Se reunían, casi todas las tardes, en el patio de la casa del señor ‘Carmen’ Sánchez. Eran niños de cinco a seis años de edad y estudiaban en la escuelita de patio de la ‘seño’ Jubelina De la Hoz, donde aprendieron las primeras letras y nociones matemáticas. Se sentaban, frente al señor ‘Carmen’, que se sentaba en un taburete de cuero que recostaba en el tronco del palo de níspero, desde donde les contó y repitió muchas historias de sus hazañas como cazador de brujas. Su nombre de pila bautismal fue José del Carmen Sánchez.

     La amarillenta y tenue luz del bombillo alumbraba, escasamente, el espacio que ocupaba e iba a morir a pocos metros de ellos enredada en las marañas de la oscuridad, convirtiendo el patio en un escenario donde se sentía el miedo y se podía tocar en cada uno

de los niños, producto de la teatralidad oral con la que los trasladaba a los territorios ingenuos de la imaginación infantil, para que pensaran en mujeres brujas que se transformaban en animales.

     El señor ‘Carmen’ les decía que, a diferencia de las brujas de los países del viejo mundo, las del Caribe colombiano no se trasladaban de un lugar a otro, por el aire, utilizando como vehículo una escoba, tampoco eran viejas feas y narizonas, llenas de verrugas, desgreñadas y desdentadas, que pasaban todo el día frente a una olla cocinado sus maléficas pócimas, sino mujeres del común, buenas mozas y caderonas que practicaban ceremoniales diabólicos para transmutarse en animales.

     Ojos desorbitados, bocas abierta, manos agarradas y sudorosas metidas entre las piernas, el terror recorriendo sus cuerpos y las caritas cagadas de miedo, rodeaban aquel narrador oral que tenía el don de atraparlos con su voz otoñal. Era de estatura mediana, pero daba la sensación que se fue encogiendo por el peso de los años, aunque todavía tocaba el ‘guache’ en la cumbia soledeña ─la vieja─ y recordaba su amistad con Desiderio Barceló, fundador de esta agrupación de música vernácula, allá por 1874, que hoy forma parte del patrimonio musical del país. Sentado en aquel taburete de cuero, como si fuese un trono, parecía un rey octogenario calzado con abarcas ‘tres puntá’, contándoles sus historias de cazador de brujas a los niños de la cuadra, a quienes el miedo los perseguía hasta en las faldas de las mujeres de sus casas y se quedaba dormido con ellos para esperar el día siguiente, cuando el señor ‘Carmen’ les contara otra de sus fabulosas hazañas, sentado en su trono que recostaba en el tronco del palo de níspero.

     En el año 1960 la televisión era un invento que ya existía, pero no había llegado a sus casas. La radio la escuchaban los adultos y los niños no se interesaban en escucharla porque la programación estaba pensada para los mayores, así que sólo les despertaba curiosidad y querían saber cómo era posible que cupieran tantas personas en un aparato tan pequeño, y lo miraban por su parte trasera y se encontraban con un intrincado sistema de tubos enchufados en una pequeña caja metálica, la pesada campana de un parlante y un mecanismo de madera, pita y metal para viajar por el dial: una especie de aguja metálica enganchada en una pita y condenada a desplazarse, según los caprichos de la gente, que giraba un botón de madera de derecha a izquierda. Fue así como, decepcionados porque no podían ver al narrador de la radio, no les quedó otra opción que la de escuchar a sus ancestros de carne y hueso, a quienes podían ver y tocar, y se refugiaron en la palabra, igual que todos los niños desde los tiempos de la creación, para iniciar un recorrido por los caminos de la fantasía y la fábula, despertando a la imaginación dormida 

y el miedo a la oscuridad y las sombras.

     El señor ‘Carmen’ los amarraba con su palabra al rincón más oscuro del miedo, cuando describía cada escena de manera cinematográfica. Por su capacidad natural para la oralidad y su carácter histriónico, les hacía crecer el miedo, que sólo detenía su crecimiento, durante las tres pausas que hacía para encender, nuevamente, el ‘cabo’ del tabaco. Tan pronto dejaba salir los primeros pedazos de la historia a tejer, en el instante que encendía el tabaco, nadie se movía de su puesto, ni interrumpía la narración, a pesar de la mosquitera de la prima noche. Asumiendo el papel de cuentero, generalmente de seis a siete de la noche, afirmaba que las brujas del Caribe colombiano eran mujeres que tenían pacto con el diablo y no necesitaban ir al cementerio para adquirir la apariencia de cualquier animal, porque el ritual lo practicaban en el patio de sus casas, durante las noches, y salían vestidas con un traje puesto al revés, sin usar prendas de vestir interior e invocaban a

satanás para adquirir la forma y el tamaño del animal deseado.

