Algo de ello se recrea en algunas películas famosas, entre otras: ‘El mago’ con Cantinflas, ‘Atrápame si puedes’ con Leonardo Dicaprio —un filme basado en hechos reales— y una que mi memoria no olvida: ‘El embajador de la India’.

     Son muestras del séptimo arte con variadas tramas y acciones de aventura, y en el entramado, la avidez del ladronzuelo estafador y buena vida, sorprendiendo y generando intriga o carcajadas.

     En la realidad, se han suscitado muchas historias… Y en la actualidad, una como de ‘Las mil y una noches’… Real, contemporánea, pero con príncipe falso.

     En su última edición, la revista Vanity Fair reconstruye la historia que hoy asombra al mundo y ha sido noticia de amplios despliegues.

     Un señor gordo, de cabello largo y de corte tipo ‘cabeza de coco’, se desplazaba por las calles de Estados Unidos en un Ferrari-California modelo 2016, con placa diplomática. El individuo, bajo una identidad falsa, mantenía

reuniones de negocios en un lujoso hotel.

     Se hacía llamar ‘sultán Bin Khalid Al Saud’, vestía trajes de las marcas más caras del mundo, manejaba lujosos automóviles con placas diplomáticas y mostraba orgulloso un penthouse avaluado en casi un millón de dólares… Pero Anthony Gignac no es un verdadero príncipe saudita, sino el embaucador que, durante estas tres décadas, personificó a Bin Khalid Al Saud, príncipe de la ciudad de Medina, en el centro oriente de Arabia Saudí, país islámico.
     En Estados Unidos —hijo adoptivo de una familia clase media americana—, su familia cuenta que, de niño, Anthony era aficionado a inventarse, como protagonista, historias fabulosas: era millonario y convencía a sus amigos de sus falsos lujos con despampanante seriedad.

     A los 17 años se independizó de su casa paterna y se largó a vivir a California, y aquí fue donde comenzó a usar su ingenio y el nombre del jeque para hacer de las suyas. Con pequeñas estafas, las primeras víctimas fueron hoteles y otros despistados a los que convencía de que provenía de la realeza saudita y que su familia pagaría luego por sus suntuosos gastos. Los investigadores del caso cuentan que su apariencia de tez morena, de baja estatura y un poco pasado de peso, le permitió engañar a muchos en el país, gente que “no distinguen entre un latinoamericano 

y un árabe”. Y lo lograba porque contaba con un especial don de la palabra que le permitía convencer hasta el más escéptico.

     Afirmaba, muy altivo, ser Bin Khalid Al Saud, hijo de un rey de Arabia Saudí. Sin quedar claro con qué artimañas les llegaba, muchas personas confiaban en su ascendencia milenaria. Tanto, que logró obtener tarjetas de crédito a nombre de Bin Khalid, por más de 200 millones de dólares.

     En una ocasión, con una actuación perfecta, entró escandalizado a una oficina de American Express y alegando que le habían robado su tarjeta de crédito… Exigía el reemplazo inmediato. Nadie lo sabe ni lo entiende, pero en pocos minutos logró que los funcionarios de la agencia crediticia le entregaran una nueva tarjeta con un cupo de 200 millones de dólares.

     Según registro policial, el falso príncipe había empezado a cometer fraude en distintas tiendas y empresas bancarias de Miami-Dade durante los años 90.

     Desde las tiendas de Cocowalk, pasando por universidades, almacenes de fina ropa y llegando hasta los mismísimos asesores de American Express, siempre surgieron quienes se emocionaron al atender, en persona, a un noble oriental. Habían de arrancarse los cabellos cuando se dieron cuenta de la estafa.

     Fingiendo tener gran cantidad de fondos y un respaldo de Arabia Saudí, estafó universidades, bancos, joyerías y concesionarios de vehículos. Una urdimbre que le permitía tener dinero en efectivo y llevar una vida llena de lujos y excentricidades.

     Durante varios años, Gignac fue arrestado en múltiples ocasiones, pero tras pagar su condena regresaba a las andanzas en otra ciudad.

     Vanity Fair documenta una suntuosa vida llena de lujos, aviones privados, ropa de famosos diseñadores y autos Rolls-Royce que lograba adquirir así fuera brevemente para convencer a sus próximas víctimas

de que le entregaran dinero o le financiaran sus gastos a crédito.

     Presentando identidades falsas y financiándose con tarjetas sin fondos, Gignac se hospedó muchas veces en lujosos hoteles en Miami, en habitaciones donde habían dormido celebridades como Michael Jackson, otros famosos artistas y príncipes reales del mundo principesco. Pero todo acabó el día que se le volteó la torta a mediados de 1994. 

