A mi sobrino-nieto Nayib Rafael Abdo

     A quienes hemos vivido el infierno alcohol-cocaína y, aferrados a algo, alcanzamos a aplicar la buena voluntad para salir de él, nada, pero nada-nada nos alegra más que enterarnos de la salida definitiva de ese mundo maldito de un entrañable amigo.

     Más, mucho más, si, durante dos épocas, con ese amigo entrañable compartimos tales guachafitas.

     Aun cuando, borracho o ‘periqueado’, hube de llegar a quedarme dormido, más de una docena de veces, en un sardinel a plena calle y sol o sobre una mesa de cantina o a despertar a la aurora, desnudo, en una fría playa y sin saber dónde había dejado mi Land Rover y por dónde andaba la dama que me acompañaba, yo no llegué a ser habitante de calle ni merodeé ollas como ‘El cartucho’ o ‘El Bronx’ en Bogotá, ni ‘Barlovento’ o ‘La calle del crack’ o ‘La zona cachacal’ en Barranquilla, ni ‘El boro’ o ‘La 10-11’ en Santa Marta, pero sí toqué fondo… Un fondo muy doloroso.

     “Hóles a popó”, había de decirme, a mis 42 años, mi hija Laura Carolina cuando ella apenas tenía 2, que ahora va para 29. Era tarde en la noche y le daba un beso en medio de la ‘peri-pea’ que, presa del mal aliento, arrastré hasta el apartamento que habitábamos. El impacto emocional por la ocurrencia de mi hija acabó con la posibilidad de cualquier perniciosa continuación de la rumba en casa y me mandó de una pa’la cama.

     “Hóles a más popó”, había de decirme Laura Carolina al amanecer del día siguiente cuando, enguayabado y sin enjuagarme la boca ─iluso o cretino─, quise volver a besarla.

     ¡Este fue mi fondo! Mi doloroso fondo…

     Y, por tal razón, en horas de la noche de tal día había de comenzar mi viaje hacia el exterior de ese infierno que, hasta entonces, había consumido una buena parte de mis cuarenta. Y había acabado con amistades, con estudios, con relaciones interpersonales ─e incluyo uno que otro familiar cercano─, con amores, con sentimientos, con afectos, con presentación física y con posiciones laborales. Un ejemplo bastaría para resumirlo todo:

     Había adquirido ─desde mi ingreso a Diario del Caribe en 1972─ ciertas cualidades para el diseño gráfico, o diagramación, ¡qué sé yo!, de periódicos en papel. Y con el tiempo, durante una larga temporada de las tantas con El Heraldo, había de llegar a diseñar El Heraldo Deportivo, al lado de Fabio Poveda Márquez; la revista Miércoles!, asistiendo a Olguita Emiliani; la revista Dominical, al lado de Juan B. Fernández Renowitzky y Olguita, y la revista VSD, en coordinación conjunta con Juan B. Fernández Noguera. La presentación gráfica, en ocasiones con contenidos de mi autoría, para las tres primeras; la edición al ciento por ciento, en el caso de VSD, Viernes, Sábado y Domingo.

     Llegaron a ser mis ‘amores profesionales’, pero, poco a poco, los fui perdiendo, como había de ocurrir con uno de mis amores conyugales, aquel gran amor de finales de los 70 y comienzo de los 80, siglo XX. Cada una de las revistas me las fue quitando, una a una, la dirección de El Heraldo con justa causa: yo no llegaba oportunamente a cumplir con mi misión, con mi deber, por culpa de mis adicciones.

     ¡Cosquinazos o ‘tramojazos’ o ‘guanabanazos’ o ‘trompones’ para mi ego!, no hay duda. ¡Ego super-elevado, claro! Cuatro revistas a mi cargo, en ¡el periódico más importante de la Región Caribe colombiana! Pero todo lo arrastró la turbulenta corriente del alcohol, cuyos efectos eran complementados con el ‘perico-social’, con nada más, para cierta fortuna del caso. Y pensar que cada una de esas publicaciones representaba una excelente retribución económica semanal. ¡Era un sueldazo mensual! Fuera de otros ingresos pagados por El Heraldo o Editora de la Costa, Edicosta, por fotos, columnas, noticias y crónicas en condición de, en ese momento, periodista independiente.

     Pues bien: escondido en aquel “hóles a más popó” de mi Orellanita, había de llegarme mi pasaporte a otro mundo: al de AA… ¡Alcohólicos Anónimos!, con sus doce pasos, sus principios, su oración a la serenidad, el servicio, sus doce tradiciones, sus doce conceptos, su literatura para la práctica de la buena voluntad que enruta hacia el plan de las 24 horas, todo conducente al logro de la abstinencia, de la humildad en su exacta acepción y de la sobriedad, más allá de la física, sobriedad como virtuosismo del humano…

     Hasta una de las sedes de grupos AA, ‘La luz’, anduve la noche de aquel día por la calle 22 de Santa Marta. Llegué, miré con ojos humedecidos a los que allí se congregaban, acepté y confesé que tenía problemas con el alcohol y las drogas y había de “pegar”, como se dice en AA cuando van corriendo los años y uno sigue allí, haciendo catarsis y recuperándose.

     De aquella mi primera visita con firmeza, ¡decisión en serio!, a AA, ya se cumplen 26 años. Aunque en ese lapso, ¿para qué negarlo?, no había de faltar una que otra recaída. Pero lo importante es que hoy estoy aquí, sobrio ─es más: sin fumar desde hace casi diez años─ y feliz de conocer una buena nueva en torno a un compañero de farra en

aquellas temporadas.

     Un amigo entrañable que nació en Santa Marta, que se llama Arnaldo Cotes Córdoba y que es ese amigo con quien, durante un par de épocas, como lo escribí en el segundo párrafo de esta nota, “compartimos tales guachafitas”.

     Aunque cierto relato de Álvaro, hermano de Arnaldo, sobre esta buena nueva ─Arnaldo recién mudado a Tampa, Usa, totalmente recuperado, alejado de licores y estupefacientes, iniciando nueva vida al lado de un amor de universitarios hace poco retomado, Carmen─ está cargado de inexactitudes y quizás de cierto ocultamiento exprofeso de cosas, me lo leí en mi WhatsApp con fruición y recargado afecto hacia Carmen, de quien de pronto mi amigo Arnaldo, ‘El nene’, me hablaba en noches estrafalarias, noches de alteraciones psico-neuronales ante las combinaciones estimulantes, noches de viajes hacia los recuerdos estudiantiles, de evocaciones entre los efluvios de nuestras parrandas, de onirismo ‘peri-beodo’.

     Entre esas evocaciones y recuerdos, Arnaldo ─que, sin temores ni reticencias, me paseaba por su estancia universitaria en Medellín─ nunca, pero nunca nunca, me habló de que, por efectos de la droga, hubiese vivido en las calles de la capital antioqueña.

     Tras haber leído en el mensaje llegado a mi WhatsApp que Arnaldo “había caído en manos de las drogas, vivía en las calles, pero su fisionomía o aspecto físico fue lo que nos destrozó el corazón”, precisé que algo no me cuadraba. Arnaldo jamás me mencionó tal situación y no creo que hubiera decidido 

ocultármelo, si entre el uno y el otro habíamos pactado contárnoslo todo. ¡Todo!

     En torno al tema, el viernes 11 de enero, hubo chateo entre él y yo:

     Arnaldo Cotes Córdoba: José, ¿dónde fue que leíste el relato de Álvaro Cotes sobre mí? No estoy de acuerdo, tiene muchas falsedades.

     ─Seguro que hay imprecisiones ─le dije─... Me lo enviaron a mi WhatsApp.