     En esos instantes, nada ni nadie distraía la atención ni la imaginación de aquellos niños que, en la medida que el miedo crecía, terminaban involucrados combatiendo en batallas que no eran suyas, sino del señor ‘Carmen’, contra animales domésticos. Hacía parecer tan reales sus cuentos de cazador de brujas que, más allá del miedo, ellos lo imaginaban arreglando el desastre que la bruja había hecho en el patio de su casa la noche antes de cazarla, colocando encima de dos ladrillos la deschincacada  olla de peltre donde estaba plantada la mata de rosa, enterrando, otra vez, en el mismo sitio, los crotos y los corales, volviendo a colocar cada una de las plantas medicinales en el lugar que les correspondía en la troja ─aquella especie de botiquín casero─, entrando, después, a su casa, para rezar y santiguar a su mujer y sus hijos, porque esta le dijo algo que ya él sabía y la escuchó con atención para que se calmara, diciéndole que él estaba ahí para defender a su familia y luchar por ella contra fuerzas oscuras.

     Cada quien daba rienda suelta a sus impulsos creativos en la trama que tejía el narrador, asistiendo a una película sin cinematógrafo que no necesitaba espacios cerrados para su proyección, sólo mentes abiertas que desarrollaran la trama a su manera e imaginaran y crearán una atmósfera, también, a su manera. Y lo vieron en su imaginación con una botella de agua bendita remojando unas bolas de ‘hilo de pelotica’ y la vara de olivo, porque decía que a las brujas sólo se les podía atar con ‘hilo de pelotica’, pues reventaban cadenas y cabuyas, menos ese hilo, impregnando el ambiente con el aroma dulce del humo del tabaco, mientras los asustados niños se sentían hundidos hasta la cintura, chapaleando en un pantano de aguas pegajosas donde la única forma de salir era esperar el final del cuento.

     Las estrictas normas de urbanidad y conducta de la época, fueron razones de mucho peso para que no se levantaran del piso de arena prensada, como el respeto a los mayores. Otra de las razones lo fue el ritmo en la narración que no dejaba margen para la distracción y porque eran relatos cargados de una atmósfera de  suspenso que rebosaban las alcantarillas de sus miedos y los hacía sufrir, y oraban para que a sus cuerpecitos no se les ocurriera hacerlo durante el desarrollo del cuento, porque con el terror saltando por los poros,  nadie sería capaz de acompañar a nadie hasta el fondo del patio, mucho menos para tener que soportar el olor a mierda de una necesidad fisiológica que no fuera la suya.

     En medio del silencio del miedo lo siguieron, con su imaginación, hasta la mañana del día siguiente cuando se levantó temprano y trazó, con un palito, un círculo en el centro del patio, haciendo profunda aquella línea curva y cerrada, advirtiéndoles a su mujer y sus hijos que no lo pisaran, ni ingresaran en esa aparente inofensiva figura geométrica plana. Después viajaron, imaginariamente, con él, hasta el monte, donde se encargó de las labores propias de la roza, haciendo lo pertinente con el desmote, siembra y riego, arrancar unos palos de yuca, recoger guandules, ahuyamas y dos melones grandes antes de prepararse para enfrentar a la bruja.  Pasó todo el resto de 

la tarde metido en un chinchorro, rezando el credo al revés, que lo repitió un centenar de veces para memorizarlo y mecanizarlo, porque no quería cometer el mínimo error y, antes de ensillar el burro, sacó de la mochila varias bolas de ‘hilo de pelotica’ y la vara de olivo, las colocó sobre la troja, que también cumplía las funciones de mesa de comedor, y con sus manos puestas encima de ellas rezó una oración pidiéndole a Dios que lo protegiera y librara de todo mal, luego regresó a la mochila las bolas de ‘hilo de pelotica’ junto con la vara de olivo y partió para su casa.

     Hizo otra pausa para volver a encender el cabo de tabaco y continuó diciéndoles que en la noche de ese día la casa fue sacudida por una fuerte brisa que amenazaba con arrancar las puertas y las ventanas de sus marcos, que, por la tenue y amarillenta luz de las bombillas, la casa parecía el lúgubre cementerio de un pueblo olvidado. Fue entonces cuando abrazó a su mujer y sus hijos que temblaban por el pánico, rezó una oración para infundirles valor y confianza, descolgó la mochila, sacó las bolas del ‘hilo de pelotica’ y la vara de olivo, le dijo a su mujer que cerrara la puerta y salió al patio a esperar que llegara el ave del demonio. El viento cambió de dirección, soplaba de sur a norte, vio como se estremecía el techo de teja, escuchó los alaridos y quejidos de la brisa, hasta que la figura de un enorme pato se posó en el tejado. Era totalmente blanco con ojos de candela que intimidaban al más valiente y lo diferenciaban del ‘patito feo’ y sus graznidos parecían la risa de un ser humano. El desesperante y lastimero aullido de los perros despertó las gallinas, el burro y el gallo, que dieron inicio a una sinfonía de cacareo, rebuzno y canto en destempladas notas de miedo.

