Crónica de carretera

     La pasada semana realicé un viaje a Valledupar durante varios días. Abordé un autobús de la empresa Brasilia Premiun, de esos que parecen llevarnos más por aire que por suelo. Un buen viaje de cinco horas y media, tiempo que aproveché en la corrección de estilo de un libro. Sin embargo, desde la ventanilla donde me correspondió sentarme, la vista se recreaba a medida que el autobús ganaba carretera; campos verdes por un lado, por el otro algo amarillentos, pero siempre tupidas praderas; casuchas empobrecidas al pie de la vía, negocios de tenderetes, niños con mocos en sus narices y mujeres embarazadas trajinando de sol a sol. A medida que los minutos transcurrían en las

primeras horas de la mañana, lo gris y fría que había amanecido se tornó en salida de sol y brillantez sobre la hierba.

     Desde Barranquilla (Atlántico), ciudad señorial, cosmopolita y pluricultural, orgullosa de su Carnaval, hasta Valledupar (Cesar), cuna del Festival de la Leyenda Vallenata, se recorren 302 kilómetros de carretera bien pavimentada, sin envidiar a otras grandes autopistas de ciudades vecinas o quizá de grandes ciudades en el extranjero. La accidentalidad se sucede por los dos grandes errores que se cometen: exceso de velocidad y conducir en estado de embriaguez. En el caso de los

autobuses departamentales de lujo, el servicio es excelente; sus choferes visten uniformes como pilotos de avión, cuya vestimenta los hace comportarse con decencia pues su autoestima se eleva a la condición de querer ser los mejores, prudentes y cuidadosos en su labor de conducir.

     Pero a lo que quiero referirme básicamente en esta crónica de carretera es a las vías, a los acercamientos que pueblo a pueblo, ciudad a ciudad iba recorriendo el transporte tanto de ida como de vuelta. En ambos trayectos reflexioné sobre lo mismo: la tierra no cambia de piel, sino de alma. ¿En qué sentido? Pues en que todos los

seres humanos somos iguales, mantenemos parecido comportamiento, muchos o pocos esfuerzos para seguir adelante en la vida, pero la lucha es igual: mismos dolores, mismas alegrías, iguales tristezas, grandes melancolías. Lo detecté a través de una amplia ventanilla de autobús viendo cómo las personas sudan para buscar el pan decada día, a esas mujeres que día a día se paran al pie de la vía para ofrecer sus productos hasta sudar ‘la gota gorda’ con la que llevan el sustento a sus hogares. Los hombres, unos buenos, otros no tanto, en igual condición: tal vez cargando sobre sus hombros la tristeza por querer un futuro mejor sin poder alcanzarlo a pesar de sus esfuerzos.

     La tierra no cambia de piel, sino de alma. Lo comprobé al pasar por esos nueve sitios, pueblos y ciudades al salir del Atlántico hasta entrar al departamento del Cesar, como fueron: Ciénaga, Palmor, Tucurinca, Aracataca, Fundación, Ariguaní, El Copey, Bosconia, Mariangola, hasta entrar a Valledupar.

     Y es que la región Caribe, como territorio natural que conforma la República de Colombia, es histórica, social y culturalmente una de las más importantes del país; parecidas son sus tradiciones y formas de vivir que la hacen distinta notoriamente de otras regiones del interior. Su grupo étnico predominante es el mestizo, sin dejar atrás sus ancestros indígenas.  

     Así fui dejando pasar el tiempo de recorrido reflexionando sobre la grandeza de Dios al habernos obsequiado una naturaleza maravillosa con extensos campos verdes, llanuras, montes, sabanas y sierras para recrear no solo la vista con su verdor, sino también el alma con su esplendor. Aunado a esta sensación, se encuentra la alianza de conocimiento y aprendizaje que nunca termina donde se involucra la sociedad, la familia y al Estado. Todo ello, casi de manera invisible, pero que se denota al pasar por cada pueblo y ciudad recorrida.

     Después, apenas regreso a Barranquilla, se me presenta la oportunidad de volver a tener en mis manos el mismo libro que ya había leído tiempo atrás, hace unos tres años tal vez cuando fue su presentación: ‘La tierra cambia de piel’, autoría del doctor Carlos Rodado Noriega quien fuera Gobernador del Atlántico, en coautoría con su esposa Elizabeth Grijalba de Rodado. Su contenido es una excelente reflexión desde

múltiples disciplinas sobre el sentido de la vida del ser humano. Sus planteamientos apuntan directamente a preguntas básicas de toda existencia humana desde su breve intervalo de conciencia, lo cual traje a mi memoria al pensar en la tierra y su figurada piel.

     El prólogo a este libro ‘La tierra cambia de piel’, escrito por el doctor Gustavo Bell Lemus, expresa que “el título rinde tributo a Theilard de Chardin, cual sugestiva invitación a volver a pensar nuestra vida individual o colectiva desde la única dimensión que nos diferencia de las otras criaturas del universo: la humana”. 

     Sus autores, en el mencionado libro, escriben sobre la igualdad de bienes primarios, campanas de bronce, talleres de metal, filosofía del bienestar, el horizonte del desarrollo humano, niveles de vida y aspectos menos tangibles del buen vivir y la justicia que recubre al ser humano.

     Sin dudas, las letras de este libro trajeron de inmediato a mi memoria las reflexiones hechas en torno a un simple y sencillo recorrido en autobús ganando kilómetros y kilómetros no solo de asfalto caliente en carretera traspasando fronteras de ruido y praderas, sino pareciera haber reforzado mi pensar: los seres humanos somos iguales en sentimientos, como igual es la tierra que no cambia de piel, sino de alma.

Nury Ruiz Bárcenas

Escritora y periodista cultural

Orden Álvaro Cepeda Samudio

funescritoresdelmes@gmail.com