Puerto Colombia era un poblado de la costa Caribe que muchos años atrás había sido el primer puerto marítimo del país y que perdiera su importancia luego de que a algunos cívicos de Barranquilla se les metiera la ventolera de canalizar el rio Magdalena, desde Bocas de Ceniza, su desembocadura, hasta la rivera de la gran urbe. Por allá, como por 1939, cuando se hubieron construido las bodegas, atracaderos y vías de acceso a las nuevas instalaciones —en medio de las celebraciones de quienes promovieron la obra—, empezó a languidecer el viejo muelle.

     Para 1970 solo quedaban la carretera vieja con el lago del Cisne a uno de sus lados, algunas edificaciones como la aduanilla, la estación del tren y el atracadero, que en alguna época figuro como uno de los más largos del mundo y por el cual entró no solo la mercadería, sino toda una generación de inmigrantes de Europa y de Asia que trajeron su empuje y su raza a la ciudad que, en 1935, empezaba a despertar para el mundo y que les sirvió de refugio, tras huir de los horrores de la Segunda Guerra.

     Era un poblado en cuyas casitas se recogían cerca de 28 mil habitantes. Sus cerros tutelares son Cupino, Pan

de Azúcar y Nisperal y unas playas que, antes hermosas, hoy son apenas sombra del ayer, que desaparecen como las ruinas del muelle que le dio vida… y el atardecer de su cantor Campo Miranda.

     El poblado caribeño atraía los fines de semana a los bañistas, pero entre los restantes días solo se movilizaban los obreros del Terminal, que habían logrado colocarse en la nueva empresa y que eran transportados por unos buses de madera azul-oscuro de Colpuertos, que así se llamaba la entidad que administraba las instalaciones portuarias.

     Por lo tanto, para ir hacia esa localidad había solo un servicio de traslado entre Puerto Colombia y Barranquilla, por buses de la Empresa de Transportes Puerto Colombia, que dejaba de prestarse a las siete de la noche, cuando salía el último bus desde la Plaza de San Nicolás. La más famosa de estas chivas era la ‘¡Nojoooooooda!’, pues de tan grande que era, las gentes al verlo pasar soltaban, en sostenido, esta exclamación. En cambio, los braceros y capataces que tomaban turno a las doce de la noche, en Barranquilla, contaban con buses de Colpuertos, que los recogían desde las once de la noche, en la plaza del pueblo costero.

     El galán, profundamente enamorado de Maritza del Socorro, no agotaba maneras de visitar a la amada o de acompañarla hasta su casa en Puerto Colombia, en las ocasiones en las cuales los turnos en las emisoras le permitían tan encantadora misión. Entre tanto, aprovechaba los programas de radio para complacer a la pretendida dama con canciones y poesías que

media ciudad escuchaba, pero cuya destinataria desconocían.

     Acerca de esta experiencia y de los ingeniosos trucos utilizados para las visitas de antes de la medianoche en el poblado ubicado a más de 19 kilómetros de distancia, las gentes cuentan lo que sucedía para lograr la presencia corpórea de aquel Cupido, sin acudir a rituales de brujos ni a nada parecido. El radiofonista había logrado convencer a un amigo de la infancia que, con el correr de los años, también ejercía el oficio en la misma emisora, para que tratara de enamorar a la hermana menor de la mujer, Marta Lucía, que lo tenía medio loco. La historia es la que sigue.

     Aquellos dos jóvenes, a pesar de trabajar para Emisoras ABC y Riomar, a partir de las seis de la tarde estaban más pendientes de Radio Reloj que de las radiodifusoras en donde laboraban. Se conocían desde muchachitos, pues eran vecinos del barrio Boston y hasta habían coincidido en las aulas escolares. Vivían en la misma manzana del barrio y compartían la silla de peluquería en la esquina de la 68 con Líbano, en donde el viejo Félix Fontalvo les hacía el motilado de moda y les contaba el chisme del día.

     José, ligeramente mayor, se desempeñaba, antes de ser periodista y locutor, como oficial de cuadra y repartidor de pan en el negocio de su padre, la panadería Flor del Norte, que funcionaba en la casa de los Dávila. Víctor Arturo Polo Sanmiguel, dedicado a los estudios y a cuidar a su hermanita menor, vivía con sus padres a la vuelta de la esquina de la 68.

     En la esquina de Olaya Herrera con la calle mencionada quedaba una estación de gasolina de los Steffens, a quien le decían ‘El gringo’ por su estatura, su cabello rubio y sus ojos verdes. De vez en cuando, por la bomba, pasaba una niñita pelo alborotado que sería una de las mejores actrices que hayan trabajado para la televisión criolla: Jennifer.

