Desmarcarse del eurocentrismo no es tarea fácil, porque este ha recorrido el mundo como un fantasma —este sí de carne y hueso—, por todas las arterias del mundo social, somos y hemos sido, eurocéntricos en lo político, en lo económico y en lo cultural.

     Todos nuestros grandes maestros del siglo XVII y XVIII, como Kant y los enciclopedistas franceses de la ilustración del siglo XIX como Hegel y Marx, y del siglo XX como Freud y Heidegger, fueron eurocéntricos y profesaron prejuicios propios de su condición europea.

     En Hegel, el eurocentrismo es muy visible. Al considerar la historia universal como la historia de Europa, decía que el culmen de la madurez de los pueblos se dio en Europa y la infancia viene de oriente —Mesopotamia, Egipto, India, China…etc.—. El señor consideraba que ellos eran “el último corrosco de la 

butifarra”. En ‘Lecciones sobre la filosofía de la historia universal’ afirma: “Hemos llegado al mundo occidental, al mundo del espíritu, que desciende dentro de sí, al mundo del espíritu humano”. Según este filosofo ‘de la historia universal’, Grecia fue la leche materna que dio origen al espíritu universal del mundo moderno, porque construyó la subjetividad a partir de la vocación universal de sus estados.

     En honor a la verdad no eran tan universales, el mundo antiguo era tan ancho y ajeno que en Atenas crearon la democracia solo para ellos, y los demás, por fuera de sus muros, eran vistos como bárbaros. Tampoco es del todo cierto aquello que se inventaron los románticos del siglo XVIII de que Grecia fue la cuna de la filosofía y que, por tanto, la gran transformación de la edad moderna tuvo lugar cuando se volvió a los estudios griegos. Los mismos filósofos griegos reconocían que sus postulados se lo habían enseñado los árabes y continuamente hablaban de sabios extranjeros que llegaban a compartir conocimientos desconocidos con ellos.

     Postular la historia de Europa como la historia de la humanidad y ver  el resto de los pueblos como estados muertos ligados a la naturaleza primitiva, es una idea tan curiosa, pero tan exitosamente aplicada, que conllevó a que el capitalismo moderno en cabeza de las potencias europeas, invadieran  América y Asia y esclavizaran África, en nombre de la civilización. Civilización que llegó chorreando sangre y lodo en el momento del saqueo.

     Pero estamos tan colonizados mentalmente, que seguimos enseñando en las escuelas la historia de una manera dogmática y falsa. En lugar de ver la historia como una fragmentación constante de infinitos sucesos, que acaso nunca se cierran, preferimos esa idea manualistica de enseñarla de acuerdo con épocas inexistentes para nuestras sociedades —época primitiva, feudal, capitalista, socialista—, como si fueran auténticas, irremediables e inevitables y las dividimos como ser parte una torreja de queso.

     Hasta el mismo Marx, que estuvo influenciado por Hegel en la idea eurocéntrica de la historia, protestó frente a

ese dogmatismo histórico.

     En una carta muy notable a una revista rusa en 1887, alude a un crítico ruso que, elogiando ‘EL CAPITAL’, le atribuye que ha demostrado el camino que deben seguir necesariamente los pueblos y pasar del feudalismo al capitalismo y del capitalismo al socialismo… Marx le dice: “Excúseme, su crítica me honra y me avergüenza, demasiado. Yo nunca pretendí dar una ley filosófica del desarrollo de todos los pueblos. Una ley histórica cuya única ventaja consistiría en estar por encima de la historia nunca se me ocurrió. Yo digo eso si Rusia entra en una formación capitalista, pero no quiero decir nada más que eso. Si entra en el capitalismo, sigue las leyes del capitalismo, pero puede no entrar”.

     Efectivamente, Rusia, en esos momentos, no había entrado al capitalismo como sí parece estar haciéndolo ahora con el zar Putin. Pero a los veinte años de escrita la mencionada carta, con la llamada revolución de octubre, Lenin y el camarada Stalin adoptaron el marxismo para proclamar el socialismo real, falseando a Marx, que nunca habló de ateísmo, ni dictadura del proletariado, ni partido único, ni nada de eso otro que le endilgaron al Marx soviético. Eso se llama revisionismo acomodado y el mismo Marx se hubiera opuesto categóricamente al engendro del socialismo real construido a su nombre.

     Estamos en mora de develar nuestra historia, haciendo una reelaboración de la historia de los vencidos, porque hasta ahora hemos conocido la versión de los vencedores.