a casa, me dio mucha tristeza. Volví a buscarle pero no lo encontré, algo me decía que el 

animalito sufría, pensé, ya es difícil encontrarlo.

     Pero desconocía que ellos con la orina marcan su territorio y hasta diez kilómetros detectan su olor, por eso siempre vuelven a su casa y cuidan su zona donde habitan, por eso pelean con los otros de su especie por su territorio y por otros motivos románticos no tan poéticos.

     Esto me daba una esperanza de reencontrarlo. Un buen día Uriel, mi amigo, quien ahora vive en la anterior casa, me llamó, me comentó que el minino estaba afuera en el jardín y que no se dejaba coger de nadie… Fui, lo recogí, lo lleve metido en una mochila a casa. Al entrar, él se salió de la bolsa de un brinco muy ágil y salió por la ventana a un zarzal de la finca del frente a nuestra casa donde era casi imposible pasar la cerca por los obstáculos y se extravió.

     Ese día pensé: ‘es para siempre, se perdió, pobre animal ojala no sufra y aprenda a cazar para vivir’. Nos embargó un dolor a todos en casa, no dijimos nada, pero las miradas mostraban ese dolor.

     Quince días después, al llegar a almorzar, lo encontré en la casa, se paseaba con gran confianza como todo un rey, sacando pecho y engreído. Mi hijo lo encontró en cercanías a la vivienda antigua y, sutilmente, lo llevo a casa. Esto me alegró mucho, sentí una alegría, fue cómo encontrarme con un viejo amigo o un buen familiar.

     Todos las noches, cuando llego a casa, sale y me mira cómo saludándome, batiendo lentamente su rabo… En ocasiones le alzo y se deja acariciar, quedando dormido muy tranquilo.

     Hace unas semana llegue a almorzar, pero mi amigo ya no estaba, su plato en el piso junto a la nevera con algo de comida permanecía esperándolo, por un tiempo conservé la esperanza de su retorno, me pareció anormal y me entró la sospecha de que mi mujer lo regaló.

     Por varios días medité en torno a quién se lo podía haber regalado y llegué a la conclusión de que Marta lo debe tener en la finca, al norte de la ciudad, a una hora en auto. Lo puedo traer, pero en la finca estará muy bien a campo abierto, jugando y aprendiendo de sus nuevos amigos, pues, sabes, la finca es cómo un colegio para los mininos.

     Los colegios son los lugares donde jugando se va aprendiendo y leyendo, como los gatos en el campo aprendiendo, cazando y retozando. 

     Hace dos días estuve en casa de Marta y le pregunté por ‘Michín’, pero me afirmó no saber nada de él. Ahora tengo que buscarlo por el barrio y la finca frente a la casa. Un amigo nunca se puede abandonar.

     Mandé a fotocopiar un retrato de ‘Muchíon’, con una nota ofreciendo recompensa y los celulares donde llamar y las hemos pegado en varios sitios del barrio.

     Recibí algunas llamadas de bromistas que en principio me alentaban.

     Todos los días y todas las noches espero llegar a casa y recibir noticias del amigo, pero no hay rastro.

     Ya han pasado quince días… Y ha aparecido muy campante el sinvergüenza, feliz, acompañado de su compañera, una gatica blanca, muy bella, de ojos azul marino y con cuatro cachorros emotivos, grises con blanco. ‘Michín’ nos volvió abuelos Ja ja ja…

     La familia se creció… Los pequeños gatitos son un poco traviesos, ya me dañaron el cojín de la silla de escritorio. Ja ja ja…

     ¿Alguien quiere un gatico?

     Edgar de Jesús Awad Virviescas

     Yopal octubre de 2018

     Desde uno de los países más bellos del mundo Colombia.