Definitivamente, el galán estaba dispuesto a recalar en el viejo muelle de Puerto Colombia. Así era, por cuanto la amada residía en ese “viejo muelle de mi puerto/ atracadero de mis sueños” que decía la canción de Rafael Campo Miranda. Maritza vivía a unas tres cuadras de la Plaza Principal y del antiguo edificio de la Aduanilla y de la Alcaldía. A una, del billar de Armando, en donde a veces solía jugar con Alvarito; uno de sus

cuñados, pues Ricardo, el mayor de la familia, estaba radicado en Fundación, departamento del Magdalena, por ejercer la profesión de maestro en un poblado que se llamaba Buenavista, ya conocido del anterior relato.

     Era una casita, como todas las de pueblo, con un patio con algunos árboles frutales y en donde Teresa, la hermana siguiente de Maritza, hacia sus mayores travesuras, sin contar las que cada día se conocían en casa reportadas por boca de las vecinas o de las directamente afectadas. Marta Lucía era la tercera hija de la fila de cuatro que Ana Cecilia le había parido a don Carlos Julio García Quezada, el severo padre. Solía andar con los pies descalzos y jugar béisbol sin zapatos, con los muchachos de la manzana. La familia era completada por Luis Carlos, el menor de los vástagos y, finalmente, la niña Flor de María, una rubiecita de siete años que completaba el cuadro familiar de los García Martínez. Habían tenido ocho descendientes, pero el primero falleció siendo aún bebé y había sido bautizada como Josefa María.

     Contaban que Josefa María era igualita a Maritza y que, por esa circunstancia, sería bautizada con ese mismo nombre, pero la abuela materna Flor de María Romero de Martínez se opuso férreamente a este deseo. Su madrina de pila bautismal lo es la señora Julia Llinás de Cantillo, quien aún, a los ciento tres años de edad, vive en Puerto Giraldo, raíz de los García Martínez. Por lo que creo que, de todas maneras, este escribidor tenía destinado llegar a esa prole, pues les hacía falta su José.

     En consecuencia, habría de irse adecuando a las aguas marinas, a las olas, a las montañas vecinas y a ese viejo atracadero, que algún sábado y cada domingo visitaría y que se convertiría como en el ritual de los enamorados, al 

recorrerlo oteando sus alrededores y, en algunas oportunidades, para sentarse en las arenas, bajo su sombra protectora y cómplice.

     El galán buscaba todas las formas posibles de dar a conocer su amor. Se esforzaba por recogerla en el trabajo cerca de las siete de la noche, para acompañarla hasta la estación de los buses de Puerto Colombia. Se embarcaba con ella en el automotor y se bajaba en la iglesia de la Torcoroma, cuando ya el vehículo iba a tomar la carretera hacia el balneario. Luego se dirigía a su casa o a la emisora si había alguna grabación o turno pendiente.

     Frecuentemente las compañeras 

de trabajo de Maritza le tomaban el pelo o le hacían gracejos con la presencia del pretendiente en las afueras del Supermercado Robertico, pues el enamorado, para descansar un poco, se recostaba en la pared frontal del edificio. Entonces, las amigas, le gritaban: “Oye Mary, esta noche no se cae el edificio, porque ahí está tu mancito aguantando la construcción”.

     Exclamaciones que hacían que ‘el mancito’, al escucharlas, bajara automáticamente su pierna izquierda del muro de concreto. En otras oportunidades, salían en grupos detrás de la parejita para evitar que tuvieran algún instante de demostración de sus emociones. Cuando había algún tiempo de invitarla a alguna heladería cercana, se hacían en las mesas cercanas. Hasta los compañeros de trabajo, seguramente heridos por la atención que la guapa niña brindada a su pretendiente, vivían pendientes de como indisponerla con este.