     Se vivía entonces una vida apacible en la vecindad. Solo en Carnaval, el cerramiento de la calle 69 y las verbenas de la candidata del barrio ponían el sabor a la temporada que empezaba desde mediados de enero. Por entre las tablas del cercado, José y Víctor Arturo miraban con curiosidad las filigranas de los bailadores y los escarceos amorosos de las parejas que se habían dado cita en la corraleja.

     Desde entonces, parece que nació en los muchachos la inquietud por el conocimiento de la música que escuchaban, dedicada en esa época, más a los interpretes de la costa, que a la invasión que después provino de Venezuela y de Puerto Rico. Uno que otro mambo o de los merengues clásicos de Valladares, de la Fania All Stars y la

infaltable Sonora Matancera rompían ese dominio de los músicos criollos.

     Eran, por decirlo así, unas vidas paralelas. Por unos años cambiaron de caminos. José, por el trasegar de sus padres y ante un desacuerdo con los propietarios del inmueble en donde funcionaba la panadería, retornó al barrio Olaya y Víctor Arturo permaneció en sus feudos de Boston. Sin ponerse de acuerdo, escogieron como profesión futura la de ser abogados.

     Uno en la Universidad del Atlántico. El otro en la CUC. En busca de empleos para financiar estudios, acabaron dedicados a la locución y a la actuación en los elencos teatrales. Al fin y al cabo, eran oficios que después utilizarían con mucha ventaja en su rol de picapleitos y de profesores universitarios.

     La vida con sus vueltas, les hizo encontrar en un viejo caserón de la Avenida Olaya Herrera con calle 70. Allí, funcionaban las Emisoras de Todelar. Ambos llegaron por sendas diferentes. Víctor Arturo en su trabajo de locutor curtido en otros estudios de la ciudad y en redacciones de noticieros de radio. José, como actor de teatro para intentar un ingreso al famoso elenco radial de Todelar bajo la dirección de Álvaro Ruiz Hernández, propósito que alcanzó y que luego complementó con un acceso al Noticiero Todelar como reportero. Ambos, en sus tareas, cumplieron a cabalidad con el plan que alguien, por encima de sus cabezas, les había impuesto.

     Pero, ¿qué indujo a los debutantes en las estaciones de propiedad de don Leónidas Otálora Gómez a romper la lealtad que se debe a quien nos proporciona trabajo y a estar pendiente de una emisora rival?

     Simplemente, por cuestiones de Cupido. Ocurría que José se había enamorado de una joven que residía en Puerto Colombia y ella tenía una hermana que atrajo el interés de Víctor Arturo. Solo que el desplazamiento hasta el cercano municipio únicamente se permitía hasta las siete de la noche por la nula existencia de pasajeros de regreso, y a que, en la madrugada, el primer bus salía de la plaza a las cinco de la mañana. En tales condiciones, los recién comenzados romances no tendrían mayor futuro, pues, cómo hacer para superar semejante escollo ya que los casi 20 kilómetros de distancia, sería muy difícil recorrerlos a pura pata.

     En Radio Reloj encontraron la solución al acertijo. En esa emisora, todos los días, daban paso a un servicio social dirigido a los trabajadores del Terminal Marítimo. En la voz del locutor en cabina se escuchaba:

     ¡Atención, atención trabajadores del Terminal en Puerto Colombia, se requiere una cuadrilla de estibadores y chequeadores para las siete de la noche y para las once de la noche, segundo turno!

     El aviso sonó, como manjar para los dioses, en los oídos de José y de Víctor Arturo, que aseguraban así el regreso de los pretendientes a Barranquilla, por lo menos hasta las once de la noche. Solo quedaba pedir el favor a los choferes de los buses del terminal para el transporte desde el viejo Puerto hasta la gran ciudad y no quedarse a dormir en las bancas de la plaza.

     No se recuerdan las veces que los dos galanes utilizaron este medio

para cumplir con sus citas de amor, solo que el más persistente logró su objetivo y, tiempo después, en un diciembre lleno de luces, se casó en la Iglesia de San Francisco con la chica porteña. Desde luego que Víctor Arturo asistió al casamiento y se gozó a su amigo en aquel día, lleno de alegría y de recuerdos.

     Los dos amigos, a través de la magia de internet, comparten de cuando en vez estas historias y una sonrisa adobada con los años, asoma como aquella que de niños compartían en las verbenas del vetusto barrio, cerca de la tienda de Aleja y de Marina y en la plaza de Puerto Colombia, cuando esperaban la chiva del terminal, con el último turno de la noche.

JOSÉ JOAQUÍN RINCÓN CHAVES