Cuando Manuel del Cristo, hace más de treinta y cinco años, nos contó como quería que fueran sus honras fúnebres, soltamos un nojodazo que se escuchó hasta el puente de Calamar. Esa vaina, nada tenía que ver con un simple velorio de pueblo para lo que entonces se estilaba: el cajón en mitad de la sala, cuatro grandes velas en sus enormes candelabros, las infaltables coronas alrededor del ataúd, una foto grande del difunto entronizada en un altar de margaritas blancas y un vaso de agua para que el espíritu del difunto llegara a apagar su sed, vaso que iba bajando de nivel, según las necesidades del muerto. En la escena, los dolientes rezando a su alrededor y los amigotes en el patio, mamando ron y consumiendo carne de cerdo y de vaca a dos manos y en el medio, el viejo Carlos García echando cuentos, que parecería una radiola sin parar.

     Los planes de Tío Mañe, eran muy diferentes y aunque lucían prematuros, los decía con una convicción tan clara, que la sorpresa que inicialmente se dibujó en los rostros de Maritza y José Joaquín, se convirtió en certeza para ir pensando:

     ─Este tío, que no tiene nada de loco, de seguro hará que la ceremonia de sus exequias se conozca en todo Macondo ─pensó Maritza del Socorro.

     “Sí señor”, musitó el sobrino político. “Este carajo hace todo lo que se propone y de alguna forma, comprometerá a alguien de la familia para que se haga su ‘santa’ voluntad”, sin darse cuenta de que allí cerquita y con el oído parado estaba un muchachito flaquito escuchando lo que, en principio, lucía como una excentricidad más de este miembro de la familia Martínez Romero.

     Tío Mañe, con más de treinta años recorridos por los caminos de Candelaria y todo el cono sur del Atlántico, desde joven se dedicó a la ganadería, a la compra y venta de ganado, a adquirir hermosas fincas a la orilla del Magdalena y a perseguir a cuanta muchacha hermosa se le atravesara en su camino. El mismo decía que las aventuras amorosas de Florentino Ariza le quedaban chiquiticas y, a buena fe, que no decía embuste.

     Claro está que estos arranques de inventiva, en cuanto se tratara de planear honras fúnebres, no era gratuita. Mamá Flor, la madre de Mañe Martínez, desde cuando rebasó los sesenta años de edad pensaba que el invierno siguiente sería el de su fallecimiento y cada primavera compraba un cajón mortuorio y lo guardaba en el desván de su casa. Pero cada año que pasaba y no se moría, entregaba la urna a algún pobre del pueblo que se iba de este mundo y no contaba con ataúd para el entierro.

     Igualmente, cada trescientos sesenta y cinco días ordenaba a la Niña Ana Cecilia, una de sus hijas pechichonas, a que le cosiera un vestido de puro algodón que tenía que ser bordado a mano, que le sirviera de mortaja, pues la anterior ya había cogido otro camino. La hija perdió la cuenta de cuántas mortajas hizo, pues Mama Flor murió con más de noventa primaveras a las espaldas.

     Además, Mamá Flor, como le llamábamos todos sus allegados, pidió expresamente que no la sepultaran en el camposanto de Puerto Giraldo, pues tenía la seguridad de que nadie iría a visitarla ni a rezarle después de muerta. En cambio, exigió que sus restos fueran inhumados a la entrada de Jardines del Recuerdo en Barranquilla, en donde había comprado un lote muchos años atrás, al lado de la estatuilla de las manos que oran, pues así los deudos de todos y cada uno de los difuntos pasarían por su lado y el lugar escogido, era el de los difuntos más selectos de

la sociedad costeña, con lo cual, algunas oraciones llegarían hasta ella y no le faltaría su visita dominical y la del dos de noviembre.

     De otro lado sabía que en el mismo camposanto y allí cerquita, detrás de su parcela, estaban sepultados su yerno Carlos García y el viejo Teódulo Rincón, de tal manera que por lo menos Maritza y José Joaquín, de paso para la sepultura de sus padres, le rezarían una avemaría.

     Demás está decir, que se hizo su voluntad.

