24 sep: El Rincón de Jota Jota… Un cuento que se vuelve novela (XXVI)

     No había que pensarlo más. La ingeniería química, no iba con nuestro talante anti-Einstein y ni por las esquinas era simpatizante de Aurelio Baldor que, desde La Habana, había inundado al mundo hispano con su libro de Algebra, en donde un misterioso árabe en la portada, nos abría las puertas al complicado mundo de las ecuaciones. Tampoco la arquitectura era atrayente, pues el único diseño que había hecho en mi vida era el de los barquitos de papel que, con mi hermano, echábamos en el arroyito cristalino que cruzaba el patio, allá en la casa enclavada en un barrio de Pamplona.

     Los idiomas no eran en esa época muy atrayentes y las bellas artes no entraban en las alternativas a seguir. La economía hacía tropezar de nuevo a este cristiano con cálculos y estadísticas, de tal manera que, bajo la influencia de mi profesor de filosofía de sexto de bachillerato en Soledad, el doctor Luis Navarro Ahumada, quien además era catedrático de esa facultad en la Universidad del Atlántico y con la idea de volver a ver a Alba de la Hoz, me incliné

 por las ciencias jurídicas.

     El examen general se realizó en la planta baja del bloque nuevo de la academia, con una participación muy grande. Los contenidos eran variados pues, allí, se efectuaron las pruebas para todos los aspirantes a ingresar el año siguiente a las diferentes carreras profesionales que el Alma Mater ofrecía. Sin embargo, los potenciales abogados hicimos la prueba en un grupo cercano a los ciento ochenta participantes, en el ala derecha del amplio local.

     No fueron unas pruebas fáciles. Pero se dificultaron más por la

presencia de algunos avivatos, cosa rara entre leguleyos, ante el desconocimiento de las respuestas adecuadas. Estos copiones se dedicaban a ‘espiar’ a los ocasionales competidores, para complementar sus pruebas. Los contenidos de cultura general y las preguntas opcionales para definir por qué razón se había escogido el camino de las leyes, nos otorgaron un alto puntaje. Las de filosofía, nos refrendaron la seguridad de haber pasado con éxito este ‘Rubicón’.

     Días más tarde, en la publicación de notas, nuestra cara no reflejaba más que alegría y satisfacción. Había obtenido un meritorio sexto lugar que me abría las puertas de la Universidad del Atlántico. Entre los ganadores, se me apareció mi vecino de pupitre para darme las gracias. Me explicó, ante mi sorpresa, que había logrado su empeño, “echando ojo de águila” a mi hoja de pruebas. Se llamaba, Manuel Duncan Ballestas, quien luego sería uno de mis mejores compañeros en la facultad.

     Ese día conocí a mi gran hermano en la carrera y en el resto de mi vida: Rafael Juan Uribe Name, también destacado concursante y con quien nos sentamos por vez primera en la cafetería de la U. a conversar sobre las caras alegres de los sesenta que logramos matrícula, las caras agrias de los vencidos y las caras dulces de las chicas con 

quienes nos correspondería estudiar los siguientes cinco largos años.

     Era un paisa dicharachero como todos los de esta raza, renegado de la Iglesia y alejado de Dios y muy cercano a las clases populares. Se había graduado en el Liceo de la Universidad de Antioquia y se calificaba “de militante de la izquierda” en la época convulsionada de ese centro universitario.

     Fue una tarde que no se olvidará nunca. El pequeño motilón ya embarcado en la fabricación de su propia nave grande, que paso a paso iría construyendo, para labrar un futuro libre de obstáculos. Al menos esa era la idea. Aún estábamos radicados en el

barrio Boston, en la panadería Flor del Norte, ya sin la ayuda de mi hermano y con mis padres entregándolo todo para salir adelante.

     Me correspondía asistir a clases en un horario que rompía toda la rutina del trabajo en casa. Asistencia desde las siete de la mañana a once y en la tarde, dando materias a brincos, hasta las cinco. Para la conducción del vehículo se contrató a un señor ya de edad, que conllevaba sus costos y mi primo Ramón se encargó de reemplazarme en las labores de reparto en la camioneta. En las pocas horas de la mañana que me quedaban y, en las tardes, antes de ir a clases, me correspondía ayudar en la fabricación del pan, pues en las mañanas casi toda era de asistencia a la facultad de derecho. En las noches, después de la última clase, hacía las entregas a casas de familia en mi bicicleta Raleigh y parte para estudiar la incipiente carrera.

