Cuando amanecemos indigestados el cuerpo avisa con el dolor, de barriga o de cabeza, pero en el orden del conocimiento, existe una especie de llenura que no avisa la ingesta mental.

     La ignorancia es un estado de llenura y no de vacío, es más ignorante aquel que “cree que sabe, lo que no sabe” a aquel, que reconoce “que solo sabe que no sabe”, porque al menos sabe ya algo: que no sabe. En el célebre ‘mito de la caverna’, Sócrates, conversando con Glaucón, le dice que los hombres que están allí encadenados en la oscuridad “se parecen a nosotros, porque vemos sombras y decimos que es la realidad”, es una metáfora que le sirvió al viejo filosofo ateniense para después afirmar, que no es necesario estar metido en una cueva oscura para ver sombras, porque la caverna subterránea simboliza nuestro mundo visible.

     Esa es la ignorancia más dañina de todas: “Creer que se sabe lo que no se sabe”, por eso, el primer paso del conocimiento, es el desconocimiento que 

se tiene de las cosas, eso, puesto en educación, significa que, para introducir al alumno en el conocimiento, primero hay que hacerle ver, que lo que creía que sabía no lo sabe, que lo oyó decir por la televisión, o porque se lo dijo un parcero del barrio o del colegio e incluso porque le llego de la tradición familiar. En realidad, estamos habitados por un mundo de opiniones, que no hemos obtenido a cuenta propia, empezando porque si leemos —lo cual es ya algo—, lo hacemos de afán como si fuésemos a coger el Transmilenio donde se entra y sale empujao, y no nos detenemos en analizar el párrafo, lo que significa o esconde cada palabra, lo que no dicen… etc.

     El caso es que esas opiniones que nos habitan, son creencias que vienen de fuentes espurias dispersas que se clavan como la estaca en el imaginario colectivo, siendo en realidad un revoltijo desinformativo en la cabeza. Por  eso el primer saber efectivo, es un reconocimiento crítico de no saber.

     Es imposible darle un banquete de conocimiento a un indigestado mental, que no siente que lo está. Ese es el primer combate de la educación, el tener al frente a un contrincante que no nos oye en la medida en que está convencido de que lo que le van a decir ya lo sabe. Los griegos, al darse cuenta de esto, inventaron un método: la mayéutica, que consiste en base a preguntas y respuestas sobre algo, llevar al interlocutor al convencimiento de que lo que él afirma es una contradicción de el mismo, sin que nadie haya añadido algo.

     La ignorancia no es, pues, un estado de carencia, sino, por el contrario, un estado de llenura, un exceso de opiniones que nos hacen sentir cómodos porque dan seguridad, así sean un disparate. Eso significa que el contrincante a vencer llegue fuerte y, por eso, la educación es la madre de todas las batallas, el arte más complicado como decía Kant. En el fondo es así, porque cualquier ‘ideíta’ que tenga alguien, no es tan sencilla de desvirtuar, porque hace parte 

profunda del ser que la tiene, y no es que esté por allá guardado en un rincón del alma, sino que habita en todo nuestro ser por todos los poros, así como el ‘articulito’ de la reelección no fue cualquier cosa para la nación. Parece tan sencillo, pero no hay nada más complejo que cambiar una mentalidad. Si la educación consistiera en darle de comer a un hambriento, la cosa seria fácil, el problema es que al que queremos darle un banquete no tiene hambre, esta indigestado y no quiere vomitar.