La política actual en Latinoamérica está dando un giro altamente desfavorable para las libertades y derechos individuales. El triunfo de la derecha latinoamericana se ha valido de la emocionalidad de la Iglesia evangélica que cada vez se hace más grande y poderosa.

     Bien vestidos y con una sonrisa amable que quiere inspirar confianza y principalmente esperanza, siempre han estado en las calles los que pertenecen a una iglesia evangélica queriendo predicar la “palabra de Dios” e invitando al resto a formar parte de sus filas. Siempre han estado ahí y, por supuesto, los chistes sobre ellos también. Pero lo cierto es que hace tiempo la creencia evangélica dejó de parecer un chiste y se convirtió en algo realmente serio y, sobre todo, peligroso para las libertades individuales.

     Pasaron de ser unos cuantos, con pocas iglesias, a crecer de manera insondable y escandalosa: ha aumentado la presencia de pastores en la televisión y la radio, han aumentado las iglesias y ha aumentado su poder político; y paralelamente ha aumentado la xenofobia, la homofobia, el racismo y la misoginia en América Latina.

     Hay evangélicos en los congresos, alcaldías, a la cabeza de partidos políticos, con bancadas propias y como candidatos presidenciales en gran parte de Latinoamérica. Y tristemente su crecimiento tiene sentido en una época de convulsión política, con grandes

cambios y con bochornosos casos de corrupción. El poder político de la creencia evangélica comenzó a tomar fuerza cuando se posicionó como el contrapeso oficial de los movimientos feministas y minorías sexuales, ofreciendo como cura para el fracaso de la política latinoamericana un discurso de seguridad, estabilidad dogmática y odio a todo lo que parece ser culpable de las malas condiciones económicas y de lo que ellos llaman “retroceso moral”.

     Las muestras más claras del poder político de los evangélicos en Latinoamérica son: Brasil, Colombia y Guatemala. El presidente electo de los brasileños logró su triunfo en las urnas debido en gran parte a la radicalización de un discurso homofóbico, misógino y xenófobo, alentado y potenciado por las iglesias evangélicas. En Colombia el plebiscito por la paz lo ganaron los evangélicos con el descarado triunfo del NO —“Jesucristo es el único que puede traer la paz que tanto anhelamos”, decía el jugador de fútbol Daniel Torres—, han hostigado hasta el cansancio contra las políticas a favor de la diversidad sexual, el aborto, la legalización de la marihuana y el derecho ya adquirido a la dosis mínima, tenían un candidato presidencial que no fue muy popular, por fortuna, y fueron pieza clave en el triunfo del Centro Democrático en las elecciones presidenciales de este año. Y en Guatemala el presidente evangélico, Jimmy Morales, no ha perdido oportunidad para manifestarse en contra del matrimonio igualitario, el aborto y la legalización de la marihuana.

     El poder político que tienen actualmente las iglesias evangélicas es realmente inquietante en un contexto en donde parecía casi extinto un pensamiento político radicalmente desfavorable para la diversidad sexual, el feminismo, la legalización del aborto y de la marihuana, en ultimas, en un contexto en donde parecían encontrar la luz proyectos políticos con pretensiones seriamente progresistas; en otras palabras, el poder político de las iglesias evangélicas es casi un misterio en pleno Siglo XXI. Pero la bruma de este fenómeno se esclarece cuando se logra 

identificar en su discurso político una nueva forma de populismo y el matrimonio exitoso entre la derecha política, la iglesia católica y los evangélicos.

     La razón por la que este matrimonio, fértil para la represión social, es exitoso no tiene mucho que ver con una base fuertemente ideológica; la razón por la que los partidos conservadores ahora abrazan a las iglesias evangélicas es porque el fenómeno del evangelicalismo está arrastrando a la mayoría de los votantes de clase media hacia abajo que la derecha latinoamericana había perdido, pues, tal como lo señaló el politólogo Ed Gibson: “Los partidos de derecha obtenían su electorado principal entre las clases sociales altas. Esto los hacía débiles electoralmente”. De modo que, las iglesias evangélicas están consiguiendo la cantidad de votantes que la derecha política necesita; en otras palabras, están logrando convertir a los partidos de derecha en partidos del pueblo.

     Pero además de hacer alianza con los partidos conservadores, también lo hicieron con el que fue su enemigo histórico: la Iglesia católica. En esta alianza las dos iglesias lograron encontrar un espacio común: el rechazo a los homosexuales y al aborto. Odio común que es disfrazado con el eslogan de “hay que proteger a los menores” y “soy pro-vida”. Con este enfoque, claramente religioso, las dos iglesias pretenden hacer ver su postura como una acorde con lo que cada vez parece convertirse más en un recuerdo: el Estado laico.

     En últimas, las iglesias evangélicas están transformando de manera más acelerada y peligrosa la política latinoamericana. Ya parece ser cada vez menos escandaloso que sean los preceptos religiosos los que decidan sobre las libertades y derechos individuales en un Estado que cada vez se va haciendo menos laico. Y son cada vez más los partidos políticos que recurren a la emocionalidad de la religión, en este caso, la evangélica que es la que más peso parece estar teniendo, para su triunfo político.