Entre tanto, en su casa del barrio Olaya, los contrayentes seguían disfrutando de los regalos recibidos con motivos de la boda, rodeados de parte de las familias de ambos. Los padres de Joaco acomodados en la segunda habitación con la niña Flor, la hermanita menor de Maritza, y en la tercera, Pedrito, el hermano menor de Joaco.

     El nuevo matrimonio, obvio, en el primer y mejor cuarto. Con algún dinero de ahorros y del obsequio de amigos, se hicieron a unos muebles de segunda, comprados a una familia que se iba para Estados Unidos, muebles que, meses más tarde, mostraron señales de estar invadidos de comején. Y, ni modo de

reclamar, pues los dueños, quien sabe en qué lugar de los ‘Yunai’, habrían aterrizado.

     En Sanandresito adquirieron un televisor Sanyo de color rojo, pero con las imágenes en la pantalla en blanco y negro, aparato que congregaba a todos en la sala para ver las aventuras de El Chavo y las primeras telenovelas de esa época: ‘Una vida para amarte’ y ‘La María’.

     En la segunda quincena de diciembre de 1971, es decir a una semana de haber contraído matrimonio y tras la luna de miel en Cartagena, el trabajo en Todelar se había reducido a unos turnos en Emisoras ABC, a elaborar unos cortos noticiosos para la misma radio y al trabajo de radio actor. Con el grupo de radio-teatro se dramatizaban los cuentos de Navidad y en algunas ocasiones, Maritza me acompañaba en los turnos de la noche, llevando algo de merienda, para mitigar las seis horas de estas jornadas.

     Se aproximaba el fin del año e inútilmente intenté que ese 31 de diciembre, me correspondiera un turno más tempranero. De tal modo que la finalización de ese mes me sorprendió ocupado, atendiendo peticiones de los oyentes sobre cantantes de moda y no en la reunión familiar de estas memorables épocas.

     El director de ABC había encontrado un slogan para la presentación de las canciones a cargo del o de la cantante de moda en ese año de 1971. El locutor debía introducir la melodía, con el estribillo que decía:

     “En Emisoras ABC, solo estrellas: Julio Iglesias”.

     Lo anterior, con una voz que enamoraba e invitaba al romance. A continuación, se

soltaba el disco seleccionado. Acerca de este suceso, ha quedado un relato navideño, del cual hicieron parte mis amigos Ramiro Velasco, Leonidas Otálora Arango y Miguel Fernando Sánchez Vásquez, que se desarrolló así:

     A no dudarlo, el éxito de esta emisora en Barranquilla era el estilo fresco y descomplicado que le había logrado dar su director. Leonidas Otálora junior había desbancado en la sintonía a otras radiodifusoras locales aprovechando las voces de los cantantes de pegajosas melodías. Sandro, Piero, Nicola di Bari, Gigliola Cinqueti, Charles Aznavour, Julio Iglesias, Claudia de Colombia; fueron la avanzada de un estilo que hizo historia en la radio de la costa colombiana. La letra de sus canciones y las de otras estrellas como Angélica María, Palito Ortega, Isadora, Ana y Jaime, Leo Dan y tantos otros, aparecían semanalmente en lo que el joven radiodifusor había llamado: el discómetro ABC. 

     Los fines de semana, las gentes, en su mayoría adolescentes, se agolpaban en las puertas de Emisoras ABC, para hacerse al impreso con las letras de las canciones de sus ídolos. Por lo general, eran tres o cuatro textos con las letras de las baladas más solicitadas en los días anteriores.

     Cielo, la recepcionista y telefonista, se veía a gatas para complacer el pedido de los miles de fans. Y, además, impedir que se metieran a la cabina a curiosear cómo operaban los locutores de turno. Hasta a la novia de Leo,

María Stella Orozco, a veces se le veía entregando estos volantes y su figura delicada y bella parecía naufragar entre el mar de aficionados a estos mini-cancioneros.     Era una delicia para el oído escuchar las voces de Mirian Nasa, Elsa Carrillo y de Nelly Romero, quienes entre disco y disco musitaban con dulzura y amor: “En Emisoras ABC, solo estrellas: Nino Bravo”,

y a continuación el español, para entonces rival de Raphael, empezaba los melodiosos acordes de su “América, América” o su inolvidable: “Te quiero vida mía/ te quiero noche y día/ No he querido nunca así/ Te quiero con ternura/ Con miedo con locura/ Solo vivo para ti.”