     Él, por estar metido en el círculo, era invisible para el pato, estaba inmune a todo maleficio o encantamiento, siguió esperando y observando, con la paciencia de un cazador, que el ave bajara e hiciera el mismo recorrido de la noche anterior, como en efecto sucedió. 

     El animal batió sus alas y todo comenzó a temblar, hasta el extremo que las ramas del níspero se cerraron como un paraguas por la fuerza del viento. Desde su trinchera circular siguió con su mirada los movimientos del pato cuando voló del techo de la casa hasta el del cobertizo, cerca de donde él estaba guarecido en el círculo que lo hacía invisible frente al pato. Sacó del bolsillo de la camisa una de las bolas de ‘hilo de pelotica’ que había remojado con agua bendita, dijo algo en voz alta, que lo niños no entendieron, como si hablara en otras lenguas, para llamar la

atención del pato, que saltó a tierra y cayó dentro del círculo, donde lo pudo ver para su propia desgracia porque, el señor ‘Carmen’ rezaba el credo al revés, cuando se le fue encima, lo sujetó por el cuello, lo montó como si fuese un caballo y comenzó a envolverlo con el ‘hilo de pelotica’ sin dejar de rezar el credo, al revés, que surtía un efecto sedante en el animal.

     Dominado por los dardos soporíferos del credo, al revés, el endemoniado pato cayó dormido en el lodazal de un sueño de aguas profundas, le amarró las patas y las alas con otra bola de ‘hilo de pelotica’, después sacó el resto de las bolas y lo envolvió totalmente, hasta dejarlo atrapado en una telaraña de ‘hilo de pelotica’, y cuando el señor ‘Carmen’ salió del círculo, la mancha negra que oscurecía la casa, se desvaneció, la gallina dejó de cacarear, el burro de rebuznar y el gallo de cantar, cesó, también, el desesperante y lastimero aullido de los perros y las ramas del níspero recuperaron su forma natural. Rodeado por una resplandeciente luz, se dirigió al lavadero, levantó la batea de madera, tan grande como el caparazón de una tortuga milenaria, y cubrió con ella al endemoniado pato y se sentó encima de ella sin dejar de rezar el credo, al revés, hasta que despuntó el alba y aclaró el día con los primeros rayos del sol. Revestido de una tranquilidad absoluta, levantó la batea de madera y la llevó al lavadero, sin perder la calma regresó al círculo con la vara de olivo en la mano, hasta donde estaba el

animal que permanecía dormido e inmovilizado dentro de la telaraña de ‘hilo de pelotica’, le propinó catorce golpes con la vara de olivo, dando un golpe encima del otro, para dejarle marcado en la piel el sello indeleble de siete cruces.

     Su mujer, sus hijos, y los vecinos curiosos que habían llenado el patio, no salían del asombro cuando vieron desaparecer las plumas y aparecer una mujer, totalmente desnuda, con siete cruces marcadas en su cuerpo, que despertó suplicándole al señor ‘Carmen’, la perdonara, con el compromiso de su palabra empeñada de no molestar, jamás, a su familia, porque ella había llegado a ese extremo por el amor que sentía por él, pero no le hizo caso y cogió un saco de fique, le abrió, con unas tijeras, tres huecos,  se lo tiró para que cubriera su desnudez y la sacó a la mitad de la calle, para el escarnio público, con su altivez de bruja y magia negra pisoteadas.

     Para aquellos niños el cuento no terminaba con un punto final, sino en el instante mismo en que el señor ‘Carmen’ daba la última aspirada al pequeño cabo de tabaco, entonces se levantaban y se iban a buscar las faldas de las mujeres de sus casas, acompañados del miedo, que también sentía miedo y se quedaba dormido con ellos, para esperar el día siguiente, cuando el señor ‘Carmen’ les volviera a contar otra de sus fabulosas hazañas, sentado como un rey calzado de ‘abarcas tres puntá’, en su taburete de cuero que recostaba en el tronco del palo de níspero, para amarrarlos, nuevamente, con su palabra al rincón más oscuro del miedo.