     Ocurrió en un Carnaval de 1971. A José Joaco se le dio por atender una invitación de Rafael Bilbao a un baile de carnaval que se realizaba los sábados en la noche, que fue muy famoso en su época, que se llamaba ‘Polvorín en San José’, allí en el barrio del mismo nombre: San José. Al fiestón también fue invitado Rafael Uribe. Se fueron los tres amigos de la universidad de parranda, el sábado por la noche, sin llevar a sus novias, quienes se quedaron en sus casitas, a la espera de la habitual visita sabatina de sus ‘don juanes’. En el jolgorio estaba presente un empleado del Supermercado Robertico —quien se encontraba enamoriscado de Maritza, peroa quien ella no le prestaba atención 

alguna—, y quien se dio cuenta de la presencia de su ‘rival’ en pleno bailoteo.

     El lunes siguiente, a primera hora, en el Supermercado, el bendito sapo se acercó al puesto de la joven y le dijo:

     “Seguro que este sábado, no recibiste la visita de tu noviecito, ¿verdad?”.

     —No, es que estaba enfermo su amigo Rafael y lo fue a visitar.

     “¿¡Enfermo!? No sé de qué, porque el sábado los dos estaban

bailando de lo lindo en ‘Polvorín en San José’.

     Al domingo siguiente, las damas se las ingeniaron para que José y Rafa estuviesen junto a ellas para preguntarse, entre ellas, pero en voz bien alta y que se escuchara por todos:

     “Oye, Miriam: ¿y al fin cómo siguió Rafael de la gripa y la fiebre que tenía el sábado pasado?”

     —¿Cómo así, Mary? ¿Y luego el enfermo no era Joaco?

     Después de semejante puesta en evidencia, con los dos testigos presentes, no hubo más que aceptar el consiguiente ‘mea culpa’.

     Los enfermos fueron sometidos a cuarentena por sus novias y estos no encontraban cómo hacer para que los perdonaran.

     Joaco, en los programas de boleros a su cargo, por Emisoras Riomar, le soltaba cada poesía y disco respectivo de ‘Perdón’, ‘Dos almas’, ‘De corazón a corazón’, y decenas de melodías  parecidas, para lograr que se olvidara ese episodio. Al parecer la receta dio resultado, pues a las dos semanas consiguió el indulto. Claro que aún, de vez en cuando, le repiten la historia patria para risas de ella y de Miriam, la otra ofendida.

     A mediados de ese año se casaron Rafael Uribe y Miriam, por lo civil, en discreta ceremonia en su apartamento. No hubo mayores celebraciones y Joaco empezó a creer que también era hora de tomar la vida en serio. Además, era correspondido por Maritza, y sus padres habían acudido a formalizar un noviazgo serio, visitando en Puerto Colombia a los padres de la mujer que le había hecho perder el sueño a su hijo, para la correspondiente petición de mano.

     Cuando había momentos de desapego, José los plasmaba en sus incipientes escritos, que hacía llegara Maritza en empaques de cigarrillos, pues a ella le gustaba fumar de vez en cuando —como esas divas del cine mejicano— y cuando terminaba su cajetilla de Camel, el pretendiente la desdoblada y en ella daba a conocer sus sentimientos en letra firme y bonita. En una de esas ocasiones escribió algo que, él dice, ha sido una de sus mejores inspiraciones:

Un viejo pelicano sentado en el muelle roto

(Para Mary)

Las olas rompen por debajo de las ruinas del muelle que un día,
recibiera a miles de peregrinos de otros mundos, 
siete, ocho, pedazos rotos de hierro y de cemento,
la caseta derruida de la aduana, 
donde en secreto nos robamos besos hambrientos, cual jóvenes ansiosos.

Las escalas por donde llegábamos al mar,
ahora muestran sus retorcidos brazos,
en el fondo de arena, que audaces hollábamos,
desafiando las bravuras que su lecho escondían,
y las miradas críticas de los caminantes marinos
ante estos muchachos sin pudicia.

Esas aguas saladas en donde un día,
con rabia mal contenida, 
arroje unas rojas mancornas,
que eran todo el lujo de un pobre actor de radio, como queriendo hundir con ellas,
el amor escondido en el alma y los deseos de ti.

Hoy, como un viejo pelicano
cansado de surcar los cielos de ese puerto,
me poso sobre las ruinas del embarcadero
con ansias de mirar las aguas de la vida,
y en el fondo veo brillar, 
los rojos destellos,de las piedras perdidas.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES