os años de1968 y 1969, se me volvieron una confusión de horarios. Entre los estudios, la panadería, el teatro, la radio y los amigos, se me creó tal envolatada, que, como Monsieur y Madame Curie, estuve a punto de exclamar:

“Que habremos descubierto, el radio o la radio, porque esta vaina no suena…”.

     En efecto, eran cuatro frentes, cada cual más exigente. Los años finales de Derecho eran decisivos para terminar la carrera, por lo menos el periodo de formación más importante, pues no bastaba con culminar el periodo académico, sino también el de la presentación de cinco exámenes preparatorios que resumían, en cinco pruebas, las materias cursadas de Civil, Penal, Constitucional, Comercial y Administrativo.

     Además de lo anterior, era necesaria una tesis de grado con los criterios propios del estudiante y su exposición ante un jurado calificador que la aprobara, como requisito definitivo para optar por el título de abogado. Un poco cuesta arriba, pero complicadísimo para quien tenía tantas ocupaciones, como este aspirante a titularse como 

jurisperito.

     En la panadería, por la pérdida de la clientela, de la camioneta de reparto, el cambio de barrio y las incomodidades de la vivienda, el trabajo se hizo más difícil, pues no había entradas que compensaran los gastos de arriendo, servicios, alimentación y, sobre todo, la compra de insumos, por lo que se requería de entradas adicionales para sobrellevar la situación. Entonces quedó la posibilidad del trabajo en la radio, en horarios que no causaran mayores efectos en estos frentes: el estudio y el trabajo en la panadería.

     Pero como no se había redondeado la formación, ni la

actuación en el grupo de teatrode la Universidad, el asunto cobraba ribetes de imposible. La actividad teatral no la podía interrumpir hasta cuando se llevara a cabo, el segundo festival de teatro en Medellín a mediados de 1969. Como si esto fuera poco, faltaba tiempo para las relaciones con los compañeros de la facultad, para las jornadas de estudio y de algún disfrute pagano y bacano.

     Entonces, no existía la reingeniería del tiempo y cubrí los frentes a que estaba destinado, entregando horas y minutos, religiosamente contados y me quedaban faltando horas. Lo importante era no perder esta guerra contra cronos. Las clases de teatro fueron limitadas tres días a la semana de siete a diez de la noche. Usualmente, lunes, miércoles y viernes.
Las clases de derecho, siendo inalterables, pero con menor intensidad, toda la semana, de lunes a viernes, en horarios dispersos por la actividad profesional de los maestros.

     El trabajo en la panadería lo realizaba en las primeras horas de cada mañana desde la cinco, hasta las siete antes meridiano. En la noche, alguno que otro reparto a clientes. El estudio con compañeros, domingos desde el mediodía hasta las seis y la actividad social, en algunos ratos libres después de estudiar.

     El trabajo en la radio se inició, a mediados del segundo semestre de 1968, luego del regreso nuestro de Bogotá y tras una semana de teatro en Bellas Artes, cuando mi talento para estas lides fue descubierto por Leonidas Otálora Arango. Las grabaciones de algunos programas se realizaban los sábados, todo el día, y los episodios de ‘La ley contra el hampa’, que iban en vivo, a las doce del meridiano, de lunes a viernes.

     Tal actividad me mantenía en una extrema delgadez, que hoy se hubiese confundido con la bulimia, pero era por la continua actividad mental y física que mis pobres huesos solo tenía reposo cuando llegaba a casa al borde del agotamiento. Todos los frentes cubiertos, con la escasa posibilidad de considerarme como ‘el soldado desconocido’,

porque iba ganando un nombre en la radio y con un mote que me acomodó mi director Álvaro Ruiz Hernández: ‘El zorro’.

     No porque hiciera estragos con el látigo y el caballo negro en tierras de California, sino por el papel que me tocaba interpretar como ese animalito en los cuentos infantiles dramatizados que se intitulaba ‘Riomarilandia’. Luego vendrían otros papeles en seriados de piratas, como Sir Francis Drake en ‘Los indomables’; de sheriff o de vaquero en ‘Casta de valientes’; ‘de Agustín Lara o José Alfredo Jiménez en ‘Historia de mi canción”; de Pelé o Valenciano en ‘Esta es mi vida’, de algún duendecillo en épocas de navidad y tantos otros, que la mente olvida.

     Fue la época grande de la radio en Barranquilla, que ha quedado plasmada en la historia de la radiodifusión en la ciudad en el libro que de sus memorias hiciera mi maestro Álvaro Enrique Ruiz Hernández, fallecido hace un año,

tras más de noventa años de caminar por este mundo y más de setenta en lo que no descubrieron los esposos Curie: la radio.

