‘Hacer política’ no solamente se reduce a participar en las campañas o a únicamente sufragar, sino que involucra cada acción que como ciudadano se realice…

     Nos acercamos al año político, faltan pocos días, y así como en el mundial todos éramos Pekerman, en pocos días todos seremos expertos en política.

     Nadie pensaría que quien describe de manera completamente fiel alguna carátula de un libro —con sus nombres, ilustraciones, medidas o colores— es alguien que conoce su contenido y los argumentos en los cuales se fundamenta. Asimismo, no podrá decirse que quien describa la fachada de una casa con cuidado extremo, está en capacidad de indicar sus cimientos, cómo fue construida o las razones que originaron su diseño.

     Sin embargo, en el ámbito político de nuestro país, sucede algo diferente. Se tiene como un conocedor de la ‘política colombiana’ a quien se sienta a dictar ‘cátedra’ sobre política local, quien se autodenomine asesor o asesora que abundan en el Caribe; a quien pueda relatar con esmerado detalle lo que sucede en el ejercicio del poder ejecutivo, dentro del Palacio de Nariño; o lo que sucede con las leyes creadas por el Congreso; o cómo imparte justicia la rama judicial del Estado.  Realizando la misma interpretación, se podría aplicar también a los departamentos, ciudades y municipios.

     Lo anterior también sucede a la inversa: cuando entramos en una conversación con alguien que ‘sabe de política’ existe una tendencia a pensar que este sujeto puede tener un contacto más cercano con los protagonistas políticos que comúnmente son concejales, alcaldes, gobernadores, congresistas, etc., con los mecanismos empleados para hacer campañas políticas; o, en su defecto, con su quehacer diario como figuras que ‘hacen política’.

     Con base en lo dicho anteriormente, surgen dos preguntas:

     ¿Conocer únicamente el accionar de las personas que representan las tres ramas del Estado —y las subdivisiones correspondientes: Departamentos y ciudades—, supone un conocimiento político profundo?

      ¿La acción de ‘hacer política’ se reduce a participar en campañas políticas?

     Ya que las respuestas a estas dos preguntas parecen obvias —puesto que en ninguno de los dos casos se respondería afirmativamente—, permítanme realizar otra pregunta más directa:

     ¿Cómo sabremos lo que es la política para así juzgar correctamente quién ‘conoce’ o quién ‘hace política’?

     El término ‘política’ proviene del griego politikós que significa “de los ciudadanos o del Estado”.

     Basados en el significado etimológico directo, podría decirse que quien ‘sabe de política’ es una persona que conoce cómo se relaciona el Estado —entendido como una institución creada por

el ser humano, que cobija la población de un territorio para ejercer soberanía y salvaguardar el conjunto de habitantes dentro de su territorio según la constitución— con los ciudadanos —comprendidos como individuos pertenecientes al Estado—. Por tanto, debe entenderse que la política es todo aquello que concierne a esta relación y, por consiguiente, toda acción realizada por una persona en ejercicio de su ciudadanía —o por el Estado en ejercicio de su soberanía—, por pequeña que sea, está inmersa en el concepto de ‘política’.

     Desde este punto de vista, ‘hacer política’ no solamente se reduce a participar en las campañas políticas o únicamente sufragar, sino que involucra cada acción que, como ciudadano, se realice, ya sea profesar su religión, elegir su profesión, exigir el derecho a la vida, a la paz, al trabajo, a una vivienda digna, etc.

     Por lo tanto, el concepto de ‘la política’ pasa de ser un lugar de trabajo, o de un mero ejercicio realizado por los representantes de las ramas del Estado, a ocupar un lugar que es connatural al ciudadano que, además, requiere comprensión.

     Con esto claro, la formación política adquiere una importancia mayúscula, máxime entendiendo que como ciudadanos estamos ‘haciendo política’ continuamente y de manera ininterrumpida.

     Sin embargo, la realidad más inmediata del país —con el más reciente resultado electoral en materia de corrupción—, nos muestra que, en la actualidad, la formación política no es una necesidad. Y si así fuera, no sería una necesidad básica. Y aunque se catalogara como una necesidad básica, probablemente estaría insatisfecha.