El remanso de paz que habíamos logrado durante largos años, más de diez en el Barrio Boston, se vio abrupta y brutalmente interrumpido por la llegada del hijo mayor de doña Renata Dávila, propietaria de la casa en donde vivíamos en calidad de arrendatarios.

     Regresó de alguna parte de las tinieblas en donde estaba escondido, a volvernos la vida pedacitos a toda nuestra familia. No le gustó para nada, que su madre tuviera por vecinos a unos “malolientes cachacos”, muy a pesar de que ella le explicara, que éramos “buenos vecinos y buenas pagas”, pues el valor del alquiler estaba al día y los servicios públicos no tenían facturas vencidas. Ni siquiera el ruego de las sobrinas, sirvió de nada, ante la lamentable inquina.

     Llegó al colmo de cortarnos la luz y el agua, pues los controles de estos servicios se encontraban en el predio de doña Renata. Hube de recurrir a mis primeros conocimientos de las normas civiles, y hasta de las penales, para demandar justicia, que se consiguió de primera mano, pero, ante la arbitrariedad, no hay juez que valga. Recurrió entonces a la cortada de cables

y de tuberías, reportándolos como ‘accidentes’ ante las compañías prestadoras, para hacer más insólito el agravio. Casi que se gesta una tragedia, pues mi padre, hombre de paz, lograda en Barranquilla, quiso ponerse violento, pues no había forma de echar a andar la panadería.

     El caso es que nos tocó desocupar el local ante tamañas arbitrariedades, para no perder la clientela, que era lo primordial, y gracias al cielo, hayamos una casa con horno y cuadra por los lados del Barrio Olaya, en la calle 68 con carrera 27 y dos habitaciones y cocina compartida con una pequeña familia que allí vivía.

     Y emprendimos de nuevo, el olvidado éxodo hacia el sector que primero nos había abierto sus puertas en la ciudad. Se perdieron algunos clientes. Igualmente, para cubrir los gastos extraordinarios, hubo necesidad de vender el carro que servía para reparto, de tal manera, que se atendieron a los amigos fieles, con entregas en bicicletas y en taxis que cobraban un precio razonable por la continuidad de los servicios que prestaban. Era supervivir o perecer.

     Hasta la permanencia en la Facultad de Derecho se vio afectada y a punto estuve de desistir de la carrera de abogado, pidiendo trabajo en factorías de la vía al aeropuerto. En una de ellas, Envases Colombianos S.A., había una vacante de obrero raso y al ir a cubrirla, me tropecé en la puerta con el gerente general que era el economista Alcides Vargas Castro, de quien recibía clases de la materia en la Universidad.

     El profesor se sorprendió al verme en esos aprietos y me aconsejó que mejor diera más apoyo a la empresa familiar, sin olvidar los estudios. Mi padre accedió, pues el doctor Vargas Castro se apersonó del problema y dio algunas directrices para sacar mejor provecho del negocio.

     Por ese lado, salvé el año, pero se abrió más la distancia con mis amigos del barrio Boston. Además, los mejores compañeros de estas andanzas, German Varela y su hermano Manuel, habían iniciado sus propios senderos de estudios. Germán se fue para Cartagena a seguir en la Escuela Naval de allá, la profesión de marino mercante, y Mañe inició su formación como Técnico de Aviación en la Escuela Industrial.

     Del mismo modo, las actividades con la familia Varela se redujeron a lo mínimo, que eran hacer una que otra visita a German en La Heroica y algunas dispersas actividades sociales. Eso me ocasionó una gran melancolía, que se complicó con la situación en casa por las condiciones nuevas de las labores en la panadería y el peligro de abandonar los estudios universitarios. Un pequeño desastre personal.

     Con el apoyo de mis padres y de compañeros de la U. como Rafael Uribe, Rafael Bilbao, Rafael Osorio Peña, principalmente, logramos salvar semejante escollo. Con el respaldo de otro grupo, el de teatro, pudimos superar tantas dificultades y surgió de manera inesperada, pero grata, una oportunidad de trabajo ocasional, más o menos bien remunerada en una emisora de alto prestigio de Barranquilla: Emisoras Riomar, de propiedad de don Leónidas Otálora Gómez, y dirigida por su hijo Leónidas Otálora Arango.

