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     El Barrio Olaya, en esos años, era una zona tranquila de La Arenosa. Muchas callecitas aún de arena y la nuestra, la calle 68 B con carrera 28, no era la excepción. Era de una arena blanca, como esa de las playas entre Salgar y Puerto Colombia.

     En invierno, las aguas corrían en arroyuelos tranquilos y trasparentes por esos callejones y no con la conocida furia de hoy, pues la lluvia era absorbida por esos suelos arenosos y la de los patios, que ayudaban al desagüe de esas gotas encantadas del cielo. Además, grandes árboles frutales, que se alimentaban de la lluvia y sus frutos, eran 

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compartidos sin broncas, ni peleas entre los vecinos.

     Nísperos, mangos, ciruelos, tamarindos, papayos y peras criollas, reventaban en las ramas cercanas y se compartían en el mero fruto o en dulces que se cocinaban en las ollas de cada casa. Hasta el viejo Teódulo, ya descansando de sus labores de panadería, colocaba una mesita en la terraza de la casa, para ofrecer, casi regaladas, las dulces

peritas que nos entregaba un majestuoso árbol sembrado en ese patio que aún recuerdo.

     Por el lado de la calle 68 B, nos protegía una paredilla de ladrillos y con la casa vecina, una sencilla paredilla de lata y palos viejos que le servían de soporte, hasta cuando la tumbó José Trillos en la celebración del matrimonio. A un lado de las escaleritas que daban al patio, estaba el lavadero de ropa, nuevo sitio de trabajo de doña Inés, quien recordaba los días, cuando en Pamplona, a la orilla del riachuelo que atravesaba por el patio, lavaba la ropita de los críos y del viejo Teódulo. Recostado al lavadero, un viejo baño en material y a cielo abierto que, años atrás, era común en todas las casas de estos vecindarios. Este, ya estaba en desuso y lo convertimos en bodega de chécheres inservibles.

     La casa, era de propiedad de la señora Ninfa Barrios, quien vivía en Caracas y cada seis meses llegaba hasta Barranquilla a visitar a su familia y a cobrar los arriendos acumulados del medio año. Como éramos cumplidos con la paga, nos iba brindando una gran confianza. Además, el alquiler era apenas de setenta pesos mensuales y tenía allí un pequeño ahorro, para cuando quisiera volver a Barranquilla.

     Finalmente, decidió quedarse por esas tierras y nos ofreció en venta el inmueble por treinta mil pesos, que aún no teníamos. Entonces, le enviábamos el valor del alquiler por correo, mientras rezábamos para que no se presentara comprador.

     María Larios, la vecina, tenía como cinco vástagos habidos de una unión con un trabajador de la construcción, que pasaba más tiempo en las cantinas que en el trabajo y que cuando llegaba, era para reclamar por tener la comida lista, sin que hubiera dejado plata para comprar los bastimentos. Esto, provocaba una pelea de padre y señor mío, tanto que, al día siguiente, sus señales, eran visibles en el rostro de la señora. La pobre, desahogaba sus penas con doña Inés y con Maritza, quienes le recomendaban que demandara al agresor, pero María no se atrevía, pues sabía, y decía, que los jueces, hombres al fin, serían indulgentes con sus  congéneres.

    En la esquina del frente, quedaba la tienda del señor Daniel Acero. Era un negocio muy humilde y, el orgullo de su propietario, era conservar una nevera de palo con la cual había comenzado su establecimiento. Todos los días, religiosamente, compraba un bloque de hielo para su vetusto enfriador, en el que ponía a congelar cervezas y gaseosas para apagar la sed de sus usuarios. Su esposa era una señora rechonchita y morena con una cara de pocos amigos, que además lucía un bigote sobre sus labios, que me recordaban los de los bandidos de las películas mejicanas. Además, lucía un cabello que casi le llegaba a la cintura y era su mayor orgullo, pues casi todo el día se lo lustraba con un peine con los dientes desgastados por el uso.

     Mi padre acusaba al tendero de tener los precios más altos del barrio y un día para demostrarlo, fue hasta el mercado público del centro y compró un racimo de guineos, para venderlo más baratos, que los que expendía el señor Acero. Lo colgó con un lazo, me refiero al racimo de plátanos, y rápidamente los vecinos acabaron con la mercancía, ofertada muy por debajo del precio de la tienda del frente de la casa.

     Luego, entre carcajadas boyacenses, esa noche me contaría de su hazaña, pero me confesó que, en realidad, incluyendo el costo del transporte desde el mercado, había

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salido perdiendo. De todas formas, había demostrado, que “había vendido más barato que el tendero tramposo”. Su ardid dio resultado, pues don Daniel empezó a ser más considerado con sus vecinos y, desde luego, mejoró sus ventas y al poco tiempo, el vetusto enfriador de madera pasó a ser una historia del barrio, pues se compró uno moderno y de mayor capacidad. Todos ganamos con el cambio.

