La diversidad es un hecho fáctico de toda sociedad en donde existe un menú no coincidente de creencias, convicciones, sentimientos. No obstante, asumir la diversidad no es nada fácil, porque desde la escuela primaria estamos habituados a estar en la homogeneidad, metidos en una caja como los pollitos, donde pasan muchas cosas desagradables y pocas agradables. Si hacemos un inventario de recuerdos de nuestro paso por la escuela, son pocas las experiencias significativas en la escuela, lo que significa que la vida ha estado ausente.

     Es muy raro hasta ahora, que el aula sea un encuentro de comprensión de saberes sobre el bien, la vida, la divinidad, el poder… etc. Cuando un estudiante nos dice, “profe y eso para que nos sirve”, ampliamente nos está advirtiendo, “tú no me puedes reconocer, sin saber quién soy”. Los jóvenes cuestionan nuestros referentes de vida, porque mientras nosotros insistimos en un mundo –que acaso ya no existe o está dejando de existir– ellos no

buscan la estabilidad en el trabajo, ni en la pareja, ni en la vida y esto nos genera desconcierto a la hora de concertar y conciliar una salida.

     Por eso hay que preguntarse: ¿Qué buscan los jóvenes de cara a lo que perseguimos nosotros (PADRES), cuando fuimos jóvenes? De qué adolece el joven hoy, si tiene lo que nosotros nunca tuvimos (recursos, comodidades, oportunidades). ¿Será que adolece de las certezas, seguridades y un futuro claro que aparentemente tuvimos nosotros?

     Esa paradójica situación de los jóvenes lo lleva a un terreno de arenas movedizas porque mientras tiene más opciones y menos tabúes, al tiempo tiene menos certezas, que antes nos constituían como grupo social, comunidad y familia.

     Ante esta situación, hablando de verdades y mentiras de la escuela, los discursos y prácticas dominantes discuten como se puede disciplinar al sujeto sin eliminar al individuo, entendiendo que los valores sin normas son vacíos y las

normas sin valores tienden a marchitarse.

     Lo cierto es que, frente a la caída de valores y modelos de la sociedad capitalista actual, habrá que reinventar otros valores para vivir el presente y esto exige que la escuela modifique la mentalidad, la estructura espacio-temporal y el currículo. Si la política educativa se queda en lo cuantitativo tratando de empujar la jornada única sin pensar en la calidad, vamos hacia un inminente chasco de tener unos estudiantes y unos profesores más aburridos que “burro pasando río en canoa” o “mico recién cogido”.

     Ahora bien, cambiar el rumbo de la educación desregulada que tenemos,

depende del tipo de gobierno y Estado, es una decisión política de toda sociedad en lo macro y en lo micro, depende de los directores de escuela en cabeza de los rectores. Si el propósito de estos es empujar la jornada única sin más, o la de entender que la escuela que tenemos que se cree divina y perfecta, fue excelente hace cincuenta años. Por eso, transformar la educación y la escuela pasa por comprender lo que está pasando con los sujetos que la viven, es decir: en los profesores y estudiantes y no en metas, afortunadamente como las de ser los más educados en América Latina, diseñadas por expertos que viven en oficinas celestiales.

     Uno lo que sospecha, en todo esto que llamamos educación, es que hasta ahora no se han sacado las consecuencias de vivir en un mundo que cambió y que exige no solo recursos gigantescos sino esfuerzos de originalidad innovadora que rompan con las identidades tradicionales de los grupos. Uno lo que observa es una preocupación de atender la eficacia practica en lugar de apostar por el riesgo creador, el énfasis en reproducir un orden existente que ya no sirve para instalarnos en la sociedad del conocimiento, para competir con la grandeza que

implica instruir buscando originalidad.

     Mantener una escrupulosa neutralidad ante la pluralidad de opciones ideológicas, religiosas, sexuales y otras diferentes formas de vida (drogas, redes sociales, TV, polimorfismo estético) nos colocan en un pasado que pasó, pero que está y sigue insistiendo en encerrarse y elevar muros como lo sigue haciendo la escuela. No puedo ser profesor, si no percibo cada vez mejor que mi práctica, al no poder ser neutral, exige de mí una definición, una toma de posición, una ruptura, una escogencia de posición entre esto o aquello.

     El problema entonces no está en si tener o no jornada única, a mi particularmente no me gusta la idea tal como va. Creo, que estamos en la época del tiempo libre y no necesariamente en la sociedad del desempleo como dice Openhaimer, donde debe trabajarse y estudiarse cada vez menos horas. Para eso están las maquinas, que ahora trabajan por nosotros, ahora más bien lo que hay es que pensar y sentir lo que Marx denomino el reino de la libertad. No apuesto por menos.