     Para ilustrar esta viñeta, recreo el instante en el cual, surgió este nuevo destino:

     Las luces del pequeño teatro se habían apagado. En la primera fila, casi agazapado, el hombre de radio aún se

preguntaba qué carajos le había traído hasta esa casi ruinosa sala de bellas artes. Sus ojos claros trataban de enfocar las figuras que se movían sobre el tablado dando vida a una obra de Arthur Miller, en la cual se repetía la escena eterna del padre de familia italiano, enamorado de la sobrina de su mujer y dos pretendientes en un barrio de inmigrantes de Nueva York.

     Mientras el diálogo apenas audible se perdía entre la sala abarrotada de universitarios, la mente del joven imaginó esa escena llevada al estudio de la emisora donde trabajaba. Entonces, solo entonces, supo qué diablos hacía allí. Había ido en la busca de algún novel actor que reforzara el elenco que día a día montaba en episodios de media hora, la crónica policial de la aún pequeña ciudad.

     Estaba inquieto por mantener a los oyentes de esa caja mágica pegados al dial de Emisoras Riomar. Su padre, el viejo Leónidas, caldense y poeta, como si esto fuera separable, cada día le exigía más pues era el primer crítico cuando los sondeos hacían peligrar la preferencia del cambiante público por la sintonía de los programas de radio.

     Se dijo que parecía un protagonista de la Tía Julia y El Escribidor, montando en la cabeza, los libretos y los efectos. Las tramas y los personajes. Pero como no de solo dramatizados vivía la radio, tenía que idear la publicidad y la venta de los espacios. El tiempo no daba para tanto y era preciso encontrar a quienes le ayudaran en el empeño.

     Demasiado trabajo para este joven que se esforzaba por no incurrir en las censuras del viejo y en desarrollar su conquista de mayores oyentes cada día. La tarea de lograr lo mejor del rating y de mantener el interés de la gente, lo convertían en un afanoso buscador de medios para sostenerse siempre arriba.

     El final de la obra teatral le devolvió a su búsqueda. Solo dos personajes le llamaron la atención: el hombre del gabán y la joven aventurera. Se acercó al camerino y con su jerga entre interiorana y costeña abordó a quienes consideraba podrían reforzar su elenco radial. Al abrirles las puertas de ese mundo narrado por Vargas Llosa y la posibilidad de encontrar en la radio otro medio de hacer teatro, sirvieron de estímulo a un hombre y una mujer del grupo de la universidad, para llegar, de otro modo, a su invisible público.

     El muchacho le dijo que cursaba la profesión de abogado y que el tiempo era muy medido, para dedicarlo a trabajar en radio-teatro. Sin embargo, con ese hablado culebrero que tienen todos los greco-quindianos, Leónidas logró convencer al novel actor para que, por lo menos, se diera una oportunidad de creer en sus capacidades. Además, que tenía una voz que, bien manejada, podría surgir con éxito en el medio. Le tocó la vanidad masculina,

que nunca falla, y a la semana siguiente el tentado por la radio hacía sus pininos en episodios dramatizados de asuntos policiales. Luego, en cuentos para niños y, así, el repertorio de fue ampliando y, también, los honorarios.

     Elsa Carrillo, que había sido la otra artista contactada, siguió igual camino y, además, por su voz melodiosa y encantadora, se inició como presentadora de Emisoras ABC, la radio más amigable con la juventud de la época. Toda una estrella. Los dos iniciados en el radio-teatro, con el mejor futuro de ese momento.

     Entonces, la radio creció y comenzaron otros espacios que, con ‘La ley contra el hampa’, ‘Casta de valientes’, ‘Los indomables’, ‘Código del terror’, ‘Historia de mi canción’, ‘Riomarilandia’ y ‘Esta es mi vida’, marcaron muy alto en la historia de la radio en Barranquilla. Todo este andamiaje, reforzado con un gran director de elencos radiales, productor, libretista y un hombre muy humano, que trataba de esconder bajo una cara agria, mi gran amigo Álvaro Enrique Ruiz Hernández.

     Fue la visión de ese joven empresario que en la noche en que se acercó a una función de teatro, encontró una manera silenciosa de lograr su propio empeño, sin acordarse, en principio, para qué diablos había asistido a ese escenario.

JOSE JOAQUIN RINCON CHAVES