     Diagonal a nuestra vivienda, teníamos a unos vecinos, que se ufanaban de ser guajiros y cuya ocupación era la de traer telas y licor de contrabando desde Maicao. Eran más bien tranquilos y vivían en santa paz, hasta con las autoridades de la urbe. Al punto que, en una ocasión, a altas horas de la noche, escuchamos algunas voces disonantes y al asomarnos de chismosos por la ventana, fuimos testigos de que el ruido se debía a que trataban de guiar con grandes gritos y voces a una máquina-grúa de los bomberos de Barranquilla, que remolcaba un pesado camión con contrabando que se había varado en alguna parte de la ciudad.

     La bulla era para hacer entrar el vehículo al gran patio de la casona, a fin de descargarlo. Suponemos que se compensó de alguna manera este servicio, pues los apagafuegos salieron muy contentos de esa propiedad. Otras veces, llegaban patrullas de la policía y a pesar de presentir una copiosa balacera, lo que se producía era una lluvia de sonrisas de los uniformados, al salir por la puerta de los nativos de Manaure, con televisores y con la cartera un poco más abultada.

     El otro lunar de esa familia era la hija que, en ocasiones, se pasaba de “maraca” y se sentaba a fumarla en nuestra terraza y en medio de la traba, daba unos espectáculos inenarrables con su novio, a la entrada de nuestra vivienda o en cualquier lugarcito de la barriada que tuviera una terraza a oscuras. Por fortuna, se mudaron para la urbanización de Los Andes y, desde entonces, la cuadra disfrutó de una tranquilidad que se añoraba.

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     Otro hecho que ni el propio García Márquez jamás hubiese imaginado en sus relatos sobre María la O, Pilar Ternera y otras de su especie como la Cándida Eréndira, fue aquel en el cual la historia llegara a tener un desenlace tan inesperado, como el que ocurrió con una casona de una de las protagonistas de su última novela, ‘Memoria de mis putas tristes’. El suceso al cual quiero referirme, ocurrió en el barrio Olaya y a 

una propiedad de esas matronas que se movían entre cortinajes rojos y foquitos de colores para divertimento de los hombres y de sus placeres.

     En la carrera 27 entre calles 68B y 70, desde tiempos inmemoriales, había funcionado una casa de citas administrada por una mujer de piel achocolatada a quien llamaban ‘La negra Eufemia’, mari-novia de uno de los amigos de los clientes habituales de La Cueva. La enorme casa tenía un amplio patio como bailadero y numerosas habitaciones para el goce de los marinos americanos que llegaban al puerto de Barranquilla y para los camajanes criollos, como lo describen algunas crónicas de Gabito y sus colegas del llamado Grupo de Barranquilla.

     Los integrantes de este exclusivo grupo, dicen algunos de ellos, no concurrían al prostíbulo para deleitarse con sus inquilinas, sino para hartarse de ron o de wiski, pues era bien barato, ya que era de contrabando y debido a que les encantaba ese patio lleno de alcaravanes y otros pájaros de la noche. Vaya usted a saber si es verdad, como suele 

decir Don Chelo de Castro, ya en la cima de sus cien años.

     El caso es que ‘La negra Eufemia’ perdió la propiedad por deudas de impuestos y otras alcabalas de las autoridades locales y, por muchos años, el enorme edificio permaneció sin ninguna ocupación hasta que un día a algún sabio de la Alcaldía, que no era catalán, se le ocurrió ocupar la ya desgastada estructura como taller de la Secretaria de Obras Públicas.

     El resto de la edificación, es decir, las habitaciones de las pecadoras, fueron acondicionados como salones de enseñanza primaria para niñas. Cuento digno del hijo del telegrafista de

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Aracataca y que ni él mismo se lo hubiese creído o inventado para estar a tono con el destino final del inmueble. Ahora en vez de viejos danzones, se oyen los coros de niñas cantando el ángelus.

     El barrio Olaya era un hermoso vividero, incluido el parque del mismo nombre, construido sobre tierras cedidas por los Surí Salcedo, promotores de la urbanización y, a sus herederos pertenecían algunos de los predios de ese sector y por casualidad, la casa que nosotros arrendábamos a la señora Ninfa, por arte de mandatos legales, paso a ser propiedad del abogado de estos señores, como parte de sus honorarios.

     Era el doctor Víctor Velázquez Castro, a quien, por carecer de uno de sus brazos, le decían, ‘El mocho’ Velázquez en ese idioma, entre coloquial y mamagallístico de los ñeros. El abogado era a su vez amigo de don Carlos Julio García Quezada, mi suegro y a través de este, se nos ofreció en venta la propiedad a un buen precio y plazo. Pero, en esta segunda oportunidad, tampoco los ingresos daban para siquiera hacer una oferta, pues seguía trabajando en la radio.

     En consecuencia, solo pudimos ofrecer que se siguiera cobrando arriendo hasta cuando tuviésemos los medios para adquirir la casa.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES