Aún recuerdo, como si fuera ayer, 
la dolorosa partida de mi casa paterna,
en pos de un espinoso destino laboral,
a más que, profundamente enamorado, 
corrí tras la incierta quimera de mi felicidad.

Cuatro décadas han marcado una distancia
de vida, virtudes, pesares y placeres.
Hoy vuelvo a ella, solo y decepcionado, 
a buscar un refugio seguro a la nave de mi corazón,
tras haber navegado y zozobrado
en los mares borrascosos del amor de una mujer.

Aquí, construiré mi propia ínsula de recuerdos
sobre un arrecife multicolor con algas de poesía

y corales musicales que apañen mi dolor, 
donde pueda añadir hojas nuevas y fragantes frutos
al árbol sexagenario de mi vida de poeta.

Con decisión emprendo su locativa adecuación,
sintiendo que en cada ladrillo removido 
encuentro los sonidos del mobiliario familiar 
y las voces de mis padres y hermanas, 
que escuchar por siempre yo quisiera, 
para evocar mi apacible niñez y mi bizarra juventud
entre estos muros de nostalgias. 
¡Vuelvo a casa!

 

Santa Marta, marzo 29 de 2014

A la viuda de pescado

No es un cuadro de Picasso,

de Rembrandt o de Obregón,

pero, sí bella visión,

como el sol en el ocaso,

deslumbrante de colores

de claroscuros y brillos.

Es un bendito platillo,

del costeño eterno anhelo,

donde el pescado es modelo,

acompañado en la escena

y dispuestos sobre un cazo,

miren de que cosa buena:

¡el plátano y la yuca blanca!

bien cocidos al vapor

en el artesano hornillo

de las fondas de mi pueblo.

Rico manjar ribereño

del Magdalena y el Cauca,

del San Jorge o del Sinú;

se acompaña de limón,

guarapo y lacrimógeno ají,

del que llamamos aquí

“suero blanco picantón”.

Qué dicha es comer pescado

arrollado y bien salpreso,

¡exquisito pan de gloria!

y sin condimento alguno,

solo sal y el aroma foliar

de las hojas del bijao

donde yacerá encamado

y se cocerá encantado.

 

Santa Marta, octubre 22 de 2018

     Eran las siete de la noche de ese caluroso y húmedo 29 de julio en la caribeña ciudad de Santa Marta. En medio de la fiesta patronal, suena a lo lejos el pin dan pin dan de una ancestral danza bantú que ejecuta un grupo folclórico del barrio Pescaito en medio de la plaza contigua a la iglesia parroquial. Como palomas atraídas por un agitado reclamo, una gran multitud de vecinos concurre al sitio, empujada por la atracción que ejercen los sonidos de percusión de la tambora, el tambor hembra y el llamador en su genética afrodescendiente.

     Se estremece el plató al  sonido de los cueros, cuando sale al ruedo la danzante chiquilla mulata, conocida en el gremio del folclor como Elians, ‘La bailadora’, con sus manitas de abanico, adornada con una diadema de festones amarillos para fijar su negra cabellera rizada. Viene acompañada por los virtuosos tamboreros de Matei y un corro de sus  fanes y parientes entusiastas, que la rodean para verla bailar como solista la danza ‘El baile del avestruz’. Inicia el baile con un paso adelante, dos atrás, un contoneo grácil y cadencioso, y recorre cada espacio del círculo de espectadores, haciendo gala de su impresionante donaire, gallardía y sutil desparpajo. Con

la mirada desafiante y graciosa, altiva pose y coquetería natural, hace alardes de su sangre y raíces africanas, mientras se yergue y agacha acompasada, como  una mariposita que revolotea de flor en flor.

     Baila sin macula el compás de la tambora, cuando mueve su pollera en un torbellino delirante y rítmico, retando altanera el son del tambor. Se diría que sus piececitos levitan sobre el pardo piso de la plaza. Cesa el tambor y una salva de aplausos despiden su maravillosa actuación. ¡Viva Elians, ‘La bailadora’!

Santa Marta, septiembre 30 de 2018

¡Ya quisiera que así fuera, el río en su desembocadura!

Como una pluma de oro forjada en verde crisol,

allá arriba, en las alturas de nuestra Sierra Nevada,

moldeada con maestría por las manos bienhechoras

del orífice ancestral que por siempre la ha poblado,

y que su ambiente ha respetado y en sus aguas ha mirado/

muchos astros y luceros desde un lejano pasado,

para encomendar al mundo con sus piadosos ritos,

abluciones, oraciones, y sagrados pagamentos,

por la vida y por la gloria, por alimentos y paz.

Antaño fue un río de mieles, del cual saciaban la sed,

aves, peces y animales de la tierra y de los mares,

desde que el indulgente Serankua a nuestra raza dio vida/

y complacido en su obra nos puso a vivir aquí.

Pero, han cambiado las cosas, ya no queda nada igual

pues, a su paso por la urbe, que ayer tuvimos por perla,

la más bella del caribe, la de los arreboles dorados,

que sin orden ni concierto aquel gentil español

a la usanza de su patria en sus riberas fundó.

Hoy, inexorablemente han pasado los tiempos.

Lo que fue ayer un áurea pluma, es un mancillado plumón,

que, aunque conserve el color, son detritos, son las heces

de una ciudad sin pudor que a las playas y corales

sepultó en un aluvión de inmundicias y miserias,

sin considerar siquiera, medidas de prevención.

¡Oh, mis dioses de la sierra! ¡Oh, guardianes de mi heredad!/

¡Almas de toda bondad! Su perdón y divina protección,

hoy de hinojos les suplico, y entre llantos yo les imploro

que la gente de esta tierra impía, ¡tome consciencia un día!

 

Santa Marta, octubre 18 de 2018

Si yo fuera él:

Hiciera de tu casa un arrecife de corales,

sin muros, sin barreras ni cortinas;

solo tú y yo, entre algas danzarinas

coronada como reina de los mares,

para que tu vida fuera una fiesta sin final,

donde nadie ni nada pudiese hacerte mal.

Si yo fuera él:

En el jardín del Edén reservara para ti

la era más fértil y del sol siempre alumbrada,

para cultivar en ellas, bellas flores perfumadas

con los aromas de la rosa, el heliotropo y el alelí,

que surtan tu cuerpo de exquisitas fragancias

con que resaltar más aún, tu natural elegancia.

Si yo fuera él:

Proscribiría por siempre las noches de los días;

y en su lugar, de la crepuscular tarde te haría,

una cascada de encendidos arreboles

donde el cielo reflejara el carmesí de tu boca

Santa Marta, septiembre 30 de 2018

y, de tus mejillas, acentuase los púdicos rubores.