     De modo que, como se dice, “hijo de tigre, sale pintado”, lo del invento de Mañe Martínez no resultaba extraño para quienes compartíamos con él en muchas oportunidades, lo difícil, sería que alguien, después de su partida, se hiciera cargo de hacer realidad, esa

fantasía suya que, como se planteaba, resultaba rarísima y fuera de todo contexto, para esas tradiciones de pueblo y, más que nada, para  la severidad y solemnidad que desde siempre han tenido las exequias de un católico, con excepción de algunos rituales que se practican entre los descendientes de procedencia afroamericana en la región de San Basilio de Palenque.

     Nuestras relaciones con Tío Mañe se fueron haciendo cada vez más espaciadas por las vueltas de la vida. Solo ocasionalmente nos comunicábamos por celular y en algún momento que estuvimos por Barranquilla, recordábamos aquellos tiempos felices de Puerto Giraldo, los fiestones en sus fincas, sus preparativos para las visitas de sus sobrinos segundos, como él les llamaba, y sus regaños por haberles dejado “las burras bañaditas con champú” desde el día anterior, porque no iban al paseo.

     Se lamentaba por cuanto ya no podíamos rociar la visita con ron o whisky, sino con los medicamentos para nuestras dolencias y nos dedicábamos a despotricar de las EPS que “no servían para una mierda”, expresión que, en su voz, adquiría matices de sentencia judicial.

     Manuel del Cristo Martínez  Romero falleció en pre-carnaval, época más que propicia para que su proyecto de entierro, estuviera más cerca de la realidad. Entonces, aquel muchachito flaquito del ayer ya sabía desde entonces, que sería el ejecutor de la voluntad de su progenitor. Solo que Evaristo Martínez no contaba que por los medios superfast de hoy, la ceremonia contratada desde años atrás por Tío Mañe cobrara una dimensión universal que puso a Puerto Giraldo en el centro del mundo.

     Noticieros de televisión, de radio, espacios informativos internacionales y hasta CNN y Telemundo pasaron, una y otra vez, la danza frenética de exóticas bailarinas alrededor de la caja fúnebre de Mañe Martínez, “un campesino que 

quiso que su entierro no fuera en medio de llantos, sino de música folclórica”.

     Los grupos de millo, las cumbias y los juepaje le dieron la vuelta a la tierra, como las danzantes alrededor del féretro. Casi igual a lo que el difunto había descrito treinta y cinco años atrás a un periodista-abogado recién llegado a la familia. Faltaron pequeños detalles. Él quería que la caja negra con sus restos y con su ventanilla de cristal abierta, fuera colocada en la tierra, que el ritmo fuera de ‘pajarito’, que las mujeres danzantes se hubieran quitado sus calzones y con sus amplias faldas, una a una, desfilaran y fueran pasando sobre la caja mortuoria deteniéndose un instante, para que el espíritu se llevara un recuerdo vívido de las fiestas de La Candelaria y de las desnudeces de esas hembras que tanto persiguió y que hasta en la trastienda de su negocio de abarrotes, sobre los bultos de arroz, había hecho suyas.

     Nadie lo vio, pero en el rostro de Manuel del Cristo, que parecía descansar en urna mortuoria, cubierta con la bandera del pueblo, se iba dibujando una sonrisa de satisfacción, mientras los decimeros de Puerto Giraldo, a grito vivo, cantaban:

     Se nos fue Mañe Martínez/ con sus alegres parrandas/ y ahora todo el mundo dice/ ese, era un hombre con alma.

     Dejas un pueblo y sus gentes/ que sabrán de tus andanzas/ y entre todas las mujeres/ tu leyenda será grata.

     En las noches de Giraldo/ los cuenteros narrarán tus aventuras/ serás un hombre estimado/ y quedarás en ellas,/ cual memoria que perdura.

     En estos días de enero del nuevo año de 2019 en que se aproximan estos rituales cumplidos como exigencia por Manuel del Cristo, regresan los recuerdos de tío Mañe y de sus andanzas por el sur del Atlántico, esperando que las mujeres que danzaron sobre su cuerpo inerte, lo quieran ver vivo sobre sus cuerpos ardientes…

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES

Bogotá D.C., enero 06 de 2019