     Arnaldo Cotes Córdoba: Claro que tiene imprecisiones. Por ejemplo, yo nunca estuve durmiendo en las calles de Medellín. Eso es una flagrante mentira dañina… Yo era tan apreciado en Medellín, que las amistades no lo hubieran permitido.

     En aquellas épocas de guachafita, de acuerdo con mis recuerdos, Arnaldo me decía que en Medellín se lo ‘peleaban’ sus compañeros universitarios porque era buen cantante, un gran amenizador de parrandas. A mí, por ejemplo, me agradaba sobremanera que cantara, mientras departíamos en dos de los apartamentos que yo habité en Santa Marta, primera temporada en el edificio Posihueica y segunda época en Pitupán.

     Porque fueron tres mis estancias en El Informador, pero en la tercera ya Arnaldo se me había alejado físicamente. Seguía unido a mis afectos y mis recuerdos, en especial porque, emparrandados, me cantaba, una y otra vez, y otra vez más, ‘Dejaré mi tierra por ti’, ‘Nohelia’ y ‘América’, de Nino Bravo, y me fascinaba, sobre todo en los sostenidos en uno y el otro tema, porque los hacía casi igualito al cantante español que ahora tendría 75 años.

     Yo me regresé, tanto del ‘drogo-infierno-alcohólico’ como de Santa Marta, pero Arnaldo se quedó. Y siguió en su viaje equivocado. Mis amigos sinceros en Santa Marta me contaban ─sin juzgar, sin mal calificar─ sobre las condiciones en que ‘El nene’ avanzaba, ahora entre espirales de bazuco, por una ruta sin aparente regreso, prácticamente había ‘cogido carretera’, lanzado a los brazos de la calle samaria. “Eso sí, no deja de recordarte”, me decían. “Uno se lo encuentra por almacenes Éxito y de pronto habla de ‘El loco’ Orellano”.

     Hace largos meses nos tropezamos en Facebook, nos saludamos, pero la fisonomía de Arnaldo, de ‘El nene’, de mi amigo y excompañero en El Informador, me obligaba a seguir pensando en que él aun no encontraba freno para su viaje, aunque se perfilara desde una oficina con computador al escritorio y archivos al fondo.

     Era muy activo ─como sigue siéndolo─ en Facebook y manejaba varios perfiles. Desde uno de estos, hace varios meses, en su participación con un comentario en redes sobre algo que me involucraba, cometió alguna impertinencia y, por la misma vía, Facebook, le ‘jalé’ las orejas, tal cual como lo hizo, con más dureza, otro amigo ‘feizbukiano’, Juan Carlos Rueda, pero la amistad no se quebrantó. El aprecio por Arnaldo, el mutuo aprecio, se conservó intacto, se ha conservado intacto. Por eso, apenas me enteré de su buena nueva, hacia el caer la tarde, le escribí: “Con arrogado derecho, a esta hora de viernes gozo de tu gozo, Nene”. Viernes, sí. Connotativo.

     Y volvamos al relato enviado a mi WhatsApp, hecho que le agradezco a la apreciada remitente. Gracias a ese texto ─sobre el cual baso la historia que cuento─, me enteré de lo esencial: ¡Arnaldo vive ahora en una nueva vida, una vida en sanidad!

     Tras muchos años descarrilado, cuando ya nadie, ni siquiera su misma familia, creía en la posibilidad de que Arnaldo recompusiera su vida, una mujer, gracias a Facebook, vino en su rescate.

     Inicialmente, ella se escondía tras un perfil que no era 

realmente el suyo. Y así, entre chateos que iban y venían y muchas alusiones por parte de ella al pasado universitario en Medellín, Arnaldo, hombre de prodigiosa memoria, terminó por precisar de quién se trataba: ¡Era Carmen, amor de estudiantes!

     Entre los dos forjaron otro tiempo sin detenciones para el reclamo mutuo de sinceridades y Arnaldo, tras varias intentonas sin profundizar en verdades, por fin desnudó su alma y abrió su ‘cofre de horrores’ ante quien ya demostraba sumo interés en él. Y él tuvo que referirse, con pelos y señales, al desenfreno de su vida y ella había de contarle que, terminados sus estudios superiores en la Universidad de Antioquia, se había ido a vivir a los Estados Unidos, donde casó con un estadounidense ex miembro de la fuerza aérea de ese país, con quien tuvo tres hijos que hoy tienen sus respectivos hogares organizados, que enviudó, que se sentía sola y que, la verdad más verdadera, deseaba compartir el resto de su vida con el coprotagonista de aquel amor de estudiante, amor que, a pesar de los años y la distancia ─algo así como 40 años sin saber nada el uno del otro─ ¡no se terminó!

     Y todo sí ha terminado en una auténtica ‘Love history’, una historia de amor a lo Caribe, porque el final feliz del asunto había de tener por escenario a Santa Marta, ‘La perla de América’.

     Tras cinco meses de algo más que un sostenido ‘ciber-flirting’ ─y Arnaldo con el compromiso viril de alejarse por completo del consumo de cualquier tipo de licor y de sustancias psicoactivas─, Carmen volvió a Colombia, a Santa Marta, y se encontró con un hombre cuya transformada apariencia, tanto en lo físico como en el glamour ─el “cambio fue tan extremo, que ni la familia lo creía y no imaginamos qué pudo haber sucedido”, cuenta Álvaro─ le certificaron a la dama que su intento había valido la pena.

     Desde noviembre pasado hasta los primeros días de 2019, Carmen y Arnaldo ─Arnaldo y Carmen─, vivieron, a sus algo más de 60, como tortolitos. Novios felices que andaban calles samarias, que moldeaban su romance recién-redivivo y se amaban bajo el manto de la oscuridad; y compartían su felicidad con amigos y familiares: ¡una buena nueva para celebrarla en época de Navidad, Año Nuevo y Reyes!

     Arnaldo y Carmen ─Carmen y Arnaldo─ habían de casarse en Barranquilla y a la madrugada del 9 de enero habían de tomar el vuelo hacia Tampa, Usa, donde Carmen tiene su residencia. Residencia que, por amor, ella comparte hoy con su amor de estudiante, amor que, se reitera, no se terminó…

     El día que me enteré de esta buena nueva, el viernes 11 de 2019 ─ya enterado de su actualización de la foto de perfil en Facebook─, le complementé a Arnaldo mi mensaje de extrema alegría en los siguientes términos:

     “… nos unimos en actividad profesional y en desorden 'bohemio' en la samaria, donde tú te quedaste y yo me 

regresé,  y hoy me alegro, como ninguno, de tu feliz regreso, de tus gozosos ─gozo espiritual─, de tu nueva vida. Disfrútala, sin prisas, amigo, sorbo a sorbo. Y sigue haciendo lo tuyo, periodismo, sí, periodismo, que eso es lo tuyo. Te quiero como a un hermano, Arnaldo Cotes Córdoba. Y léeme bien: ¡Ha sido un excelente cambio de perfil! ABRAZOOOOOOO”.

...oOo...

     Post Data: Como punto final de esta historia, una alegría más: haber sabido, desde antes de que se diera la ‘Love Story’, que Arnaldo había recuperado el amor de sus hijos, el amor filial de Ayda Marcela y Miguel Eduardo, a quienes vi con

relativa frecuencia cuando eran muy niños... Tras una noche de juerga, con dormida en casa del amigo y en medio del obvio fastidio para la esposa de Arnaldo en aquellos momentos, a la mañana siguiente había de soportar, con resignación y en silencio, la mirada de aquellos cuatro ojos inocentes que, sin embargo, eso creía yo ─paranoia o alucinación─, no dejaban de proyectar cierta censura, sin palabras, al mal comportamiento de dos mayores, uno de ellos su padre. El otro, yo.