     Los salarios por esta profesión sirvieron de apoyo a la gesta de mis padres por verme culminar la carrera de Derecho y por algún apoyo en los gastos, con el que pude contribuir para aliviar la presión del diario vivir. Pero, como todo en la vida, surgió un imponderable. Al cerrar los estudios se me abrió un campo que años atrás había explorado: el periodismo.

     De nuevo, por la intervención de Leónidas Otálora Arango, director de Emisoras Riomar de Todelar. Esta cadena nacional de radio de los hermanos Tobón De la Roche, se enlazaría con más de doce emisoras en todo el país afiliadas a este circuito. El proyecto era realizar el mejor radio-noticiero de la Costa Atlántica, para lo cual había vinculado a los más prestigiosos periodistas de Colombia, de la región y a afamados locutores, que le dieran prestigio desde su iniciación.

     En Barranquilla, el órgano noticioso estaría dirigido por Armando Benedetti Jimeno, quien había sido director del periódico vespertino El Nacional, y por Hernando Quintero Millán de Barranquilla Grafica y Quillan 007, y Antonio Abello Roca, exministro de Comunicaciones a nivel local, y en el nacional, toda la plantilla de los radio-periódicos de emisoras de Todelar en Colombia. Bogotá, Medellín, Cali, Bucaramanga, Cartagena, Manizales.

     Leonidas, conocedor de mis competencias en periodismo y de mi situación económica, me lanzó este proyecto como un salvavidas para que mejorara mis ingresos en orden a ayudar a mi familia. Además, sabía que estaba culminando la abogacía, lo cual sería apoyo importante en la producción de noticias, termino técnico que yo uso, para no auto-llamarme ‘carga-ladrillos’.

     En la redacción, estarían Rafael Ulises Lafaurie Rivera, Ricardo Heberto Díaz de la Rosa y Beatriz Manjarrez. Luego se vincularían Pedro Lara Castiblanco, Josefina Llanos Lara y Sigfredo Eusse Marino. Era un proyecto maravilloso, 

en el cual me parecía un orgullo participar. En la locución Rafael Araujo Gámez y, para ponerle la cereza al postre, Edgar Perea Arias, el mejor locutor del momento en Colombia.

     No pude decir no. Y me lancé de cabeza a ese rio que se anunciaba tempestuoso, pero rico en aventuras y en riesgos. Además, en 1969, ya había culminado los años de formación y con buen cálculo, los preparatorios los haría en el año siguiente y, con buen viento, buena mar e investigación, la tesis estaría lista en los inicios de 1971. El plan perfecto. Trabajo y tiempo para culminar y lograr el título de abogado. El caso es que otros imponderables se fueron presentando.

     El primero de ellos, la entrega casi absoluta al periodismo y al radio teatro. Al punto que solo hice dos exámenes preparatorios, tras vencer la fobia anti-izquierda que se afincó en la Universidad durante la rectoría de Guillermo Rodríguez Figueroa. La segunda, el relumbrón de la locución. Los informes radiales y ocupaciones extras en Emisoras ABC como locutor, me abrieron otro campo laboral, que me apartaron del fin principal, el logro del grado como profesional del derecho.

     Además, estaban las ocupaciones con los compañeros de la U. Unas veces, para el estudio de los preparatorios. Otras para participar en política con el grupo del entonces 

diputado José Antonio Name Terán, por intermedio de su sobrino y mi amigo del alma Rafael Juan Uribe Name, lo cual sería decisorio en los años siguientes. Desde la consecución de votos en épocas de elecciones, hasta la defensa de los mismos ante los organismos electorales.

     Era todo un rollo, la existencia en ese momento. A nivel nacional, la llegada al poder de Misael Pastrana Borrero, tras un ‘golpe de silencio’ a las autoridades de la Registraduría, un mandar a callar a la radio y un turbio amanecer con las cifras de la votación cambiadas anunciadas hasta las ocho de la noche del 19 de abril de 1970.

     Su rival de ese día, el exgeneral Gustavo Rojas Pinilla, llevaba una cómoda delantera en los conteos, cuando sobre las ocho de la noche, hora en la cual, el presidente en ejercicio Carlos Lleras Restrepo, ordenó no entregar más cifras, sacó a los periodistas de todas las registradurías del país, el ministro de Comunicaciones Antonio Diaz autorizó que se pasara por radio y televisión un insulso partido de fútbol, mientras los simpatizantes de la Anapo salían a las calles a gritar: “¡Chocorazo, Chocarazo!” y al día siguiente, 20 de abril de 1970, fue proclamado como Presidente electo el último aspirante del Frente Nacional.

     Eso, será objeto del siguiente relato….

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES