Otra vez, los mismos bandidos redomados,

sin pudor y sin vergüenza nos quieren esquilmar.

Hoy se inventan que el erario nada tiene para invertir,

que al bolsillo popular les es imperioso acudir,

que el gobierno, por las deudas contraídas del pasado,

mil culebras y matones financieros tiene que saltar.

Empero, en nada les importa si en la cisterna

y en los grifos de las casas no haya el agua,

que a las calles no les quepa un hueco más,

que los colombianos andan, y la miseria va detrás,

que cuando llueve, ¡como faltan las piraguas!

Cofradía embalconada de asaltantes,

ya dirán, que nuestro cielo cubriremos

con estrellas que alumbren más que el sol,

que ya no habrá que refugiarnos en ‘el gol’

ni mucho menos en parrandas con alcohol,

pues, la leche de la pluma ordeñaremos

y la comida desde el cielo bajará;

pero, nunca jamás nos podrán ocultar

que sus arcas bien llenas quedarán

y a sus cuentas y fincas nuestra plata irá a parar.

Santa Marta, noviembre de 2018

La muerte de los Pizano, Jorge Enrique y Alejandro,

más que un aciago accidente o un deplorable suicidio,

parece un acto prefijado por malvados conspirados,

que se encuentran enredados en la trama de Odebrecht,

-ese burdo negociado, que en una niebla se oculta-

donde no ha habido un fiscal ni un diligente juez,

que haya podido imputar, aclarar y condenar,

personajes encumbrados que estuvieron vinculados.

Ya en nuestra amada Colombia, no les bastan los disparos

de una facción ilegal o de una banda cruel y asesina,

ligadas con algún grupo, o por un partido de hegemónico ideal

que maneja la justicia, el gobierno y las industrias

como si fuera un negocio de mezquinos beneficios,

para expoliar el erario y los bienes del común,

con conciertos afinados con ese protervo fin.
Y no sé cómo llamarlos: ¿bandidos o verdaderos asaltantes?
O, tal vez, una propia mafia, que al igual que hacían los Borgías,
con sus pérfidas pasiones y sin escrúpulo alguno,
sin un asomo siquiera, de cristiana compasión,
por defender sus riquezas, no perder el poder
y gobernar un imperio de cimiento ensangrentado,
acudieron al veneno del cianuro y a la Atropa belladona,
esa planta tan mortal; y si con ello no basta,
la mandrágora culmina esa gesta tan macabra
que da muerte a los rivales, como moscas fumigadas.
En su insaciable avaricia y desvergüenzas por mil,
han mutado para mal, en envenenadores asesinos,
para quienes la vida ajena no tiene valor alguno;
que poco les cuesta cooptar a venales congresistas,
a los desvergonzados entes de vigilancia y control,
y a los jueces mercenarios que por la plata olvidan,
lo que vale la vida, la patria, el honor, pudor y el amor.
Si alguien, por lo que sabe, les representa un peligro

para sus aviesos intereses y corrientes componendas,

pronto su muerte deciden,

por violencia o envenenamiento mortal

como una forma sutil de quitárselos de encima,

cuando estiman necesario

mandarlos al otro mundo.

Previamente les defraudan la confianza,

la inocencia y el respeto

para parir la traición y el horrible asesinato,

como en el medioevo le hicieron

al cardenal Minetto

el perverso Cesar Borgía y su corrupta Lucrecia.

Nada vale el probador de comidas a la usanza medieval,

que a tantos otros evitó, sufrir la muerte segura,

con un veneno ingerido con el mejor de los vinos,

o también, en una apetecible y exquisita comida.

Con traición y con engaños, por aferrarse al poder,

una sola poción basta de ese elixir infernal,

justo, cuando aquel confiado individuo

en sus manos se entregó, y en poco rato vivió:

cuerpo ardiente y un galopante corazón,

vómitos y muchas nauseas, convulsiones imparables,

y finalmente, la quietud de la inesperada muerte.

Más que una reunión, parece un revoltillo.

Sus ojos negros manchados de amarillo,

se entrecierran acusando un cruel tormento,

castigados por un ardiente viento.

Son mustios rostros sentados en desorden

bajo la maloca pajiza que entrelaza

las mil ilusiones de esa mansa raza.

Empero, transcurrido un breve tiempo,

la suave brisa estival mece las palmas

saludando efusiva al grupo concurrente.

En el debate, impreca el pescador intemperante,

frunce el ceño disgustado el visitante

y hay expectación en ese instante.

Sonríe complacida la cobriza concurrencia

festejando el apunte y la picaresca invención

de un bigotudo orador de esa ordinaria ocasión;

en vano se descarga el funcionario invitado,

matizando con promesas su oratoria,

buscando con palabras las razones,

al tiempo que, pedorro, sacude sus calzones.

Quiso el Creador enmudecer sus lenguas

y concluye en tablas la contienda.

Unos se arrastran cual serpientes,

otros se abrazan muy sonrientes.

Al final los escépticos cuestionan murmurando:

¿es magia que nos tiene embelesados?

¿se ahonda la ancestral desesperanza?

¿se redime el Caribe lagunar que está postrado?

Tasajera, 12 de julio de 2000