La cantante o el cantante, el futbolista, el director y productor de cine, el presidente o expresidente, los directores de campañas políticas, los integrantes de gobiernos, los líderes políticos de derecha, centro o izquierda, el cura, el cardenal, el profesor o profesora, etc: la lista es interminable. No se escapa casi nadie. Deshonestidad en todas las áreas —sexo, dinero, coimas, contratos, de todo—. Cada día en las noticias se suma el que menos pensabas. Y lo más indignante es que, con el cinismo más grande, se declaran inocentes y tildan de vil calumnia ¡por parte de sus enemigos! Pareciera que decir que alguien es honesto fuera una ofensa, y es anormal que lo sea.  Amigo que me lees, no te estoy ofendiendo con el título de mi escrito. Yo presumo que tú eres íntegro. Es que esa es la pregunta que hoy día se hace para ver si encajas al pretender pertenecer a las actuales agrupaciones humanas. Se ha cambiado el “¿Eres tu honesto?” por el “¿Eres tú, deshonesto?”.

     Y no es mi percepción. Es una realidad que cada día crece más en nuestro mundo y que socava las bases del bien común: la corrupción. Es una realidad que podemos constatar en todos los niveles de la sociedad moderna y que se ha ido filtrando de manera silenciosa en el actuar humano; hay países más contagiados que otros: en algunos hay poca, pero en otros, como un cáncer, ya ha hecho metástasis.

     Cuando hablamos de este tema, casi que inevitablemente lanzamos la mirada a los gobiernos y personas públicas, como si fueran los únicos que pudieran verse afectados; también las personas del común podemos serlo y no estamos exentos de ello. Corremos el riesgo de creer que es un problema de los demás y sólo referido a los dineros públicos, cuando la verdad es que puede aparecer de la manera más sutil y sencilla en nuestra persona, en el actuar cotidiano.

     Estemos con los ojos bien abiertos hacia nosotros mismos, para no caer y vernos involucrados. Nos ayuda para no caer, el que seamos honestos siempre, aún en las cosas mínimas.

     Y Antes de que se me olvide, te cuento de que sí hay algo de que me siento orgulloso en la vida, es de la herencia recibida de mis padres Gustavo Romero Picalúa y Saturia Escobar Ruiz: educarnos en la honestidad. “¡Erdaaaa! Hoy, Jaime se viene con pulcritud y todo”. “¡Uy!, el Jimmy el pulcro” dirás. Y aunque te rías te digo que no presumo de serlo. Es que toda la vida he tratado de serlo y continúo tratándolo. Mis padres me “dañaron” o mejor nos “dañaron” a los siete hermanos Romero Escobar por inculcarnos a todos que “¡el mejor tesoro de una persona es su honestidad!”.  Es que cuando ellos vivieron el ser honesto era un orgullo. Hoy pareciera que es un orgullo la deshonestidad. Y lo peor: perdonar y ser cómplice del deshonesto por intereses personales mezquinos. La honestidad comienza por casa.

Posdata uno:

     ¿Eres tú persona íntegra?