     La programación de la emisora, estaba a cargo de Leonidas Jr. y el contenido de los discómetros dependía en parte de los oyentes y de su elección para figurar en ese papelillo que, semana tras semana, era como el pan bendito para los seguidores de las estrellas. Quienes trabajábamos en el caserón de Todelar, en la esquina de Olaya Herrera con la calle 70, furtivamente nos hacíamos a algunos ejemplares para llevar a casa y otros para regalarlos a algunas fanáticas amigas que no tenían chance de ir por ellos.

     Los turnos de locución en las noches, a partir de las seis de la tarde, correspondían a Jairo Horbath, y algunas veces a un tal Pacho, de cuyo apellido no logro acordarme. El sistema milagroso estaba registrado, solo que las voces ásperas y gruesas de los varones le restaban algo de la magia que le impregnaban las damas en el día. Tal como

ocurrió aquel 31 de diciembre de 1971. El locutor de las seis de la tarde no alcanzó a llegar y Leonidas encargó a un joven recién casado para esta labor.

     Las cosas marcharon a las mil maravillas. El novel locutor siguió el manual y a cada canción repetía el estribillo con sin igual dulzura, como si susurrara al oído de su amada: “En Emisoras ABC solo estrellas: Leo Dan” y soltaba el sencillo con la voz del argentino: “Mary es mi amor/ Solo con ella vivo la felicidad/ Yo sé que nunca a nadie más podría amar/ Porque la quiero de verdad”.

     El reloj andaba acercándose a las doce de ese 31 de diciembre. El recién casado pensaba en el oportuno relevo de Pacho para irse a casita y festejar el año nuevo con la mujer amada. Entre tanto, las estrellas desfilaban por el tornamesa de la emisora. Dieron las doce de la noche y el locutor relevo no apareció. Tocaría trabajar hasta las

 seis de la mañana.

     De repente, entro una llamada. Era Ramiro Velazco, asiduo oyente y visitante de ABC pues iniciaba sus pininos como baladista quien dijo: “Oye Joaco, a esta hora, solo Leonidas, Miguel Fernando y yo, estamos escuchando la emisora, vete a casa a felicitar a tu mujer”.

     Entonces, con una voz fluida, romántica y dulce abrí el micrófono y dije: “En Emisoras ABC, solo estrellas: Rafael Núñez”. Puse en el torna mesa el himno nacional de Colombia, esperé a que cesara la horrible noche, apagué los equipos de la radio y salí corriendo hacia la brillantez de la madrugada barranquillera cuando se silenciaban los pitos de la cervecería Águila y se iniciaba la guacherna del próximo carnaval, el del año 1972, que estaría bajo el reinado

de Margarita Rosa Donado, tan bella, como esas dos flores juntas.

    Las calles eran un solo desorden. Los taxis, no paraban, buses a esa hora no circulaban y los carros particulares parecían manejados por locos presurosos de llegar a donde sus familiares para el abrazo del nuevo año. Tomé la calle 69, que en la carrera 41 se convertía en una diagonal hacia el barrio Olaya. Con mi pierna renqueante, caminé lo más aprisa posible, hasta llegar casi al ‘Guácimo’, la tienda más popular del sector. Pase raudo por el parque del barrio y como a los veinte minutos de haber silenciado la emisora, llegué a casa, la única con las luces apagadas en todo el sector.

     Toqué desesperadamente la puerta y mi padre se sorprendió al verme llegar todo agitado, le di un abrazo rápido y enseguida entre a la habitación en donde Maritza, con sus ojos verdes, un poco tristes, me recibió encantada. Enseguida, todo se convirtió en risas, abrazos, besos y con la familia, sacamos los muebles de sala a la terraza para recibir el saludo de los vecinos y ver las luces de la pólvora que reventaban en el cielo, desde donde creí divisar, confundido entre las estrellas, el rostro de Rafael Núñez, guiñándome un ojo.

     O sería Dios, pues, la verdad, es que ambos, en lo que se conoce, tienen un enorme parecido.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES