PRIMERAS COMPOSICIONES

     La entrega de esta segunda crónica sobre una pequeñísima parte de la vida musical del juglar Adolfo Rafael Pacheco Anillo corresponde a una segunda visita que le realicé al artista la semana siguiente a la primera, pues no quise fatigarlo con extensa conversación debido a sus quebrantos de salud.

     Cuando nos encontramos sentados en el sofá de su apartamento le inicié la charla sobre el ánimo que enfrenta hacia la vida, el amor por su música que lo cubre todo, la salud y enfermedad, estrechez y bonanza concedidas a su persona por el Ser Supremo. Platicamos sobre libros que ya le han escrito sobre su vida y quehacer musical.  

     Después de tres años de pasar malos momentos y trasegar sin rumbo fijo con su guitarra a cuestas por diferentes caminos de Colombia, acompañado solo por el amor a su música, Adolfo Rafael Pacheco Anillo se convierte en buen compositor y comienza a integrar conjuntos donde ya cobraba por sus actuaciones. Sin contar, claro, que en muchos pueblos se acostumbraba meter centavos en los bolsillos. La música popular era mal paga, sin embargo, existían conjuntos como los de Miguel Antonio Villa, Alejo Durán, Luis Enrique Martínez

y otros que cobraban mejores honorarios, pero también eran juglares y los ganaderos les pagaban porque gustaban de esa música. En el lapso del 61 al 64 Adolfo Pacheco Anillo compone canciones como ‘El Mochuelo’, ‘El Cordobés’, ‘Sabor de gaita’, ‘Mercedes’, las que le dieron alguna fama regional.

     En 1964, cuando su progenitor se viene a vivir a Barranquilla, ya pudo darse el orgullo como hijo de ser quien prestara dinero a su padre, el que después se lo pagó con ingresos de sus negocios de depósitos, de tienda, de cervezas, de licores, de las entradas de los dos bares que le llamaban ‘El Gurrufero’ y ‘El biscocho’, además de una finca a la orilla del pueblo donde alquilaba espacios para tener animales; también poseía la fábrica donde producían hielo y tenía un aljibe de más de veinte mil latas de agua, negocio que tuvo durante 19 años, comprado a Rafael Matera. Los Matera exportaban, su padre llegó a ser gerente de la Casa Matera, donde también exportaban cuero, mantequilla, tabaco, lo llevaban en mulas y de ahí por barcos para exportar a Alemania, Italia y España. El tabaco lo llevaban a España y la mantequilla a Alemania.

     En aquel entonces, casualmente su bisabuelo Silverio Pacheco, se vino de Ocaña, Santander, con una recua de mulos y de eso vivía después de haber sido expulsado debido al radicalismo. Su padre también fue recuero, así le llamaban a los que trabajaban con las mulas y eran llevadas como mercancía a Jesús del Río, un puerto sobre el río 

Magdalena.

     De pronto, mientras charlábamos en el sofá junto a su ventanal se escucha el canto de un pájaro. Es cuando por un instante queda pensativo, yo mirándolo y respetando su silencio. De pronto dice con gran entusiasmo: “Sabes, siempre me han gustado mucho los pájaros y darles de comer. Recuerdo que de chico les tenía ya ese amor, hasta me decían ‘loquito’ porque creían que no era normal que hablara con esas aves todo el tiempo y menos que malgastara el maíz tirándoselos por los aires para que ellas volaran a recogerlos con su pico, tal como hacen las palomas”. Al escucharlo me sonreía. Y pensé: “No solo corazón de cantor, sino alma de niño”.

     Y continúa diciéndome que ya en el año 1964 compone un merengue vallenato de mucha trascendencia en el mundo folclórico llamado ‘El viejo Miguel’, el cual compuso a su padre con referencia a su partida, a su ruina y a la despedida de amigos de aquella época cuando era igual que ellos, pobre. Respecto a su composición ‘El viejo Miguel’, al decir de Gabriel García Márquez, Adolfo Pacheco lo compuso con dolor. Y creo que así fue, porque al solo mencionar el título de la canción, la mirada de sus ojos se tornan tristes, ante el escrutar de la mía.

     Para esa época vuelve a San Jacinto para buscar su libreta militar porque iba a trabajar en el periódico El Espectador como corrector de pruebas. También le había salido una beca para la Universidad de la Amistad de los pueblos, en Moscú, llamada Patricio Lumumba, de Kenia. Pero no pudo viajar por faltarle esa libreta militar; de ahí que odiaba la democracia por atajar el progreso de la gente.

     Y fue, precisamente su composición ‘El viejo Miguel’, la que lo saca literaria y musicalmente del fondo, tema grabado por Roberto Torres, cubano, quien fue expatriado por Cuba y tuvo que irse a vivir a Miami pero seguía añorando a Cuba, a donde nunca pudo volver.

     Adolfo Pacheco Anillo a sus 19 años cobraba en unas partes y en otras no por su música. En San Juan Nepomuceno integró un conjunto con guitarra y saxofones donde tocaba la tumbadora, la timba, el tambor mayor o tumbadora. Después salía a viajar y le daban cualquier cosa, menos un pago formal. Pero su persistencia y empeño tendrían sus frutos musicales…

GRAN MÚSICO DEL CARIBE COLOMBIANO

     En el año 1970 Adolfo Pacheco Anillo da el salto grande cuando compone ‘La hamaca grande’. Alfredo Gutiérrez era el que más le creía para grabar en música de acordeón. Cuando lo escucha en ese año y le cuenta que tiene 36 canciones inéditas no se lo creía; entonces él mismo le asignó un primer sueldo como compositor y cantante que fue la gran suma de mil quinientos pesos entregados por Alfredo como pago del dinero recibido de la casa grabadora Codiscos.

     En una nota periodística de Félix Carrillo Hinojosa publicada en El Espectador (marzo, 2018) llama la atención su escrito cuando expresa que “la primera vez que vio y escuchó cantar a Adolfo Pacheco Anillo fue en el sexto Festival de la Leyenda Vallenata; en ese momento el cantautor tenía 33 años y Félix era un adolescente a quien le llamaba mucho la atención el canto vallenato y más cuando en aquel momento lo escuchó cantar y tocar la guacharaca, además de escucharle otras composiciones como el paseo ‘Fuente vallenata’. Tuvo que preguntarle a su padre quién era ese nuevo cantante que estaba sobre tarima.

     Pero ya hoy, adulto, periodista, escritor y gestor cultural, Carrillo reconoce la popularidad del creador Pacheco Anillo, sanjacintero, la que llegó a ser notoria en el territorio del vallenato por lo que se interesaron algunos intérpretes en grabar sus canciones. Entonces solo quedó en su memoria aquel recuerdo de adolescente cuando le llamó la atención el canto y el toque de ese que hoy era ya un reconocido juglar.

    Porque ya hoy, para este siglo XXI “las canciones de Adolfo Pacheco han hecho parte del patrimonio estético de Valledupar”. Así lo expresa el escritor de Mariangola residenciado en el Valle, José Atuesta Mindiola (2013), y  lo

reafirma ante el convencimiento de la hermosa música vallenata de ese cantautor “con visión poética y de raigambre, cuando escribe que tiene solo su patio que trenzó en su espíritu los colores de la música. Porque Adolfo Pacheco tuvo la influencia de la artesanía de su pueblo, pero que en vez de tejer hilos tejió fueron palabras para convertirla en canciones”.

     Algunas de las canciones de Pacheco Anillo que han sido premiada y reconocidas y que lo han tildado como pilar de la modernidad del Caribe (El Espectador, 2018), denominado también ‘El juglar de la hamaca grande’ (El País, 2015),  son: ‘Me rindo’, ‘Majestad’, ‘El cordobés’, ‘La hamaca grande’, ‘No es negra, es morena’, ‘El tropezón’, ‘Canto a mi machete’, ‘El viejo Miguel’, ‘Diosa de piedra’, ‘La demanda’, ‘Voy a cantarle a la vida’, ‘La historia’, ‘Mercedes’, “Tu cabellera”, entre muchas otras, además de grabación de álbumes.

     El cantautor, quien no solo es el último juglar que queda para cantarlo, también ha sido un buen gallero, aficionado a los gallos de pelea; posee una gallera donde se reúnen personas amantes de esta afición. Pero, a decir verdad, este juglar solo echa sobre el terreno la pelea de dos gallos y sus plumas, porque el del canto y la pelea con la composición musical la sigue dando Adolfo Pacheco Anillo.

 Nury Ruiz Bárcenas

Escritora-Periodista cultural

Orden José Consuegra Higgins

funescritoresdelmar@gmail.com