Después de ese 31 de diciembre, aun cuando por el cierre intempestivo de Emisoras ABC, no hubo represalias contra el recién casado, la situación laboral se fue enfriando. El noticiero en Riomar no tenía las mismas condiciones del año estelar pasado y se produjo la migración de su director y demás personajes, a otros medios.

     El trabajo en las emisoras fue decayendo y de no ser por la intervención de Dios, habríamos tenido una crisis

difícil de sortear apenas comenzando la vida conyugal.

     A mediados de marzo, el día 15, recibí de parte de mi amigo Rafael Uribe Name uno de los mejores regalos de cumpleaños anticipado de todos los tiempos. Un nombramiento para desempeñarme como abogado en la Caja de Previsión Social del Departamento, con una asignación de tres mil pesos.

     El gobernador para esa época, lo era, el liberal martinleyista Antonio Abello Roca, designado por Misael Pastrana Borrero. El mismísimo ‘Pato’ Abello, quien meses antes había trabajado conmigo en el Noticiero Todelar de la Costa.

     José Name, que se desempeñaba como diputado departamental, le propuso mi hoja de vida para el cargo y Abello Roca, por haberme tratado con anterioridad, hizo el nombramiento sin mayores problemas. Era el primer cargo público que ocuparía y, como consecuencia, renuncié a la actividad en la radio y pase a la nómina oficial desde el 15 de marzo de 1972. Eso nos salvó de la crisis.

     Claro está, que el nombramiento había tenido origen ante la insistencia de Rafael Uribe Name, quien de seguro le habría recordado a su tío, ahora asambleista, las jornadas de apoyo que le habíamos dado desde cuando estudiábamos en la Universidad del Atlántico

     Seguramente le habría mencionado de nuestros recorridos, por toda la ciudad, sin excluir a las damas de medianoche de La Ceiba, buscando votos para su aspiración política y por el copioso reclutamiento de gentes, emprendida desde 1964, para la conformación del Movimiento de Integración Liberal, Misol, que años más tarde sería una de las vertientes más fuertes de este partido en la región.

     Esta labor de mi amigo y la de doña Silvia, su señora madre, fue muy persuasiva y el asunto dio resultados, pues mediante un decreto emanado del despacho oficial del señor Gobernador, se produjo la primera incursión de este escribidor en la nómina oficial. Además, otras hermosas noticias, meses más adelante, acompañarían este evento tan bueno para nosotros. El embarazo de Maritza de nuestro primer hijo y el nacimiento de nuestro sobrino Juan Carlos Hernández García, el 16 de mayo de ese año. Mejor dicho, el cielo nos estaba llenando de bendiciones.

     Pero algo vino a mortificar el rato de felicidad que atravesábamos. Mi papá, cansado de no hacer nada, resolvió alquilar una cuadra de panadería por los lados del DAS en Barranquilla, por la calle 54 con carrera 41, para reiniciar su antiguo trabajo. Y mi madre le siguió en el proyecto, mudándose los dos viejos para ese lugar, quedándose mi hermano Pedro, bajo nuestra tutela. Claro está que les visitábamos con frecuencia y me llenaba de tristeza verlos en su esfuerzo, para no depender de mí.

     Maritza decidió estudiar técnicas de comercio en una institución que se denominaba Tecnicor, ubicada por los lados del Coliseo Cubierto Humberto Perea, y cuando la recogía en ese sitio, íbamos a visitar a don Teódulo y a doña Inés en su nueva residencia. Mientras tanto, el embarazo seguía avanzando y de vez en cuando nos metía unos sustos grandes, pues sufría de unos ligeros desmayos, que siempre la sorprendían en la calle y hasta en la tienda de abarrotes en donde acudía a hacer el mercado diario.

     La tienda se denominaba Merka-Eva y en una ocasión, de no ser por unos bultos de arroz, en donde se recostó mientras le

pasaba el soponcio, Maritza habría terminado en el suelo. Por fortuna la señora Eva Carrillo, propietaria del negocio, y su hija Ercilia la auxiliaron y dieron aviso a casa para que pasaran por ella. El doctor Cadena, médico de cabecera de la familia, llamaba a estos desmayos, lipotimia o bajas de presión.

     En medio de estas ‘atribulaciones’, continuaba ejerciendo mi cargo de abogado en la Caja de Previsión del Departamento, dependencia que estaba ubicada en el antiguo edificio de la Gobernación por la Calle de San Blas con la Carrera 39, un poco más abajo de la Iglesia de San José. El lugar había sido invadido de bares y cantinas por los alrededores, pero, por fortuna, al frente de donde quedaba nuestra oficina, el propietario de la taberna no era muy amigo de las canciones de despecho de Alci Acosta, de los valses de Olimpo Cárdenas, de Julio Jaramillo y de Lucho Bowen.

     Más bien gustaba de las melodías de Leonardo Fabio, de Roberto Carlos. de Miltiño y de esos boleros mejicanos

inmortales de Pedro Infante, todas, estrellas de Emisoras ABC. Además, mi secretaria Margarita Villar vivía entonándolas, mientras transcribía a máquina los conceptos del novel abogado y las resoluciones de reconocimientos de pensión para la firma del Gobernador y del Jefe de la Caja.

     Al no dar mi brazo a torcer, se me amenazó con el despido. Continué en mi férrea posición y el día de las brujas de ese mismo año, 31 de octubre de 1972, salí por las puertas de la Gobernación Vieja, con la frente en alto, con el decreto de insubsistencia y con la liquidación de los siete meses trabajados, en el bolsillo. inmortales de Pedro Infante, todas, estrellas de Emisoras ABC. Además, mi secretaria Margarita Villar vivía entonándolas, mientras transcribía a máquina los conceptos del novel abogado y las resoluciones de reconocimientos de pensión para la firma del Gobernador y del Jefe de la Caja.

     Todo marchaba a las mil maravillas, con la dirección de la doctora Mayito Blanco, hasta cuando para mi infortunio, la Jefa fue despedida del puesto y al nuevo director, afiliado al partido conservador, se le ocurrió pedirme

algo indebido, a los pocos días de designado en el cargo: Que le aprobara la pensión de jubilación a un diputado de su corriente política, que aún no reunía los requisitos de ley para obtenerla. Proyecté una resolución negando semejante beneficio que iba contra la razón jurídica y contra las arcas oficiales.

     Me tocó, en razón del estado de mi esposa, y de la dificultad de un nuevo empleo, volver a la radio, pero esta vez me contrataron en La Voz de Barranquilla de Radio Cadena Nacional, en donde, por fortuna, me acogió mi viejo amigo Álvaro Enrique Ruiz Hernández

como periodista y en el grupo de radioteatro de esa emisora. Sufrí un notorio descenso en mis ingresos, pero salvé el honor de la familia que, para mí, era de un precio incalculable.

     El gerente, don Alfredo Londoño, me propuso un salario fijo de novecientos pesos mensuales y alguna participación si obtenía cuñas radiales para el noticiero o para los dramatizados. Con esta timidez natural que me acompaña desde niño, no pude convencer a ningún cliente que diera patrocinio a los espacios noticiosos o de radioteatro.

     De tal modo, que las cosas se pusieron difíciles para ese final de año, solo soportado por los pocos pesos de las prestaciones sociales recibidas del primer empleo en el sector oficial.

JOSE JOAQUIN RINCON CHAVES