La gente piensa que la guerrilla ganó con los Acuerdos de Paz lo que perdió en sus años de lucha armada. Pese a que renunciaron a la guerra, seguirá por mucho tiempo su rechazo social. No se imaginan que para que se logren los cambios que demanda una sociedad en tránsito a la reconciliación, se requiere voluntad política de las partes. Aunque no se ha producido algún impacto significativo de la construcción de la Paz, hay visos de movimientos en el establecimiento, amenazas de irrumpir una tercera fuerza distinta a la clase emergente y a la dinástica, así pareciera que se estuviera reforzando el perpetuo modelo o se estuviera frustrando el irreversible cambio de época.

     Frente a esta coyuntura crítica, es clave el diálogo entre las diversas fuerzas y de los movimientos alternativos, en la búsqueda de salidas a esta crisis y para que se avance en la Paz completa. El acontecimiento histórico de la humanidad, 

de la dejación concertada de las armas, del grupo insurgente más antiguo de América, no puede quedar como una rueda suelta en nuestra sociedad, terminar desdibujado en un conflicto armado peor o llevar a que se legitime un sistema excluyente, que imposta dirigentes carismáticos que en su plan de negocios, piensan que el país es suyo, y que todo lo que hagan está bien, por lo que quien se monta a su tabla, recibiría sus favores, y viviría de la apariencia de poder, bajo el sometimiento a una estructura basada en la lealtad intrínseca al patronazgo de turno; que suelta la pita, con las prebendas, y la amarra, en las contiendas.

     Quizás por esto, continúa la táctica de generar el manto de duda frente a los avances que, como sociedad, traerá la construcción colectiva de la Paz, para lo cual, a quienes detentan el poder, se les hace clave irradiar el relato del enemigo común: el coco que les sirve a sus intereses particulares y para preservar sus privilegios; la idea del peligro, que todo lo puede y que para detener su amenaza “omnipresente” hay que destinar el grueso del presupuesto a la defensa, a la infraestructura, a contener los riesgos, mientras se le quita a la justicia social.

     El coco de las guerrillas, de los maduros, de los mafiosos mejicanos, de las disidencias, de la diferencia, de las invisibles águilas negras, de la criminalización de la protesta social, de los inmigrantes irregulares, de las demás cortinas de humo que más adelante se inventarán, para ponerle anteojos polarizados a la cruda realidad de que hay una crisis, de que los recursos públicos no son un

barril sin fondo; que las fuerzas políticas y sus liderazgos, han perdido su real sentir ─el servicio a la comunidad─ para convertirse en un cartel más de la corrupción, hasta con gobernantes de fachada, puertas giratorias entre lo público y lo privado, y sultanatos imposibles de modificarse desde adentro ─sin que haya cesiones de poder─, que en su gula, han desbordado la capacidad de ingresos de la nación, por lo que el sistema va a necesitar aumentar la base contributiva, ─en su credo fallido de la leche derramada─, a toda la clase trabajadora, mientras exonera cada vez más a los que pueden.

     En ese escenario, la tormenta perfecta para evitar la desmoralización de la gente, su emancipación o engordar su indiferencia, es el miedo. El coco en su real esplendor: el de la manipulación y de la especulación. Con la prisma mediática de temas que se vuelven los prioritarios ─como la movilidad y la seguridad─, o que son los grandes negocios, y por los que más la gente se endeuda, para esclavizarse a los bancos. Sin embargo, florece una generación de la Paz, que se está educando, que amplía su pensamiento, que ha asumido otros discursos transversales, que ha dejado de mirar para otro lado, que desechó el debate belicista que nos legó 8 millones de víctimas. A esta generación de la Paz es a la que la sociedad le debería apostar. Aún hay esperanza. Vale la pena la Paz.

Santa Marta, DTCH, 20 de septiembre de 2018.