     En esa fecha, Gignac se reunió con dos hombres en el penthouse de un hotel, con la idea de que podría estafarlos. Los hombres, sin necesidad de fingir, lo molieron a golpes y le robaron tarjetas y objetos personales. Desesperado, el príncipe falso denunció el robo. Siempre acompañado de bellas jóvenes que le complacían sus deseos libidinosos.
     Su etapa más activa —la que desembocó en su fin—, arrancó en el 2015 cuando conoció a Carl Williamson, un británico que vivía en Estados Unidos y le abrió las puertas de la alta sociedad del país. Williamson, de 51 años, se dedicaba a los fondos de inversión y la venta de propiedad raíz y estaba bien conectado.
     Los dos abrieron una firma de inversión, Marden Williamson International L.L.C., que supuestamente era respaldada por la familia real —asunto que luego negaron— y en la que, al menos 27 personas, todas reconocidas, invirtieron 8 millones de dólares cada una, pensando que se trataba de la capitalización inicial para Aramco, una petrolera saudí que finalmente no materializó.

     Paralelo a ese desfalco, que es uno de los que tiene tras las rejas a Gignac, el supuesto príncipe ya fraguaba lo que quizá fue su golpe más atrevido.
     En marzo del 2017, un banco inversionista de Londres contactó a Jeffrey Soffer, uno de los hombres más ricos de Miami —se estima que su fortuna asciende a más de 4.000 millones de dólares—, para decirle que el jeque estaba interesado en comprar y, a muy buen precio, el 30 por ciento del hotel Fontainebleau, que, en su época, llegó a ser uno de los más famosos de Miami Beach y que era propiedad de Soffer. El magnate mordió el anzuelo, pues para 2017 el hotel había dejado de ser lo que fue antes, y le venía bien la capitalización ofrecida por el falso príncipe.
     Cuando fueron presentados, Gignac se apareció con un séquito de guardaespaldas —todos falsos—, en un Ferrari con placas diplomáticas —también falsas— y con una tarjeta de crédito con su nombre árabe para pagar la estancia en el hotel, mientras avanzaban las negociaciones. Estas se extendieron hasta agosto, pero durante ese plazo Gignac convenció a Soffer que debía darle regalos como muestra de cortesía —que sumaron más de 150.000 dólares— y rodearlo de pleitesías. Entre ellas, paseos en 

sus yates y viajes en su avión privado. 

     Jeffrey Soffer no estaba pasando un buen momento en junio del año ya citado. Su divorcio de Elle McPherson y el dinero invertido en renovar sus históricos hoteles-rascacielo de Miami Beach, eran sólo parte de sus problemas. Aunque uno de ellos parecía tener solución: el ‘sultán’ Bin Khalid Al-Saud, quien estaba interesado en hacerse con el 30  por ciento del Fontainebleu, uno de las propiedades más icónicas de Turnberry Associates, la promotora erigida por su padre, Donald Soffer. Unos 440 millones de dólares que servirían para reestructurar la deuda del resto de propiedades, hacer frente a litigios por valor de 100 millones y pagar a McPherson los 75 millones de dólares con los que se tasó su divorcio.

     Al-Saud parecía uno de tantos príncipes árabes: conducía un Ferrari con matrícula diplomática, poseía un apartamento en la zona más exclusiva de Miami Beach —en el buzón sólo ponía ‘sultán— y tenía un temperamento caprichoso, que había que calmar con carísimos regalos, de hasta 50.000 dólares. Que Soffer pagó encantado. Uno de los hombres de Al-Saud había enseñado documentos que demostraban que el sultán tenía una cuenta de más 600 millones de dólares. Pero en una comida para acercar posiciones y negociar la venta, Soffer se dio cuenta de que algo no encajaba: el saudí pidió beicon (jamón serrano)  y procedió a comerlo con absoluta tranquilidad.

     De inmediato, Soffer se percató de que algo no cuadraba, pues los musulmanes, lo sabe todo el mundo, no comen cerdo.
Soffer, que ya estaba dudoso, pidió a sus hombres que contrastasen si el ‘sultán’ era quien decía ser. Y la vida de Anthony Enrique Gignac, el falso príncipe, se vino abajo como un castillo de naipes. Para los agentes del servicio diplomático encargados de la investigación, Gignac ya era un viejo conocido.

     Tras la cena, su equipo contactó al Departamento de Estado y este al gobierno saudí, que rápidamente confirmó que se trataba de un impostor. El hombre de 47 años, había nacido en Colombia y se había dedicado a la estafa desde los 17 años: Michigan, Oregón, California, Hawai, fLorida,... Había engañado a universidades, a millonarios, a políticos, a agentes de American Express y había estado cinco años en una prisión federal por los delitos de fraude bancario y por fingir ser un diplomático.

     Entre 1991 y 1995, Gignac contó con el tiempo necesario para estafar al menos 300.000 dólares, entre hoteles, compras, cargos a tarjetas y, para los grandes golpes, un modelo de estafa basado en lo que cualquiera que tenga email reconocerá como ‘el príncipe nigeriano’ de los correos spam: su alteza dispone de mucho dinero, pero necesita que se le adelante una cantidad para poder consignarlo. Ya saben.

     El hermano mayor el falso sultán, Daniel, se dedicaría a una forma de estafa más fina: estableciendo lazos con políticos corruptos de la campaña de George Bush, capaces de desviar, con engañifas, cientos de millones de dólares en un esquema Ponzi —operación fraudulenta de inversión que implica el pago de intereses a los inversores de su propio dinero invertido o del dinero de nuevos inversores—, de monedas raras.

     Volviendo a Anthony, a finales de ese verano el servicio diplomático registró su lujoso apartamento. Allí encontraron armas, dinero en efectivo, documentación falsa y más placas diplomáticas para costosos coches, todas falsas también: las había comprado en eBay —compraventa de tecnología, informática, motor, coleccionismo, ropa, 

artículos para bebés, etc—...  la mano derecha de Gignac.

     Carl Marden Williamson, se suicidó en febrero, un mes después de la detención y el procesamiento de Gignac. Toda su vida era falsa. Pero lo increíble es que Gignac, a quien el escrito de acusación le atribuye más de 7 millones de euros estafados a 26 víctimas distintas, y que se ha reconocido culpable de todos los cargos hace escasas semanas, no había cambiado de apodo. De hecho, hasta contaba con un fondo de inversión desde hacía décadas bautizado con sus falsas iniciales saudíes. ¡Más de dos décadas y media fingiendo ser quien no era!

     Pocas semanas después fue arrestado en Nueva

York en noviembre cuando regresaba de un viaje al exterior con Williamson.
     A este último, el FBI le cayó el 14 de diciembre. Y esa misma noche, el empresario británico se suicidó.
     Su esposa, entrevistada por Vanity Fair, sostiene que hasta el último momento Williamson le dijo que a él también lo había engañado y que siempre pensó que su socio era un príncipe saudí.
     La revista reconstruyó la historia de Gignac gracias a documentos de la corte, entrevistas con familiares y víctimas, y varias charlas con el profuso estafador que, al último minuto, previo a su detención, insistió en que era un diplomático protegido por convenios internacionales.

     Según la revista, Gignac nació en Bogotá y desde muy niño vivió como mendigo en las calles de la ciudad y por las cuales comenzó a crecer vendiendo la droga que le daban sus propios padres y otros adultos. A los seis años fue adoptado por una familia de Michigan junto a su hermano.

     Las autoridades tienen registro de que su primera estafa sucedió en 1991, cuando estafó a un hotel y varias otras compañías en Michigan por aproximadamente 10 mil dólares.

     En 1994, durante un juicio en su contra persuadió a su abogado de que era de la realeza saudí y que arreglara salir bajo fianza.

     En 2016 en Miami, cuando buscaba a inversionistas que quisieran hacer negocios con su ‘padre’ y ante las dudas que expresaron algunos de los inversionistas, un cómplice del ‘sultán’ les pidió 50 mil dólares como regalo por haber ofendido a su superior. 

     Hasta donde pudo comprobar la justicia, tanto un apartamento de lujo como un Ferrari estaban a su nombre —bueno: a nombre de Al-Saud—, y antes de caer definitivamente en Miami, se había dedicado a viajar una década por Estados Unidos y otros países manteniendo un perfil bajo. Un período en el que se cree que también cometió estafas en el nombre de Arabia Saudí. De hecho, cuando la denuncia de Soffer ya había producido una orden de arresto, Gignac se las ingenió para escapar a Londres con pasaporte falso...

     Ahora, tras confesarse culpable, le esperan cerca de 20 años en prisión. Menos de los que lleva fingiendo ser un sultán aficionado al beicon y a las estafas multimillonarias.

     Cayó por ese gusto suyo por el jamón serrano o beicon

Edgar Awad Virviescas

Yopal octubre de 2018... Desde la primorosa Colombia.

Bibliografía: Vanity Fair, El Tiempo, El Colombiano, la Web