     Madrugadas para preparar la salida de las entregas de pedidos a las tiendas y de programar las visitas a los proveedores de harina y de otros insumos para los sábados. Mis viejos, con el peso mayor de la dirección del negocio, de los obreros y de la atención en el mostrador. Una rutina que de vez en cuando era rota por un paseo a Cartagena o a Santa Marta. Eso sí, la visita a la Virgen del Perpetuo Socorro era inmancable todos los domingos. Mi hermano menor Pedro Antonio, en sus primeros años de primaria, en la Escuela de la Parroquia y en sus aventuras de niño por los patios vecinos, de las cuales le quedó una gran cicatriz debajo de la asila derecha, por un pedazo de leña que se le incrustó en ese lugar del cuerpo por querer bajar unos mangos del techo de la panadería.

     Como ocurre a menudo, como cuando iba al colegio, en la Universidad, unos profesores para el recuerdo y otros, para el olvido. Y la construcción de un círculo de amigos a quienes conservamos para el resto de la existencia. Para esos años, siendo la del Atlántico el único centro de educación superior existente en la ciudad, se concentraban ricos que no podían trasladarse a la capital Bogotá, por lo costoso; estudiantes de clase media y media baja que no tenían más recurso que hacer las profesiones existentes en Barranquilla. Ingeniería Química, Arquitectura, Economía, Ciencias Sociales, Idiomas y Derecho eran las carreras que se cursaban en la sede de la calle 50, con carrera 43. Una manzana completa, descontando el área del Colegio Barranquilla para Varones. Y la Escuela de Bellas Artes, en la 

calle 66 entre carreras 53 y 54, Barrio El Prado. Pintura, Música y Teatro para los inclinados a estas profesiones hermosas.

     Como ocurre a cualquier iniciado, en centro universitario que se respete, pasamos por la primi-parada de rigor. Estuvo a cargo de Horacio Serpa Uribe, estudiante de quinto año de derecho, quien haciéndose pasar por catedrático, se presentó, con lista en mano, para darnos su primera clase de filosofía del derecho, a primera hora de la mañana, donde la asistencia no era tan nutrida.

     Le metió un regaño de padre y señor

mío a quienes llegaron retrasados. Por fortuna, aún no lucía el bigote de bicicleta de acrobacias que hoy se gasta y luego de casi media hora de cháchara, soltó una risotada, acompañada de una de esas coplas santandereanas que utiliza en sus discursos de plaza: “Esto dijo el armadillo…”. Solo entonces caímos en cuenta de la burla orquestada por el profesor de la primera hora.

     Un poco sobre los maestros. Un primer año dominado por el Derecho Civil en cabeza del profesor Julio Marenco Romero, coloquial e irrespetuosamente llamado ‘León Sin Nalgas’ por el hecho de carecer de este elemento del cuerpo humano y por ser el presidente del Club de Leones de Barranquilla. Excelente académico y mejor instructor. Parecía de la escuela de don Andrés Bello, por tener a la mano ese viejo Código que ha gobernado las relaciones de derecho civil en todo el continente, desde La Patagonia hasta Méjico, desde el siglo XVIII. Y a fe que lo manejaba a la perfección y con una capacidad de transmitirlo a sus alumnos, sin dificultad alguna.

     En Constitucional I el doctor Arnaldo Donado, de Soledad, quien tenía su oficina por la Calle San Blas con Progreso Esquina. Religiosamente vestido de blanco, con corbata azul, pues era del partido conservador. Se sabía de la pe a la pa la Constitución de 1886 y casi lloraba cuando le tocaba hablar de las “infames reformas” que había sufrido “esa carta magna” del intocable Rafael Núñez, tan azul y radical como él. Su consultorio jurídico, estaba atiborrado de libros y estantes carcomidos por el comején, pero que resistían el peso de esos volúmenes viejos y a los cuales accedíamos sin mayor trabajo.

     En Derecho Español e Indiano y Sociología del Derecho, el cienaguero Jacobo Henríquez Castañeda lidiaba con estas pesadas asignaturas. Su pelo blanco es el único recuerdo, pues en sus materias se perdía en unos 

vericuetos que ni el mismo podía explicar. Era como uno de esos gitanos, descritos por Gabito en ‘Cien años de soledad’. Solo que Jacobo no era alquimista, ni mago. Si acaso anónimo asistente a la casa de Pilar Ternera.

     En Derecho Romano, un sabio, el doctor Rodrigo Noguera Barreneche. Por lo viejo y por conocer la historia y desarrollo del ‘Corpus Iuris civilis’. Además, había sido uno de los fundadores de la Universidad del Atlántico y uno de los pocos abogados en Colombia de haber ejercido la abogacía de modo autodidacta. Casi que empírico. Y nadie, le ganaba un caso que tomara en su consultorio.

     Era, a sus años, muy enamoradizo y una linda y coquetona chica de quinto de derecho, de nombre Teresina, que se había visto obligada a cursar la materia con nosotros por haberla perdido, sabedora de ello, se lucía con unas minifaldas y unas cruzadas de piernas que, además de dejar boquiabiertos a los varones del curso, dejaban en Babia al veterano maestro.

 JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES