Dicen que cuando los marineros ingleses se bajaban del puerto de Santa Marta y salían a divertirse, uno de sus pasatiempos preferidos era el de ponerse a jugar futbol, improvisando una cancha en los linderos del muelle y, dicen también, que el primer vecino que se les acercó para mirarlos jugar fue un pescaitero.

     En el libro de El Espectador (2008) ‘Cien años del futbol en Colombia’, hablando de la alborada del futbol en nuestro país, se utiliza el relato de Moisés Ponce, un ferviente dirigente oriundo de Santa Marta, que llevo a

los samarios, a ganarse los primeros juegos nacionales en 1928. Antes y después, de esta época, Santa Marta fue potencia del fútbol, disputándose la rivalidad con su vecina Barranquilla.

     Ponce sustenta la teoría de que el futbol nació en la samaria, ligada a la actividad económica del banano ─guineo─. Esa actividad produjo forzosamente un atraque al único muelle samario de entonces, de naves europeas, especialmente inglesas y el desembarco de sus visitantes. Dice la mencionada fuente: “Llegaban a la bahía los jueves, atracaban los viernes y cargaban desde las seis de la tarde hasta el amanecer del sábado. Fue en 1909, entonces, cuando el primer balón tocó tierra colombiana, fueron los marineros del “tortuguero”, quienes improvisaron en el playón ─en terrenos que hoy ocupa el muelle samario─, una portería en la que colocaron a un marino y otros se disputaban a ras de piso el derecho de introducir el balón”. Para octubre del mismo año, según la fuente, se disputaría el primer partido en tierra colombiana en el mismo sector del playón entre jugadores samarios e ingleses que, como es de suponer, ganaron los extranjeros por goleada.

     Desde entonces, se regó, como verdolaga en playa, la pasión de ver correr detrás de un balón a un poco de gente, en los solares, esquinas, parques, campos o potreros de todo el país y, aunque al principio, era una actividad indiferente para el grueso de la población que apenas se estaba reponiendo de la última guerra civil del siglo anterior ─la guerra de los mil días─, el germen recorría todo el cuerpo del país.

     Entonces, Colombia hacía esfuerzos por salir de su condición rural e instalarse como Estado capitalista en la generación de divisas, de acuerdo a la división internacional, en torno a dos productos de exportación: el café y el 

banano, que lo instalaran en el mercado mundial. Fue así como la producción bananera fue ejercida desde 1890 por la Colombian Land Company, fundada por el inglés Minor Keith para la exportación del banano, la misma empresa que, a partir de 1906, se denominó United Fruit Company, de ingrata recordación por la matanza de las bananeras. En esos 20 años, antes de que empezara el primer remedo de partido de fútbol entre ingleses y samarios, seguramente los abuelos y parientes de los Valderrama, Bolaño, Palacio, Gonzales, Granados, Rojas… etc.,  observaron  a aquellos marinos ingleses correr detrás de un balón y encontrarle el sentido a la pasión que despertaba. Seguramente el primero de ellos que entablo relación con los extranjeros fue

utilizado de recoge bola, pero fue el gancho para vincular a sus paisanos al deporte que hoy despierta más pasiones a nivel mundial.

     Ese fue el comienzo, de la escuela samaria que hoy tiene una lista larga y brillo con luz propia en los pies de Alfredo Arango y ‘El pibe’, pero también en los que no alcanzaron por múltiples circunstancias a jugar en la primera división, como lo fueron, John Rojas y ‘Catira’ Simanca, entre otros.

     El producto de esa escuela de jugadores exquisitos que manejaban el balón con pies de poetas fue la Selección del Magdalena de la década del 60, que se convertiría en el Unión Magdalena ─‘El ciclón bananero’─, que hoy vuelve a la primera división después de 13 años de olvido. Para regocijo del futbol de la costa y del país, vuelve un histórico con estadio nuevo. Esta vez, por fin, cuenta con una nueva administración y es perentorio que su viejo dueño, Eduardo Dávila, no vuelva a dirigirlo.

     Si Santa Marta está cambiando, el Unión también lo está haciendo, haciendo despertar a una hinchada que se había desilusionado. Ahora lo que sigue, es gozar de un clásico con el Junior en el ‘Sierra Nevada’ o con los grandes

de Bogotá, Cali y Medellín.

     Ha llegado la hora de renovar aquel título del 68 y no permitir, nunca más, ver al ciclón enterrado en el olvido. Para lograr eso, es preciso recordar que fuimos la escuela más grande del futbol colombiano, desde aquel día en que los pescaiteros improvisaron un partido con los marinos ingleses.

     Ahora que vaya a la samaria, brindaré con mi hermano Gustavo, que siempre me llamó desde el ‘Sierra Nevada’, cuando el Unión hacia un gol, en medio del ruido de la sirena de balín y del jolgorio y el repiqueteo de la tambora samaria.

     Como dijo un cienaguero, la otra vez sentado a mi lado en la tribuna: “Primo, cuando el Junior hace un gol siento alegría, pero cuando lo hace el Unión, siento un orgasmo celestial”.

     ¡!Que Viva ‘Pescaito’ y que viva el Unión¡!

*