Observando y analizando la situación mundial, regional y nacional, caracterizada por los vientos de guerra que está produciendo el avance de las fuerzas de la ultraderecha en el poder, hay aspectos que nos producen cierta vergüenza, por ejemplo, con un país como Cuba, que, queriendo ayudar a la paz de Colombia, ahora se le quiere exigir que maniobre la guerra…

     El Presidente Iván Duque, cogiendo el atajo guerrerista y pateando la reputación diplomática, quiere que Cuba y los demás países garantes de la negociación con el ELN, le resuelva lo que el Estado no ha conseguido en más de cinco décadas de conflicto interno.

     Queda claro que las decisiones que se toman al calor de la guerra suelen ser enemigas de la responsabilidad y la sensatez. Sin duda alguna el atentado del ELN en Bogotá el pasado 17 de enero es un acto terrorista que Colombia y el mundo entero han salido a rechazar, porque los hombres de paz seguimos demostrando que acostumbrarse a la barbarie no es una opción. El debate

alrededor de si mantener o no la mesa de negociaciones con el ELN está abierto y seguramente el tiempo se encargará de demostrarle al país, una vez más, que la confrontación militar es un callejón sin salida que a nadie sirve. Sin embargo, el aprovechamiento político del atentado que ha hecho el gobierno de Duque, es, cuando menos, bastante grotesco y nos produce vergüenza internacional.

     Por otro lado, también está claro, desde hace muchos años, tanto en el plano nacional como en el internacional, que los protocolos que se pactan al principio de una mesa de negociación, son una declaración de mínima confianza entre las partes y, fundamentalmente, una demostración de voluntad y seriedad ante los países garantes y acompañantes que deciden rodear los procesos de paz. Hoy la fragilidad de la diplomacia colombiana quiere llevarse por delante la seriedad de la diplomacia cubana. Duque, como buen uribista, llegó creyendo que la palabra empeñada del Estado colombiano no vale nada. Claro, así como dirige un gobierno resuelto a incumplir lo pactado con las Farc, cree que todos los estados funcionan igual. Para el canciller colombiano, Carlos Holmes Trujillo, es toda una novedad que un país respete los protocolos de los cuales se declaró garante, pero este uribista debe entender que así funcionan las diplomacias serias.

     No tiene presentación la intención de aprovecharse del repudio internacional que generó el atentado del ELN para arrinconar diplomáticamente a un país que, entre otras cosas, se prestó de buena fé, para ser sede de unos diálogos de paz. Confundir voluntades con facultades no habla bien de un jefe de Estado, e Iván Duque ha cedido ante la tentación de creer que su voluntad de acabar los diálogos con el ELN le habilita para pasar por encima de protocolos que han sido acreditados por otros países en su condición de garantes. Ser guerrerista no es excusa para ignorar los detalles que constituyen logísticamente a una negociación de paz. El uribismo cree que cualquier gobierno puede

inventarse una falsa mesa de diálogos para luego apresar a los líderes insurgentes que llegan a negociar, pero la realidad es mucho más compleja que la cruzada en que vive la derecha colombiana aupada y dirigida por los Estados Unidos.

     Han pasado más de 50 años en los que el Estado colombiano se ha empleado a fondo para someter a las insurgencias y, sin embargo, el parte de guerra de ambos lados no justifica mínimamente la cantidad de vidas que han quedado aniquiladas en medio del enfrentamiento. Entonces, además de terminar la mesa de diálogos, el gobierno pide traicionar las formalidades adquiridas no sólo con el ELN, sino con la comunidad internacional. Exigirle a Cuba que ponga en manos de Néstor Humberto Martínez a los líderes del ELN, esposados y derrotados, es querer lograr, en cuerpo ajeno, un golpe que jamás ha conseguido dar el Estado colombiano y sus fuerzas militares. Dicho de otro modo, Duque está pidiendo que el gobierno cubano traicione su condición de país garante de la extinta mesa de diálogos y que gane la guerra en nombre del Estado colombiano.

     Seguramente la sensatez del gobierno cubano y de los demás países garantes por el respeto a los protocolos firmados, se impondrá ante la ceguera y la insensatez de la diplomacia uribista. ¡Qué vergüenza con Cuba que quiso ayudar a la paz y ahora le piden maniobrar una guerra! Este es un descrédito internacional, al desconocer el pacto para salida de jefes del Eln de Cuba, porque de hacerse, se cerrarían las puertas de manera definitiva a un posible diálogo, ya que no habrá país que sea sede de los diálogos ni mucho menos garantes de los mismos…

     Ante esa estrategia la pregunta es obvia: ¿El Presidente Duque y su gobierno, quieren la paz o promueven la guerra?  Porque el otro tema, que abordaremos la próxima semana, es el papel del gobierno Duque ante el gobierno de Venezuela… ¿Defendemos la autonomía de las naciones o nos metemos en sus asuntos internos y promovemos la intervención y la posibilidad de guerra?