n algún momento la educación fue algo central para la sociedad, y por eso el maestro junto al cura y al alcalde de los pueblos, no solo era admirado y respetado, era incluso temido. Pero de un tiempo acá, todo cambio y la sociedad, por una parte, atrapada por  la ceguera de los saberes separados y compartimentados,

y, de otra, imbuida por un eurocentrismo que nos colocó en el trono y nos dio la ilusión de poseer lo universal, de forma arrogante y sin recato alguno consideró que estábamos en la sociedad del conocimiento y del saber y el vínculo, casi sagrado, que había entre la familia y la escuela, fue alterado por los circuitos de las redes de la internet ,donde los niños y los jóvenes  tienen la sensación de navegar con plena libertad.

     Aunque es innegable que la información que hoy transita por las redes es descomunal y es un atractivo para todos —y de qué manera—, incluso para los colegas desprendidos del texto único, esto no significa que allí esté la pertinencia del conocimiento y del saber almacenado que necesita la humanidad. Cierto es que hoy, un habitante de cualquier parte del planeta, con el solo hecho de hundir una tecla del computador, tenga más información que la que tenía un habitante del siglo XVII durante toda su vida, esto no lo hace más sabio: lo informa o desinforma más —según el caso—, tal vez le brinda más placeres cotidianos, pero dudo que le ofrezca

un mejor vivir.

     El hombre no es mejor hoy que ayer porque sepa muchas cosas, incluso, puede recibir conocimiento indefinidamente, y esto no lo hace hombre sino máquina que procesa información, saca cuentas, devela fórmulas, pero no cultiva su individualidad. Como bien decía el maestro Darío Botero, “el hombre que no se constituye como individuo es el hombre masa, el hombre del rebaño. Carece de identidad y, por tanto, no puede definir un auto-proyecto consciente de vida. Depende totalmente de las circunstancias, de las oportunidades, navega al garete, y su destino es la conjunción de las más inopinadas contingencias” (1).

     Por lo mismo, es poco responsable de su destino y vive más bien entregado a la suerte, cuando no a la providencia, es el tipo de ciudadano medio que tenemos, que opina solo parcialmente, de acuerdo con sus afujías personales, es el que hace tiempo dejó de meterse en asuntos públicos, porque considera que la política es un asunto

distante y distinto a su estilo de vida.

     Aunque hoy es poco probable —y para muchos no deseable— volver a la familia tradicional reunida en el comedor en torno al único televisor, sí es posible como comunidad educativa convocarlos como sujetos de enseñanza y aprendizaje a encuentros de vida, donde se cuenten experiencias como las que antes nos contaban los abuelos en torno a una cacería o a encuentros con un duende. Ahora se trata, en un mundo urbanizado como el nuestro, de contar otras experiencias, otras vivencias como la de los oficios y profesiones que los hijos desconocen de sus padres, pero también del sentido de escuela que tienen unos y otros,  de aspectos concretos de la cotidianidad en la escuela, como la  pertinencia del uso del celular y demás artefactos tecnológicos, de sus ventajas y desventajas, sobre  los fallos de la corte sobre las situaciones amorosas que implican privacidad, pero se practican en espacios públicos, tal vez porque no se dialogan en casa… etc. Se trata de volver a repensar la educación y la escuela como comunidad de saberes, más allá de los conocimientos racionales y únicos

que tradicionalmente se imparten en las distintas asignaturas.

     Si hay algo que está hoy en crisis, es la vida misma en su conjunto —vida planetaria, biológica y psicosocial—, que genera policrisis —económica, política, social, ambiental— y aunque el cambio de vida depende del cambio social, no podemos esperar que esta cambie sin el concurso de la educación. Aunque también es cierto, que la educación por sí misma no cambia una sociedad, sí es posible formar desde allí los sujetos que van a cambiarla.

     Si vivir es ocupación y preocupación, es preciso hacerlo por una transformación profunda de la educación, empezando por un discurso lucido, robusto pero sencillo, descomplicado, poético, en tono de fiesta y con paso alegre.

     Solo así lograremos convocar desde la escuela a la comunidad, esta vez no para regañarlos por las calificaciones de los estudiantes, sino para integrarlos, en una apuesta distinta, “al ‘ideal occidental’ que promueve ‘el estar bien’, y el tener, que da preeminencia al mercado avasallador, al

consumismo y al capitalismo desenfrenado; y a la erosión de valores, contraponemos el ideal que viene del sur y reclama ‘el buen vivir’ y la atención al lado poético de la vida” (2).

     POSDATA: Sin embargo, no abogamos por un mundo feliz, porque esto sería una simplificación… Solo aspiramos a unos posibles que puedan realizarse en una sociedad, que solo se interesa por los exitosos que no necesitan esforzarse demasiado.

Fuentes bibliográficas.

     1.- El derecho a la utopía. Darío Botero Uribe. Ecoe. 1997.

     2. Reinventar la educación – Abrir caminos a la metamorfosis de la humanidad – Carlos Jesús Delgado. Desde abajo. 2018.