Las tareas en el Noticiero Todelar fueron decayendo tras la forzada victoria de Pastrana Borrero. La planta de periodistas se iba reduciendo y solo quedaba la posibilidad de continuar en el elenco de radio-actores y en un puesto de locutor en Emisoras ABC en los turnos de la noche que me fuera ofrecido por Leonidas Otálora Jr. No había más chance.

     A veces, esporádicas ocupaciones de locutor de comerciales en partidos de futbol o de basquetbol. Entonces, se reanudó un inusitado amor por el equipo Junior, desde las tribunas del Estadio Romelio Martínez, bastión inexpugnable del onceno a quienes los periodistas deportivos de entonces, denominaban ‘los miuras’, pues eso de ‘tiburones’ vino años después.

     Recuerdo que, en un partido entre Once Caldas y Junior, el jefe mayor, Leonidas Otálora Gómez, en pleno encuentro, ordenó que no hiciera los comerciales por Emisoras Riomar, que transmitía con la voz de Edgar Perea Arias en la parte deportiva, sino que me pasara para una transmisión alterna que hacía ‘El patico’ Ríos para Manizales. Era que mi tonalidad sonaba débil ante la garganta de cañón que utilizaba el famoso Campeón. Ni modo,

acepté el relevo público y hasta allí llegó mi carrera en los eventos deportivos. Pero si continué como galán en los dramatizados de la emisora y en un programa de música latinoamericana por Riomar y desde luego en los turnos en ABC.

     En el programa musical, las canciones que imperaban eran boleros, para hacerle competencia a uno de igual índole que se hacía por Radio Kalamary, en donde se presentaba cada canción con una introducción poética que hacía referencia al contenido de la pieza musical y a los sentimientos, posibles sentimientos del autor.

     Ahí afloró la vena romántica que me había inculcado el profesor Altamar en las clases de Preceptiva Literaria en el San Francisco y que secretamente seguía cultivando en la biblioteca de la Universidad en mis lecturas de Gabriela

Mistral, de Pablo Neruda y de cierto gitano autor de ‘El romance de la casada infiel’. Además, conocía que al viejo Leonidas le gustaban estos retos, por ser aquel poeta, autor de la canción más hermosa que se le haya cantado a Cartagena y que dice:

     “Cartagena, brazo de agarena,/ canto de sirena, canto de sirena,/ que se hizo ciudad…”

     Bajo esas circunstancias, comenzó el último trimestre del año 1970.

     Entonces, Álvaro Ruiz Hernández, aún director del Elenco de Radio de Emisoras Riomar, se le ocurrió invitarme a una fiesta

de quince años de una chica en el Barrio La Alboraya, hija de un proveedor de carnes del Supermercado Robertico, en donde trabajaba su esposa Gladys Campillo.

     El asunto tenía origen en que había otra invitada, cuyo padre, para dejarla ir, exigía la presencia de un muchacho serio y responsable que hiciera las veces de edecán de la dama en cuestión y, según apreciación de la familia Ruiz-Campillo, ese joven ideal era yo.

     Los antecedentes, secuencia y consecuencias de esa curiosa invitación, quedaron para la posteridad registrados en una crónica que relata el asunto así:

     El bus de Brasilia Express, pasó el puente unos kilómetros adelante de Fundación, una población intermedia del Magdalena. Corría por tierras feraces, unas con cultivos de banano y otras sembradas de ganado, pues eran tantos los animales que se veían, que no parecía un hato ganadero, sino una siembra de vacas y de toros con esas astas puntiagudas, como solo se ven en las corralejas de los pueblos sabaneros.

     El pasaje era variado, pero lo que más llamaba la atención a los pasajeros, era la pareja de jóvenes enamorados, que ocupaba uno de los puestos del destartalado vehículo. Se sabía su condición, por las miradas que se cruzaban entre sí y porque cuando los parlantes del automotor, rumiaban una canción de Lucho Gatica, ambos acariciaban las letras del bolero y hasta se les veía interpretar a dúo, esa melodía que decía “no existe un momento del día/ en que pueda olvidarme de ti.”.

     Y aprovechando que el chofer era cachaco,

el novio le pedía, amablemente, que no cambiara de emisora, pues no le había cogido el gustico a la música vallenata y sabía que la amada disfrutaba con cada letra de bolero que le susurraba al oído. Además, de tanto ponerle serenatas por la radio, esta era la oportunidad que había buscado para decirle muy cerca la pasión que sentía.

     Una hora antes habían pasado por Aracataca y en la mente del galán se habían enredado los melosos sones de Los Panchos, de Roberto Carlos, de Armando Manzanero y otros más, con los cuentos de la vida del mago de Macondo. Los famosos amores del telegrafista inolvidable y sus recuerdos a través de Florentino Ariza y Fermina Daza le encogían el alma. El, a su modo, vivía su propia historia. Pero, a su manera, sentía que se parecía al famoso literato.

     Era del signo de Piscis, se llamaba José, como él y hasta ese momento había sido incomprendido por las mujeres, como le pasaba a Florentino. Además, algunos años atrás había iniciado su incipiente carrera de periodista 

     En forma accidental, se había conocido con la joven. Álvaro Enrique, un famoso libretista de radio, le había invitado a un quinceañero de la hija de un ganadero que se celebraba en un barrio de la gran ciudad, bautizado como La Alboraya, muy cerca del tenebroso Castillo de Rondón, que las crónicas de antaño veían como una construcción de miedos y fantasmas.

     Solo se trataba de servir de caballero de compañía, pues el padre de la invitada era muy exigente y no toleraba medias tintas en cuanto a su hija se refiriera. Más por cumplir con el amigo y

y llevado por la curiosidad de saber a qué se debía el celo del padre que, por otra cosa, José aceptó al improvisado rol que esa noche le correspondería interpretar.

     Se presentó en forma más que puntual en casa del amigo en el barrio Lucero. Esa noche, la lluvia había azotado la ciudad y por sus calles aún corrían pequeños arroyos que dificultaban el tránsito normal de gentes y vehículos, razón por la cual se retrasó el encuentro entre la aún misteriosa dama y su caballero. Se acomodó en una pequeña baranda a la entrada de la casa a conversar con Álvaro y su esposa.

     Al rato, en un taxi, llegaron dos muchachas. Sorpresa para el galán, que solo esperaba una. Entraron presurosas por la leve lluvia que aún caía y ni tiempo hubo para presentaciones. Explicaron que el papá había creído conveniente que la hermana menor de la invitada asistiera a la fiesta, en previsión y cuidado de la hija mayor.

     Su razón tendría el viejo, pues la belleza y porte de las dos mujeres, confundieron a José. Sin más preámbulos, salieron al convite en medio de la lluvia y, dos cuadras abajo, detuvieron a un conductor que se había atrevido a desafiar el mal tiempo y quien, como pudo, los llevó a la dirección en donde se realizaba la fiesta. La supuesta compañía no tuvo efecto alguno.

     La pareja que se le había asignado ignoró a José toda la noche y Marta Cecilia, la hermana, asumió ese papel. No había lugar para aproximaciones, pues la damita era muy requerida por otros invitados, por su encanto y belleza. El frustrado acompañante no logró ningún acercamiento y trataba de pasar el rato, bailando y conversando con la hermana menor. Se notaba el desagrado del galán, quien hasta en forma jocosa amenazó con lanzarse de cabeza contra un ventilador sin rejilla que a duras penas refrescaba el ambiente de la espaciosa sala, desatino que, en medio de carcajadas, evitó Marta Cecilia.

     Así, toda la noche, hasta que la fiesta culminó cerca de las tres de la madrugada. Ahora vendría el regreso y, por las condiciones del clima y ante la lejanía de la calle principal, habría que caminar para encontrar transporte para el regreso. José se sintió sorprendido cuando la muchacha que lo había mantenido alejado toda la noche, en medio de la caminata por las calles aún encharcadas se le aproximó, y con voz melodiosa, le dijo:

     “Perdone señor, pero en medio de tanto desorden, me he fijado que nos ha acompañado toda la noche y ni siquiera me le he acercado un poco. Yo me llamo Maritza del Socorro García Martínez. ¿Y Usted?”

     —Me llamo José Joaquín —contestó con voz suave el interpelado.

     “Y el apellido?”, replicó la dama.

     El galancete, con su mejor sonrisa y con ingenio instantáneo, le dijo muy cerca del oído:

     —El apellido, te lo doy en el altar.

     Una carcajada luminosa rompió la noche y, de pronto, la lluvia se convirtió en leve rocío. La magia se había iniciado. Los días siguientes trascurrieron entre malentendidos, pues Maritza pensaba que el recién conocido estaba más interesado en Marta Cecilia que en ella. Llegó hasta a ofuscarse con la insistencia de llamadas telefónicas en horas de trabajo y es que el hombrecito, para romper el hielo, siempre indagaba por la hermana, lo que provocaba equívocos, que pronto fueron explicados y entendidos.

     De esa manera, el romance había continuado y ahora les sorprendía en medio de una carretera polvorienta, rumbo a una fiesta en un pueblo perdido del Magdalena, que hasta bonito nombre tenía: Buenavista.

     Ricardo, el hijo mayor de don Carlos García trabajaba

de profesor en esa localidad y era muy reconocido por la comunidad. El más importante ganadero de la región, Federico Andrade, había organizado una tremenda fiesta con palayeras y tríos de guitarras y había invitado al maestro con su hermana. Lo que no sabía el señor Andrade era que Maritza había hecho extensiva la invitación a su pretendiente y, por eso, los dos enamorados se dirigían al lugar.

     José no fue recibido con mucho agrado por el oferente, empezando porque, como no había hospedaje en el pueblo, le asignaron, como posada, la inspección de policía y, como dormitorio, la celda de detenidos que, por fortuna, estaba solitaria.

     Los recién novios llegaron a la fiesta y disfrutaron de todas las viandas y de la música. Eran inseparables y llamaban la atención de la concurrencia y el enojo del anfitrión que, al parecer, guardaba otras intenciones con la bella muchacha. Cuando en la fiesta irrumpió el trio, José, que no cantaba nada mal, pidió a los guitarristas que le acompañaran en algunos boleros y canciones que solo destilaban amor.

     Don Federico, el rico ganadero, poco pudo disimular su malestar y cuando finalizó el improvisado concierto, dio 

por terminado el parrandón y de inmediato dispuso que el galán fuera llevado a los regios aposentos de la inspección de Policía, para que, entre rejas, el ruiseñor siguiera cantando si a bien tuviera.

     Una vez asegurado el Romeo, el astuto ganadero dio orden a la banda pelayera para que el festín continuara. Entretanto, desde la ventana, el pretendiente observaba las luces de la casona encendidas de nuevo y las notas de María Varilla, el Toro Negro y muchas más, que cruzaban la oscuridad de la calle.

     Con lo que no contaba el viejo

verde era que la situación no le gustó a la chica, quien abandonó el festejo y se fue a sentar en el alto bordillo, cerca de donde estaba su ruiseñor amado. Por un rato, estuvieron mirándose, el uno entre rejas y la dama en la acera sentada, hasta cuando sintieron la corneta del bus de Brasilia Express que retornaba a Barranquilla.

     Necesariamente el carcelazo injusto llegó a su fin y la reja fue abierta por el señor Inspector a ruegos del profesor García. El bus frenó justo en donde estaban los novios y estos se rieron cuando el conductor, con una gran sonrisa les dijo:

     “Ya les tengo listo el casete de boleros de Los Tres Ases”. Y con una carcajada estridente cerró la puerta del bus.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES