Es un hombre de negocios... Le haré una oferta que no podrá rechazar, decía El Padrino, de Mario Puzo, en su estrategia autocompositiva de negociación, en la que, si la persona no razonaba con él o accedía a su arbitrariedad, le esperaba la guaya en su cuello. El caso del Testamento del testigo Pizano, nos deja ese hedor, esa indignación. También nos anuncia desde el desayuno, cómo va a ser el almuerzo, en esta coyuntura del país en que aún no se desata el post conflicto.

     Apuñaleado por error el padre del jefe de comunicaciones de Petro, que parezca un accidente la extraña muerte por envenenamiento con cianuro del hijo de Pizano y hasta que se llegara a hablar de que el propio testigo clave se había suicidado, después de dejar un testamento en Noticias Uno, de buscar a su peor enemigo en otras épocas ─el líder de la oposición─ para entregarle algunas pruebas que éste parcialmente develó en La W, así como dejar otras sentadas, 

para un eventual trato, ante las autoridades norteamericanas. “Él sabía que lo iban a matar”, como tituló el diario La Libertad de Barranquilla, sobre el testimonio del senador Petro en los micrófonos de Vicky Dávila. Da tristeza llegar a comprender que en el país que nos tocó, como diría Enrique Santos Calderón, nada cambia ni se tocan los intereses y privilegios impunes de unos pocos que, como en la serie O Mecanismo ─que algunos dicen que es un publirreportaje de los que llevaron al poder a Bolsonaro─ “siempre van a estar ahí”.

     La mafia está basada en el soborno; en una especie de códigos morales, que osan llamar de honor, aceptados entre sus miembros y que identifican a los criminales, como lo es la famosa Ley de la Omerta siciliana, que se fundamenta en el silencio o la tumba. La corrupción se ha convertido en un cartel con más espinas que los grupos armados organizados o que las eufemísticamente llamadas disidencias de las Farc. Nos quita el pan de la mesa. Nos impide soñar con un futuro mejor y acceder a igualdad de oportunidades para lograrlo. Como en la época de la Edad Media, permite que cada Duque de la Corte le pague sus prebendas al Rey, poniéndole más impuestos al pueblo, que siempre termina por pagar los excesos y las zonas de confort de las élites, quienes muertos de la risa, componen cantos con sus bufones, mientras se enriquecen a costa del bolsillo del Man de a pie, que muchas veces, ni siquiera 

es un ciudadano.

     El silencio permite la impunidad o también que todo siga como está. “Apriétenlo”, “jodan al testigo”, “que rueden cabezas”, como vociferaba la reina de corazones totalitarios de Alicia en el País de las Maravillas, mientras todos los que le meten el dedo al arequipe, se cubren con las mismas cobijas o tras las cortinas de humo blando. Hasta que la ciudadanía por fin despierte, encuentre otras salidas, u opte por decidir. A eso le temen, a que la gente se indigne, a que la gente cuente, a que se resista a aceptar los códigos de honor de las mafias, o busquen salidas para evitar que les den la espalda cuando alguna orden que deben como sea obedecer, sale mal; o a que se den cuenta que se han vuelto unas piezas desechables, mientras le son útiles al capo de turno, sea en la política, sea en el conflicto, sea en la competitividad, sea en cualquier espacio social en que crece la verdolaga de la banalidad del mal, del atajo, del dinero fácil, de la anomia, de la ambición y de la violencia. Espacios que le sirven a quienes pescan en aguas turbias, a quienes manejan los hilos del poder, a quienes profesan a sangre y fuego la Ley de la Omerta mientras piensan que todo lo que hacen está bien, siempre que les favorezca, así pasen por encima de las normas o de otros. Pero, así no es. Miren cómo han caído, en otros países, como piezas de dominó, los que se untaron con este sonado caso de crimen trasnacional, independientemente de la orilla que se miren ni de su estatus social o político. Ya verán, no hay mal que dure cien años ni país que lo resista.

@rvillasanchez

Santa Marta, 15 de noviembre de 2018